martes, 30 de octubre de 2007

Carne

La señora Tomasa está más alterada que de costumbre esta mañana. Su figura pequeña y regordeta se mueve trabajosamente entre las otras clientas de la carnicería, inquieta, rozándose con todas, y su orondo pecho sube y baja al compás de una respiración que se entrecorta por su alborotada verborrea.

-…Si es que una no gana para disgustos. Como si no tuviera bastante con mi marido, todo el día en casa, fumando, que me lo pone todo perdido, y lo de mi niña, que esa es otra, ahora me pasa lo del gato…

Carlos, el carnicero, está vuelto de espaldas tras el mostrador troceando un pollo con golpes rápidos y certeros. Se dice a sí mismo que no le va prestar atención, que únicamente se concentrará en lo que está haciendo.

-…Ya ves tú, tres días sin aparecer el gato por la casa, tres días, que a saber dónde estará. Y es lo que digo yo, si en la casa no le falta de nada, que estoy todo el día pendiente del puñetero gato, con su comida que le compro en el súper, que come mejor que nosotros…

-Carlos ¿eso de ahí es conejo? Se ve un poco raro –interrumpe una clienta sabiendo que sería imposible esperar a que se callase la señora Tomasa para poder hablar.
El carnicero yerra un golpe y a punto está de cortarse un dedo.

-¡Me cago en todo lo…!

-Chiquillo, esa lengua, que hay mujeres delante –le recriminan con guasa.

-Lo estamos poniendo nervioso. Es que hay algunas que no saben cuándo parar.

La señora Tomasa no se da por aludida y sigue a lo suyo.

-…Y con lo cariñoso que es mi Michino, que tú lo sabes bien, Carlos, que se te viene aquí a la carnicería a cada momento y se te mete entre las piernas y se pone a frotarse contigo y a ronronear…

-¿Y a cuánto va el conejo, Carlos?

De nuevo otro golpe de cuchillo cae de mala forma sobre un hueso y se desvía peligrosamente.

-¡La madre que me parió!

-Bueno, ¡cómo está hoy el patio!

Carlos intenta relajarse. Deja un momento el cuchillo sobre la tabla y se apoya sobre ella, con la cabeza agachada respirando profundamente. Intenta deshacerse de las imágenes de ese gato asqueroso siempre enredándose y siempre obligándole a dar apurados traspiés. Y después, en casa, a sacudirse los pantalones llenos de pelos.

-…Y yo no sé qué voy a hacer como no vuelva, con lo que yo lo quiero, que es lo único bueno que hay en mi casa, el único que me hace caso, porque si fuera por mi Pepe o por mi niña…

Carlos se gira y mira a la señora Tomasa. Es bajita pero tiene un buen lomo y una apreciable espaldilla. De cadera también está suficientemente equipada. Algo cargada de grasa, eso, sí, pero saldrían unos hermosos solomillos y unos buenos filetes, sin lugar a dudas. Carlos se sacude este pensamiento con un movimiento de cabeza. Definitivamente esta mujer le saca de quicio.

-…Pues la última vez que vieron al Michino, fue entrando aquí, en la carnicería, que me lo dijo la Luisa, oye, y desde entonces nada de nada, que es lo que yo digo, que a saber dónde estará…

-No sé si llevarme el conejo, Carlos, ¿Tú no lo ves raro?

En ese instante se abre la puerta y entra una joven muchacha recubierta de tatuajes y con la cara perforada de piercings. Todas la conocen, es la hija de la señora Tomasa.

-Mamá, mamá, que el Michino ya ha aparecido, que lo ha encontrado la Luisa en su tejado.

La señora Tomasa no cabe en sí de su gozo. Suspira escandalosamente, da las gracias a Dios con los brazos levantados y sale, corre, en busca de su gato. La carnicería se queda en silencio. Se oye la respiración de Carlos.

-¿Sabes qué te digo, Carlos? Que no, que no me llevo el conejo.

martes, 18 de septiembre de 2007

El regreso

En cierta ocasión tuve la oportunidad de conocer mi futuro. Era la feria de mi pueblo, hace ya muchos años, y mientras mis amigos, porque entonces sí los tenía, se precipitaban hacia los autos de choque, el látigo y otras atracciones igualmente varoniles, yo me quedaba pasmado ante una pequeña caseta adornada con estrellas, signos del zodiaco y otras figuras pretendidamente esotéricas. En cada uno de los laterales aparecía el dibujo multicolor de una muchacha rubia de ojos azules, con turbante, guapísima y seductora, que manipulaba entre sus manos una brillante bola de cristal. La caseta estaba siempre cerrada con unas gruesas cortinas rojas y en la parte superior colgaba un cartel con la inscripción “Tamara, la reina de las videntes”.

Cada uno de los cinco días que duró la feria, cuando pasábamos por delante, yo me retrasaba un poco observando la barraca sin atreverme a asomar mi cabeza por entre las cortinas, en parte para que no se rieran de mí, y en parte porque el precio del servicio que figuraba en un cartel mal garabateado excedía de mis capacidades económicas.

Al fin, el último día, aprovechando un inesperado encuentro con unos tíos míos visiblemente achispados que me obsequiaron con unos cuantos billetes, me armé de valor, les di una vaga excusa a mis amigos, y me dirigí yo solo a la caseta de la vidente.

Toda mi decisión se derrumbó al llegar a la puerta, me sentí ridículo y quise volverme, pues de más sabía que aquello era simplemente una patraña de feria. Sin embargo, no sé muy bien por qué, mis manos separaron las cortinas y entré. Estaba tan oscuro que no se veía nada, tan sólo, al cabo de unos instantes pude vislumbrar una pequeña mesa redonda y a una señora ostentosamente disfrazada sentada ante ella.

-¿Tienes el dinero, niño? Si no tienes el dinero, vete.

A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad pude ir apreciando detalles de la vidente que me impresionaron desagradablemente: era vieja y con la cara llena de arrugas, acentuadas éstas por un exceso de maquillaje y por su gesto huraño y severo. Recogió mi dinero con unos dedos largos y venosos y empezó a mover los brazos y la cabeza en un ritual estrambótico y ridículo que duró demasiado para mi impaciencia. Después comenzó a hablar con una voz impostada y grandilocuente. A pesar del tiempo transcurrido, recuerdo casi palabra por palabra lo que dijo:

-Tú no eres quien crees que eres, tú no eres el que aparece ante mí. Tu verdadero yo está atrapado dentro de ti pugnando por salir y eso te hace infeliz. Estarás siempre en lucha contigo mismo hasta el día que puedas emerger al mundo. Pero tu pelea no habrá acabado ahí. Al contrario, se desencadenarán fuerzas muy poderosas y peligrosas que te perseguirán, te acosarán y te vencerán. Terminarás en el barro, hundido y humillado. Todo lo que hagas para impedirlo será inútil. Ya te puedes ir.

Mi decepción no podía ser mayor. Y no es que yo esperase mucho de aquella visita, pero al menos confiaba haber escuchado algo acerca de la profesión que elegiría, el gran amor de mi vida o, por qué no, un gran premio de lotería que me aguardase. Durante muchos años he rememorado aquellas palabras incongruentes para mí en ese momento, pero que con el tiempo se me fueron revelando totalmente acertadas. Sin embargo, siempre había pensado que lo del terminar en el barro era solamente una forma de hablar. Hasta hoy, claro.

También creía que el tiempo había pasado para todos. Al menos a mí me parecían muy lejanos los días aquellos en que los niños comenzaron a comprender que yo no era como ellos, o cuando mi padre me envió como interno a un colegio de la capital para que me corrigiese. Muy lejanos ya los días de miseria y soledad, de frío y de sufrimiento. Por eso, porque creía que ya los malos momentos habían terminado, me pareció una buena idea regresar a mi pueblo, recorrer de nuevo sus calles empinadas y deslumbrarme con sus paredes encaladas. Escuchar otra vez las roncas campanas de la iglesia y oler el azahar de los naranjos.

Pero al poco de llegar ya se fue acumulando tras de mí un tropel de niños con sus risas y sus burlas, y, al momento, se sumaron algunos jóvenes con miradas llenas de un odio primitivo y ancestral. Y, una vez más, volvió a resonar en mis oídos un grito que me era familiar: “maricón, maricón”.

Las primeras piedras no me alcanzaron, pero consiguieron asustarme y eché a correr. Finalmente, un patán con buena puntería me acertó en la cabeza y me tiró al suelo, a un charco de barro. Aquí tendido, desangrándome, aún puedo oír sus gritos victoriosos y sus carcajadas histéricas.

Cuentecillo de verano

Cuentecillo de verano

Yo soy un padre moderno, no se vayan ustedes a creer. No protesté cuando mi hija se hizo el tatuaje en el hombro ni cuando se taladró el ombligo para colocarse el dichoso piercing. Yo no me meto en su vida, ni en sus amistades ni en su forma de vestir. Si algo no me gusta me aguanto y ya está. Ya ven, soy un padre moderno.

Incluso ahora acepto como normal que mi hija se venga a pasar los quince días de vacaciones a los que tengo derecho, según el juez, con su novio y con otro amigo a mi apartamento de la playa. Ya tiene casi diecisiete años, no se lo puedo prohibir. Yo me ocupo de que todo esté dispuesto para cuando ellos llegan de bañarse, que no les falte cerveza en el frigorífico ni comida en abundancia sobre la mesa ¡ya se sabe como tragan los adolescentes! Luego se meten en su cuarto a dormir la siesta y a escuchar música a todo volúmen, que no sé cómo pueden dormir, hasta la hora de la ducha en que ya les tengo preparada sus pizzas para que se vayan a la discoteca con algo en el estómago. También dedico buena parte del día a la limpieza del apartamento, no se crean. Mi mujer me achacaba que nunca colaboré en las tareas de la casa, así que he aprendido la lección y me esmero con la bayeta y la fregona ¡Ay, si me viera con el plumero sacudiendo el polvo!

Pero hoy le he dicho a los chicos que no tengan prisa en llegar por la noche, que tengo plan. Bueno, plan, plan... Se trata de la vecina del apartamento de arriba, una morenaza alta y de buen ver. Está separada, como yo, y siempre que coincidimos en la escalera me saluda con agrado y hasta, creo yo, con un pelín de coqueteo. Hoy por fin me decidí y la invité a cenar. No se imaginan el esfuerzo que me costó. Me falta práctica y, además, no estoy yo para muchos rechazos. Las mujeres lo tienen más fácil para ligar, ¿cómo se va a comparar? Basta con que miren a un tío para que vayamos babeando detrás de ella y nos tiremos por un pozo si se le antoja. Los hombres somos así, qué le vamos a hacer. Mi mujer, por ejemplo. Dice mi hija que en los seis meses que llevamos separados ya ha salido con dos hombres ¡dos hombres! Pero si todavía no habrá tenido tiempo ni de quitar mis fotos del dormitorio. La he llamado algunas veces pero no me coge el teléfono, como conoce mi número... Un día la llamé desde una cabina y la pillé por sorpresa, pero apenas me quiso escuchar. Va y me dice que por qué no hablaba tanto antes, cuando estábamos casados. ¿De qué íbamos a hablar, si nuestro matrimonio marchaba bien?

Llevo todo el día en la cocina, con un libro de recetas abierto y un montón de cacharros y de productos raros que compré en el supermercado ¿Sabían ustedes que existen varios tipos de zanahorias? Y de patatas ni les cuento. Lo peor que llevo es la gelatina. Ya he tirado dos postres a la basura que han rebotado al caer en el cubo.

Se acerca la hora. Me he duchado y afeitado a conciencia. El aseo es muy importante, me lo decía mi mujer. Quiero causar buena impresión y no cometer los mismos errores. La escucharé con atención y me mostraré sensible y educado, como a ellas les gusta. Espero que esta noche tarden mi hija y esos dos mamarrachos. Por cierto, que todavía no sé cuál es el novio y cuál el amigo, como algunas veces abraza a uno y otras veces al otro... Pero yo no me meto en eso.

Ya suena el timbre...

martes, 5 de junio de 2007

Todo incluido

Justo a los pocos minutos de llegar al hotel pillé inesperadamente un aparatoso catarro, que, aunque molesto, resultó providencial, pues me proporcionó la excusa perfecta para no tener que acompañar a mi mujer a la playa y pasarme todo el fin de semana abrasado por el sol y picoteado por la arena.

Así pues, ella, sin insistir mucho en que la acompañara, agarró su bolsa, su toalla, su revista de no sé qué y un bronceador y salió rumbo a la orilla del mar mientras yo me desparramaba en un cómodo sillón del amplio vestíbulo del hotel armado con un periódico que no pensaba leer, una taza de humeante café y mis dotes de casto voyeur aguzadas al máximo.

No es que esperase descubrir gran cosa en un hotel de cuatro estrellas de esos de todo incluido en la costa gaditana, quizás algún tipejo solitario permanentemente enganchado en la barra del bar contando sus desventuras al amable camarero, tal vez algunas solteronas maduritas empleando todos sus ardides en un penúltimo y desesperado intento de flirteo, o acaso una tímida pareja de adolescentes enamorados y algo desorientados en su primer viaje a solas, en fin, cualquier material que me sirviera para desarrollar uno de esos relatos que últimamente me había aficionado a escribir para colgarlos en los foros de Internet, pero todo parecía indicar que las perspectivas no eran muy favorables, pues tan sólo desfilaban ante mí silenciosos y enormes alemanes con la piel rojiza o, por el contrario, ruidosos grupos de jóvenes españoles empeñados en amortizar con bebidas alcohólicas hasta el último de los céntimos invertidos en su estancia.

Pasé la mañana aburrido y pensé que ya era hora de alternar el café con algún que otro trago de whisky para que los antibióticos no trabajasen demasiado rápido por lo que me giré un poco para avisar al camarero. Entonces fue cuando la vi a ella. En un primer momento no supe que era lo que me llamó la atención, pues era una muchacha con una apariencia normal, bonita sí, pero no en exceso. Era rubia, con el pelo largo y suelto, tenía una cara agradable y vestía con ropas discretas. Estaba sentada con sus amigos y amigas un par de mesas más allá de la mía y me pareció verla disgustada. Al fijarme en sus acompañantes comprendí que lo que había despertado mi curiosidad no era ella en sí misma, sino ella en relación con su grupo. Destacaba de entre los demás precisamente por ser tan normal, tan corriente, frente a unas amigas excesivamente maquilladas, con vestidos chillones y ajustados, y a unos amigos con camisetas vulgares, peinados inverosímiles y conversaciones soeces en voz alta.

En ese momento llegó mi mujer para que fuésemos al comedor, así que di por terminada la primera toma de contacto con mi objetivo, pero con la intención de seguir acechándola en cuanto tuviera ocasión.

Ésta no tardó en presentarse, pues a la hora de la siesta mi mujer se quedó en la habitación y como yo estaba bastante descansado, volví a mi sillón del vestíbulo y pedí otro café y una copa de ginebra para tomarme la pastilla contra el resfriado. A los pocos minutos apareció la muchacha rubia con paso decidido y se sentó en la mesa contigua a la mía. La suerte me acompañaba. Se le acercó el camarero pero ella negó con la cabeza y se puso a juguetear con el teléfono móvil que llevaba en la mano. Nuevamente parecía disgustada, o más bien, enfadada. Dejó el teléfono en la mesa, sacó unas llaves de su bolso, las guardó otra vez y volvió de nuevo, inquieta, al móvil. Al cabo de unos minutos entró en el vestíbulo un muchacho joven, con aire de estar buscándola y efectivamente, la vio y se sentó junto a ella. Era uno de los que yo había visto por la mañana, llevaba el pelo de color verde y un pendiente en la oreja derecha. Se le notaba alegre por efecto del alcohol, pero intentó ponerse serio para hablar con ella:

-Canija, no te enfades. Anda, tómate algo.

Ella no contestó y siguió con la cabeza agachada.

-¿Pero se puede saber que te pasa? Yo no he hecho nada.

-Eso es lo que me pasa, Manolo, que no has hecho nada –estalló al fin-. Desde que llegamos al hotel sólo estás con tus amigotes emborrachándote y a mí ni me miras.

A él se le escapó la carcajada que llevaba todo el tiempo aguantando.

-Pero canija, ¿cómo no te voy a mirar yo a ti? –dijo zalamero echándole el brazo por encima del hombro para atraerla-. Si tú eres lo mejor del mundo. ¡Camarero, un cubatita para mi niña y otro para mí!

-No te vayas a creer que se me ha pasado el enfado.

Y así siguieron un buen rato, ella muy digna y seria y él intentando destruir sus defensas para arrancarle algún beso ocasional y llevarla a su terreno. Casi lo había conseguido y ella ya empezaba a sonreírle cuando llegó el resto de la pandilla. Las chicas se sentaron en la mesa y ellos se dirigieron a la barra arrastrando a Manolo que no tuvo que hacerse mucho de rogar. La muchacha rubia observaba atónita cómo su novio se levantaba y se iba riendo con sus amigos en busca de más bebida, sin tan siquiera mirarla, como si la conversación entre ellos no hubiese tenido lugar.

La tarde no me deparó más sorpresas, sino más de lo mismo: ellas sentadas en la mesa hablando con voces estridentes, sin escucharse unas a otras, y ellos de pie en la barra bebiendo y riendo con carcajadas sonoras, interrumpiéndose alguna vez que otra para acercar a la mesa de las chicas algunos refrescos que ellas agradecían con sonrisas complacientes y morritos pueriles. La única nota discordante era la muchacha rubia, que quedó en silencio, mirando distraídamente a sus amigas y observado muy seria las patochadas de Manolo en la barra.

Dejé de mala gana mi observatorio cuando mi mujer me llamó al móvil diciendo que me esperaba en el comedor principal para la cena.

A la mañana siguiente estornudé sonoramente un par de veces delante de mi taciturna cónyuge para confirmarle que mi catarro seguía ahí, no fuera a pedirme que la acompañara a la playa y yo me perdiese el siguiente capítulo de mi historia. Afortunadamente no dijo nada, cogió su bolsa y yo bajé al vestíbulo.

Pasó un buen rato y ya temía que no aparecieran mis cobayas cuando a eso de las doce (lo sé porque a esa hora me tomé mi pastilla con un vaso de vodka), entró la muchacha en el vestíbulo arrastrando una maleta con ruedas y llorando. La seguían de cerca sus amigas intentando detenerla para que no se marchase. Allí, en el centro del hall, formaron un corro y, con grandes voces, comenzaron a discutir los detalles de la tragedia, por lo que, ajenas a los curiosos que por allí estábamos, nos dieron buena cuenta de lo sucedido. Yo, por si acaso, cogí mi copa y me acomodé en una mesa más cercana.

Al parecer, el tal Manolo había persistido en su comportamiento indiferente hacia la muchacha rubia, sin prestarle la más mínima atención y dedicando su interés y su tiempo únicamente a sus amigos y a la bebida a pesar de que ella se lo recriminó repetidas veces. Pero la gota que colmó el vaso fue esta mañana cuando ella se lo encontró coqueteando con otra de las chicas de la pandilla que, afortunadamente para ésta, ahora no se encontraba aquí. Las demás amigas le quitaban gravedad al asunto con argumentos como que no había pasado nada, que sólo fueron unos besos sin importancia y que ya se sabe como son los hombres. Mi amiga, si puedo llamarla así, se debatía entre irse a su casa con el orgullo a salvo o hacerle caso al grupo, continuar en el hotel y hacer las paces con Manolo. Yo, por mi parte, deseaba vehementemente que saliese por la puerta y no volviese a ver nunca más a esa caterva de descerebrados con la que se juntaba. Lo deseaba por ella, pero también por mí, porque así se confirmaría mi sospecha de que ella no era igual que los demás, que desentonaba en el grupo y, que por tanto, una vez más había triunfado mi perspicaz ojo psicológico para conocer, reconocer e interpretar a las personas.

De nuevo sonó mi móvil avisándome de que mi señora esposa me esperaba en el comedor y abandoné con fastidio el escenario donde se dilucidaría la solución al conflicto, al tiempo que maldecía para mis adentros los tempraneros horarios europeos adoptados por los hoteles. Comí todo lo deprisa que pude, balbuceé un pretexto a mi mujer, que apenas escuchaba, y volví al vestíbulo. Pero ya no quedaba nadie del grupo allí. Así que todavía no me pude enterar de la decisión tomada por la muchacha rubia, aunque en mi fuero interno sabía que se había marchado, por coherencia consigo misma y, por supuesto, con mis vaticinios.

Sin embargo, al llegar la noche me sorprendí mirando como un bobo a la pareja, que bailaba, muy amartelados ambos, las canciones de moda interpretadas por una sosa orquesta en un rincón del vestíbulo dispuesto como sala de fiestas. Mis predicciones habían sido vanas por lo visto, y sin querer admitir del todo la derrota, pedí una copa de brandy y me refugié en elucubraciones sobre la pareja y el matrimonio, sobre el futuro tan incierto que les aguardaba si pretendían seguir con su relación, puesto que, desde mi punto de vista, eran, no ya diferentes, sino del todo punto incompatibles. Con el tiempo, me dije, acabarán convirtiéndose en una de esas parejas que apenas se conocen y apenas se hablan.

El Santi

Sabemos que el Santi no se extraña de que la policía tarde tanto tiempo en llamar. El Santi está seguro de que quieren ponerlo nervioso, quieren que cometa un error que les permita entrar en el banco. Tal vez lo tomen por un pardillo inexperto, pero el Santi considera que, aunque es joven (y guapo, todo hay que decirlo), ha vivido mucho, lo suficiente como para no arredrarse ante las dificultades que les está causando este atraco. Lo tenía todo bien planeado y está seguro (ay, el Santi nunca tiene dudas) de que saldrá con bien de esta, de que no podrán con él, y, sin embargo, nos parece observar que mueve demasiado las manos, en particular la derecha, donde tiene la pistola.

El Santi pasa entre los rehenes tirados por el suelo sin mirarlos apenas. Para él, lo notamos en su rictus de desprecio, no son más que monedas de cambio que le ayudarán a conseguir sus pretensiones. no piensa en ellos como personas, con sus anhelos e ilusiones. Para el Santi, los únicos anhelos e ilusiones que importan son los suyos. Se acerca a la ventana para fisgar con disimulo la calle. Ya ha oscurecido, pero se perciben claramente cinco o seis coches de policías, con sus ocupantes al acecho, rodeando el banco, y advertimos una pequeña sonrisa de orgullo en su rostro.

Desde un rincón, sentada en una silla, Vanesa observa fijamente al Santi. La vemos abatida, un poco triste, casi aburrida podríamos decir. Quizás se deba a que el día ha sido demasiado largo, o, tal vez, es que sus pensamientos le recuerdan una y otra vez la imagen del Santi saliendo del dormitorio, medio desnudo, intentando articular una excusa, mientras ella se limpiaba las lágrimas para reconocer a la chica que estaba en su cama. Ya hace una semana, pero comprendemos que no haya podido quitárselo de la cabeza. El Santi, por el contrario, no entiende tanto jaleo por tan poca cosa. Vale, fue un error, una equivocación, pero ya le ha jurado una y mil veces que no se volverá a repetir. Aunque mucho nos tememos que para ella suponga algo más que un error, pues intuye que ya nada volverá a ser igual entre ellos, contando, claro está, con que este atraco termine bien para ambos.

-No van a dejar que nos vayamos –dice Vanesa.

-Cállate. Estoy pensando.

Ella se calla, pero no por obedecerle, sino porque no tiene ganas de discutir. Viéndolo ahí, de pie junto a la ventana, agitando convulsivamente la pistola, Vanesa se da cuenta, de pronto, de que ha desaparecido la admiración que en algún momento le tuvo. El Santi llegó justo en el momento en que tenía que llegar, cuando las peleas entre Vanesa y sus padres eran ya insoportables, cuando la obligaron a quitarse el piercing y cuando querían esclavizarla trabajando doce horas en la caja del supermercado. Entonces apareció él, con su moto tuneada, su anticuada chupa de cuero y sus largas patillas. Nos pudiera parecer enternecedor ver a Vanesa rendirse sumisa ante las inmaduras exhibiciones del Santi haciéndose el duro, cometiendo pequeños hurtos o atracando las tiendas del barrio, pero eso era lo que ella estaba esperando, alguien que la sacase del ahogo de su casa. Sin embargo, ya ha pasado tiempo de aquello y las cosas se fueron complicando, tuvieron que cambiar de ciudad y los delitos aumentaron de categoría. Ahora, sentada en la silla del banco, adivinamos que Vanesa está pensando en su familia y que la invade un sentimiento nuevo para ella, que bien pudiéramos tomar por añoranza.

-¡Voy a cargarme a uno! Ya verás cómo llaman esos hijos de puta.

El Santi comienza a cruzar el banco de un extremo a otro apuntando a los rehenes y amagando disparos, como para asustarlos, sin reparar en que ellos, pobres, ya están más que muertos de miedo. El Santi lleva toda la tarde considerando la posibilidad de que tuviera que matar a alguien. Está seguro de que sería capaz, por supuesto que sí, porque aunque nunca antes lo ha hecho, ya sabemos que él es de los que no se arredran ante nada, si bien juraríamos que en su fuero interno está deseando que esa coyuntura no tuviera que presentarse.

El timbre del teléfono sorprende a todos. El Santi se precipita hasta él, pero, al llegar a la mesa donde está, se detiene, pues ha recordado que no debe mostrar ansiedad, y espera que suene varias veces antes de descolgarlo.

Vanesa, esperanzada aunque no demasiado, lo mira desde el rincón. Su intuición le va diciendo que el gesto adusto de él no presagia nada bueno. Efectivamente, cuando cuelga el teléfono sin haber pronunciado una sola palabra, el Santi le dice:

-No nos dan nada. Si no salimos en cinco minutos, entrarán a por nosotros.

Vanesa se levanta muy despacio de la silla.

-Pues venga. Vamos.

-¿Y ya está? ¿Vamos a perderlo todo? Acuérdate, con lo que saquemos aquí, tenemos para empezar de nuevo en cualquier sitio... ¡Hay que luchar, tenemos que luchar por nuestro sueño!

-Yo ya no tengo sueños.

Vanesa se dirige poco a poco hacia la puerta del banco, y a su paso puede observar como se alzan las caras expectantes de los rehenes. Ha tomado su decisión y no va a esperar a ver lo que hace el Santi, si quiere salir que salga y si no, que se líe a tiros. Pero ella sabe, bueno, todos sabemos, que el Santi también saldrá.

sábado, 28 de abril de 2007

Un buen golpe

Ya lo habíamos hecho otras veces como un juego, por añadir interés a nuestra relación, por convertirla, digamos, en más excitante. Yo me quedaba en la barra del local de copas, separado de mi mujer, como si no estuviese con ella, y esperábamos a que se le acercase algún donjuán. No tardaba mucho en aparecer, porque mi mujer, bien que me alegro de ello, siempre ha sido una mujer bastante atractiva y sabe, además, utilizar astutamente todas sus armas. El incauto iniciaba el acercamiento y ella le seguía la corriente, continuaba el flirteo y coqueteaba con él, mientras que yo, al lado, oyéndolo todo, me iba excitando poco a poco. Me gustaba, no voy a negarlo, y sabía que a mi mujer también le gustaba; que, al igual que yo, se exaltaba su imaginación provocándole apasionados sofocos y ardores, lo cual, a su vez, y como se fácil de entender, me ponía a mí al rojo vivo. Cuando yo estaba a punto, le hacía una señal, ella despedía sin contemplaciones al pardillo y nos íbamos rápidos a casa, para hacer el amor salvajemente, con furia e ímpetu, como animales, como a mi me gusta.
Pero esta vez sería distinto, puesto que no lo haríamos por placer sino por negocios. Hartos de vagar por varias ciudades, de algunas de las cuales teníamos que salir apresuradamente, conseguí por fin un trabajo, miserable, pero permanente, en una sala de máquinas tragaperras, en la que no dejaban de entrar montañas y montañas de dinero. Día tras día, cubos de monedas y gurruños de billetes manoseados pasaban sin cesar delante de mis narices camino de la pequeña oficina del local. Allí, me imaginaba, puesto que nunca me dejaron entrar, el cerdo de mi jefe lo recogería todo, contando y recontando las recaudaciones, mientras gotearía su nauseabunda baba sobre la pasta. Pero, curiosamente, y era algo que me desconcertaba, nunca vi salir de ese cuarto dinero alguno con destino al banco ni a ningún otro sitio. Ni una bolsa, ni una cartera, ni un maletín, nada de nada. Era imposible que toda aquella fortuna se guardase en aquel cuchitril sin apenas medidas de seguridad, y, sin embargo, a pesar de que yo era el primero en llegar y el último en marcharse, jamás pude advertir, en los dos meses que allí llevaba, movimiento alguno que delatara la ubicación de aquellos seductores ingresos. Necesitaba saberlo, no podía dormir intentando averiguar a qué hora del día o de la noche, si bien me parecía extraño que los bancos atendiesen de madrugada, se producía, digamos, el trasiego del capital.
Conocía las costumbres libertinas del reptil de mi jefe durante los fines de semana, así que acudimos a su discoteca habitual para montar el numerito y sonsacarle alguna información. Mi mujer, aunque esté mal que yo lo diga, hizo una entrada espectacular, con un vestido rojo, escotado y ceñido, que hacía volver la cabeza a cuanto machito se cruzaba con ella. Divisamos al pájaro en la barra charlando animadamente con otro tipo a su lado y con un vaso en la mano. Nos situamos estratégicamente, mi mujer a su lado, y yo alejado unos metros, en una zona con poca luz para que no me reconociera. Mi mujer sólo tuvo que rozarle levemente el brazo y pedirle fuego para que el macaco de mi jefe olvidase a su amigo y se desviviese en atenderla a ella, insistiendo en invitarla a una copa sin apartar su sucia mirada del escote. Parece mentira lo simple que podemos llegar a ser los hombres, bien que a mí, en este caso particular, digamos que me interesaba que así fuera.
Naturalmente no pude oír nada de la conversación, que se desarrollaba según yo había previsto, con risas exageradas por parte de ambos y gestos ridículamente petulantes por parte de él, unido todo ello a intentos desesperados por acercar lo más posible sus asquerosas manos a la tersa piel de mi mujer, quien, afortunadamente, aunque no con pocos esfuerzos, sabía mantenerlo a raya. Al contrario que en las otras ocasiones, aquella escena no me estimulaba lo más mínimo, bien porque la hiena de mi jefe me producía arcadas, bien porque yo estaba concentrado en demasía esperando las noticias que trajese mi mujer, y cómplice además en este asunto. Así estuvieron lo que a mí me pareció varias horas, bebiendo y riendo, hasta que, por fin, observé que ella se desprendía trabajosamente del pulpo de mi jefe y se dirigía a la salida, guiñándome un ojo, a manera de seña, cuando pasó junto a mí.
Pagué mi cuenta y salí separado de ella, por si acaso el moscón la seguía, y nos reunimos en nuestro coche, según habíamos pactado. Mi mujer se desplomó en el asiento con aire cansado y abatido, de lo que deduje que no había ido demasiado bien la noche a pesar del tiempo y el trabajo dedicado. Efectivamente, “Nada”, me dijo.
-¿Cómo que nada? ¿Entonces de qué habéis hablado?
-Pues ya sabes, de esto y de lo otro... Vámonos a casa, que estoy cansada.
-¿Y ya está?
-Tranquilo, he quedado con él mañana.
-Dios mío, otra noche más.
Desgraciadamente, no fue otra noche más, sino muchas otras noches más. A pesar de la alta estima en que yo tenía a mi mujer y de mi confianza en su capacidad de hacer perder la cabeza y el sentido a cualquier hombre a poco que se lo propusiera, en este caso parecía no sacar nada en claro. Yo desesperaba en mi rincón de la barra de la discoteca noche tras noche, bebiendo y mirando enfurruñado a la pareja hacerse arrumacos y hablar y hablar. Pero ¿de qué hablaban? Me estaba obsesionando con saber donde escondía el dinero la hiena de mi jefe. Yo no es que sea un delincuente habitual, no es eso, aunque quizás haya sido un poco, no sé, digamos, desordenado. Yo lo que quiero es trabajar honradamente y buscar mi estabilidad. Pero no es justo que yo me pasara el día entero agarrado a la fregona, limpiando mierdas de ludópatas babosos, mientras a mi alrededor danzaban miles y miles de euros llamando mi atención, buscándome, listos para ser recogidos y puestos a buen recaudo por alguien sagaz como yo. Incluso ya tenía buscado a un par de compinches, chorizos de poca monta, para que me ayudaran a liberar al asno de mi jefe de su, digamos, preciada carga.
Aquella noche encontré a mi mujer tan seria como de costumbre y, sin embargo me dijo:
-Tengo noticias.
-Eureka, ¡habla!
-El dinero está en la oficina. No ha sacado un céntimo en los últimos años.
-¡Pero eso es de locos! ¿A quién se le ocurre tener ese dineral allí?
-A nadie. Por eso lo tiene allí. No es tan tonto como te supones.
-Bueno, eso cambia un poco los planes. Habría que entrar en el salón...
-Olvídate. Se marcha a Brasil esta noche con todo el dinero.
-¿Esta misma noche? No es posible, no me da tiempo de preparar...
-Y yo me voy con él.

Voto de silencio

A pesar de lo que insinúa nuestro queridísimo abad, estoy seguro de que yo no empecé. Fray Zanahorio debe de haberle engatusado con sus viles artimañas, Dios lo perdone. Reconozco que es cierto, y que ahora Dios me perdone a mí, que fui yo quien le cambió la escudilla de la sopa por otra con orines de mi propia cosecha, pero si me estuviera permitido jurar, juraría por el mismísimo San Benito de Aniane, que fue en justa correspondencia por la zancadilla que tan arteramente me propinó cuando yo iba cargado con la cesta de los huevos camino de la cocina. El voto de silencio me impidió desahogarme como yo hubiese necesitado en aquellas circunstancias, máxime cuando desde mi humillante posición en el suelo, bañado en claras y yemas, podía observar claramente la porcina boca de Fray Zanahorio esbozar una malévola sonrisa dirigida sin duda a mí, bien a sabiendas el muy hijo de Satanás que nuestras Venerables Reglas recomiendan no demostrar regocijo o alegría sin un motivo piadosamente justificado.

Y bien saben todos los ilustres moradores del Santoral que por mi parte todo hubiese quedado en esas triviales, aunque desagradables, menudencias, de no ser porque al llegar a mi modesta celda dispuesto a disfrutar de mi merecido descanso escuché un incesante cri crí del que no pude averiguar la procedencia exacta, aunque sí intuir, y no es maledicencia, que el pertinaz Fray Zanahorio, a quien Dios confunda, había introducido un molesto grillo en mi habitación con el innoble propósito de perturbar mi sueño y horadar mi tranquilidad. Cosa que consiguió sin problemas, puesto que el voto de silencio parece no contar para los grillos y porque yo soy de natural dormilón y necesito mis horas para reponerme, siendo el caso que, a pesar de llevar con el corriente siete años en el monasterio, aún no me he acostumbrado a levantarme a las cuatro de la mañana para iniciar la jornada, circunstancia que, por otra parte, escapa a mis torpes entendederas, pues por mucho que miro y remiro las Sagradas Escrituras no encuentro por ningún sitio que Nuestro Señor Jesucristo madrugase tanto para obrar sus milagros. Y que con esto no se me tome por herético.

A la mañana siguiente, o por mejor decir, a las cuatro de la madrugada, iba yo ojeroso y malhumorado arrastrando mis pies por los pasillos para iniciar el rezo de Vigilias cuando veo acercarse en sentido contrario a mi marcha al malhadado hijo de... la Santísima Trinidad, con una sonrisa bobalicona que, sin duda, había puesto en sus labios el Maligno para provocarme, pues no encuentro otra explicación a mis actos más que una posesión diabólica que en aquel preciso momento tuviera lugar. Al llegar Fray Zanahorio a mi altura hice como que perdía pie y me dejé caer sobre él, quien, sorprendido por mi astuta maniobra, cayó al suelo cuan largo y gordo es, haciéndose daño en uno de sus tobillos, al que sujetaba fuertemente con su mano, mientras reprimía, como buen monje cumplidor de las normas, cualquier grito de dolor que le hubiese apetecido lanzar, aunque, eso sí, gesticulando exageradamente y haciendo muecas y aspavientos desesperados, que alternaba con miradas aviesas hacia mi persona y movimientos de su puño cerrado, que bien pudieran tomarse como amenazantes. Yo no me di por aludido y me encogí de hombros mirándolo compasivamente como queriendo decir “lo siento, fue sin querer”, y me alejé dejándolo tirado en el suelo, pero el muy ladino alargó su brazo de orangután hasta sujetarme una pierna, tirar de ella con fuerza y conseguir tirarme a mi también al suelo, formando ambos un revoltijo de túnicas, brazos y piernas, cuya reconstrucción en monjes erguidos llevó su tiempo, debido, sobre todo, a nuestro volumen y corpulencia, comprendiendo ahora que quizás llevase razón nuestro queridísimo abad al regañarnos por nuestra frecuente flaqueza ante el pecado de la gula.

Una vez situados uno frente al otro, de pie y jadeando por el esfuerzo, empezamos una suerte de discusión en silencio, en la que de nuestras bocas no salía ningún sonido que pudiese contravenir el dichoso voto de silencio, pero en la que sí movíamos los labios para moldear las palabras más obscenas y ofensivas que acudían a nuestras mentes, al tiempo que yo, con las manos, empujaba sobre los hombros de mi adversario con afán intimidatorio, mientras que él, sacando pecho, formaba con su boca unas palabras que fácilmente podían traducirse por “¡Que no me toqueeees!”

En esa tesitura nos halló el resto de monjes de la comunidad, que, contrariados y persignándose repetidamente, procedieron a separarnos tan en silencio como le permitía la situación, por lo que mientras unos intentaban, sin demasiado éxito, agarrar mis activos y enérgicos brazos para que los golpes no fueran a mayores, otros, los menos prudentes, se colocaban en medio para evitar mi embate, viéndose recompensados en su buena acción recibiendo algunos involuntarios cachetes y empellones, por lo que, a duras penas, podían refrenar los ayes y los huys, al tiempo que siempre había alguno, que seguramente no habría cobrado, que mandaba callar con el dedo sobre sus labios. Finalmente, mediante miradas asesinas, gestos y algún que otro coscorrón, nos impelieron a acudir al despacho de nuestro queridísimo abad para lograr alguna explicación a la enojosa escena que habían contemplado.

Nuestro queridísimo abad, al verse desbordado por la turbamulta de monjes que nos empujaba, y que entraba, al completo y con bulla, en la pequeña estancia, con el consiguiente riesgo de aplastar cuanto encontraba a su paso, inmediatamente dedujo, tal es su sabiduría, que algo pasaba. Sin inmutarse, se levantó de la silla y alzó su autoritaria mano derecha en señal de parada obligatoria, aprovechando nuestra repentina inmovilidad para coger de la mesa su ejemplar de las Venerables Reglas de la Orden y, con una precisión asombrosa, abrirlo justamente por donde se regulan los motivos en los que se autoriza hablar, esto es, en circunstancias excepcionales que no permitan otro tipo de comunicación, y utilizando siempre el mínimo indispensable de palabras. Señaló con su índice la susodicha norma y mostrándonosla hizo un gesto como queriendo decir: “Esto es lo que hay”.

Fray Zanahorio, más taimado y sagaz, se me adelantó:

-Empujón –dijo señalándome.

-Zancadilla –contesté yo.

-Orines en la sopa –siguió él.

-Mentira. Paladar atrofiado –inventé yo.

-Cochino envidioso –alzó la voz.

-Sí, de tus mofletes, Fray Zanahorio.

-Me llamo Zenobio, pedazo de...

Gracias a Dios los monjes estaban alertas y pudieron separarnos de nuevo, pues en caso contrario, temo para mí que en esta ocasión yo hubiese llevado la peor parte, porque el muy bribón ya había lanzado sus manazas a mi gollete y apretaba con tanta furia e inquina que a punto estuve, siquiera en tan breve intervalo, de dejar de respirar, siendo tan indispensable, como todo el mundo sabe, dicha actividad para un normal desarrollo de nuestra vida.

Nuestro queridísimo abad pareció no dar muestras de excesiva sorpresa ante lo que acontecía, bien pudiera ser porque no era la primera vez que nos veíamos comprometidos en situaciones parecidas, y con gestos destemplados nos acució a salir de su despacho, dando a entender que tenía ocupaciones más importantes de las que ocuparse. Y ya pensaba yo hoy por la mañana, esto es, a las cuatro de la madrugada, que la escaramuza había pasado al olvido, cual no es mi sorpresa que me veo al mismísimo y queridísimo abad venir hacia mí portando en sus manos un escobón, un balde, una aljofifa y los demás enseres propios de la limpieza domestica, con la intención clara de adjudicarlos a mi persona, aceptándolos yo humildemente y acatando esa especie de castigo o expiación sin mucho quebranto, pues me pareció justo y, por lo demás, no excesivamente severo. Empero, amén de lo dicho, nuestro queridísimo abad portaba una nota que sacó de entre los pliegues de su sotana y que me mostró con presteza, y en la que yo pude descifrar a duras penas, pues la lectura nunca fue mi fuerte, una frase del siguiente tenor: “Limpiareis la nave principal durante los próximos treinta días, y para no entorpecer tu labor cotidiana, te levantarás una hora antes cada jornada”. Nuestro queridísimo abad, en su infinita sabiduría, ha acertado proponiendo la penitencia que más trastorno pudiera ocasionarme, así que pediré, con sumisión y recogimiento, a Nuestro Señor Jesucristo que me arme de paciencia y de suficiente vigilia, y que, por otra parte, me guíe con el conveniente tino y la necesaria malicia para poder preparar las siguientes faenas que le pienso perpetrar a Fray Zanahorio.

viernes, 13 de abril de 2007

Cobarde, cobarde

Mientras el médico del servicio de urgencias analizaba mi cabeza en plena calle rodeado de curiosos, yo aún no había decidido si esta vez me atrevería a recuperar mi vida o volvería a ser el cobarde de siempre y a estropearlo todo. Era tan confortable refugiarse en los mimos y las atenciones que me dedicaban a causa del accidente que me resistía a reaccionar. Como una música de fondo escuchaba al tipo que había visto antes en las fotos gritar desencajado: “Se me ha echado encima, se me ha echado encima”.
Tan sólo media hora antes, yo había llamado a la puerta, y justo cuando ella me abrió, mi estómago me avisó de que había problemas. La reconocí de inmediato, sin lugar a dudas se trataba de Laura. Agaché la cabeza y recité con voz casi inaudible mi retahíla de vendedor aburrido confiando en que me despidiese con rapidez:
-Buenos días, señora, ha sido usted seleccionada de entre todas sus vecinas para recibir una muestra de nuestros exclusivos productos...
-¿Pedro? Tú eres Pedro, ¿verdad?
A pesar del tiempo transcurrido seguía manteniendo la actitud resuelta y decidida que me cautivó cuando éramos jóvenes.
-¿Por qué no entras?
Había pensado muchas veces en ella a lo largo de estos años, y, ciertamente, había fantaseado con la posibilidad de un reencuentro, recreado en mi mente de mil formas distintas. Pero, por supuesto, nunca imaginé algo parecido a esta humillante situación, en la que yo, un fracasado vendedor a domicilio, con un traje barato y una vieja cartera, entraba en la suntuosa casa del amor de mi juventud. La vida parecía no haberse portado mal con ella. Un buen barrio, mármol y piedra artificial por todas partes, y cuadros y demás mobiliario que, aunque de dudoso buen gusto, resultaban manifiestamente costosos.
Me invitó a sentarme en su sofá y a tomar una cerveza fría. Ella se sentó informalmente en el brazo de un sillón enfrente de mí. Conservaba su figura esbelta y ágil. Me hizo recordar aquellos años en que era la única chica del grupo que se unía a nuestras interminables partidas de cartas, o a las tertulias nocturnas que pretendían arreglar el mundo, siempre sentada a horcajadas en una silla y bebiendo de la botella como uno más de nosotros. No era una belleza convencional, pero tenía un rostro con tanta fuerza que todos estábamos enamorados de ella. Sólo yo fui el elegido.
-¿Cómo te va? Tienes buen aspecto -dijo.
Mentía. Mi cara era fláccida y triste, había perdido mucho pelo y mi fofa tripa me hacía parecer un muñeco de trapo blando y ridículo. Ella, sin embargo, seguía siendo atractiva a su modo. Delgada y huesuda, pero con una constitución bastante proporcionada, vestía un pantalón vaquero y una simple camiseta blanca, y llevaba el pelo corto casi como un hombre, igual que entonces. La única diferencia visible eran unas marcadas ojeras que apagaban un poco la que fue su intensa mirada. Durante mucho tiempo tuve miedo de enfrentarme a esos penetrantes ojos.
-Tú si que te ves bien, como antes –comenté-. Y parece que has prosperado.
-No te fíes de las apariencias. Esto es una cárcel. De oro, pero una cárcel. En esta urbanización entienden por divertirse hacer una barbacoa el último viernes del mes. Eso sí, siempre me quedará el bingo.
Volvió a la cocina a por algo para comer, y mientras yo me entretuve observando las fotografías familiares colocadas sobre una cómoda de caoba. Pude contar hasta ocho marcos dorados con imágenes en las que se veía, bien a Laura sola, con mirada ausente, en distintas poses y escenarios (playas exóticas, pirámides egipcias, la torre Eiffel), o bien en compañía de un apuesto hombre que transmitía seguridad en sí mismo, aunque quizás un poco mayor para ella. No se veían niños.
-Y tú, ¿te casaste? –me sorprendió.
-No.
¿Debía decirle que ella fue mi único amor verdadero, la única con la que podía unirme en cuerpo y alma para toda la vida? ¿Debía de decirle que las pocas mujeres que hubo en mi vida no le llegaban ni remotamente a la suela del zapato? Un dolor del alma que creía olvidado comenzó a recorrer mi cuerpo y me estremecí como un pájaro empapado por la lluvia.
-Me tengo que ir –dije.
-Ahora ya no necesitas escapar. Somos adultos.
Yo no quería oírla, no podía oírla, necesitaba huir de allí. Si ella empezaba a hablar volverían todas las escenas del pasado para acorralarme y rodearme como una serpiente sobre su presa y me ahogaría sin remedio. Si yo no la escuchaba, nada malo podía sucederme, se acabarían los problemas. Necesitaba desaparecer, desvanecerme, pero estaba completamente paralizado, me era imposible reaccionar.
-¿Quieres otra cerveza? Estás sudando.
Estaba sudando igual que la otra vez. A pesar de que fue en diciembre, el día de Navidad, yo sudaba angustiosamente cuando ella me dio el ultimátum. Si de verdad la quería, subiríamos al tren esa misma noche y nos olvidaríamos de todo, empezaríamos una nueva vida nosotros dos, sin amigos, sin familia. Y, sobre todo, sin mi madre, que no soportaba verme junto a ella, porque mi madre siempre quiso para mí una chica de buena familia, educada y correcta. Pero Laura me volvía loco porque era todo lo que mi madre detestaba. Fumaba y bebía como un chico, nunca llevaba faldas o vestidos, blasfemaba a gritos y reía a carcajadas, y, sobre todo, no se dejaba apabullar por nadie defendiendo siempre la verdad, por desagradable que fuese. No hacía concesiones. Sin embargo, cuando llegó la hora de la cena, yo me senté, modoso, obediente, humillado, junto a toda mi familia, al lado de mi madre, mientras pensaba en Laura esperándome en la estación. Cuando terminaron las vacaciones, pedí el traslado de Universidad y no volví a verla.
-Charlemos un poco, me lo debes por los viejos tiempos. Fíjate en lo que me has convertido –me acusó.
Pero yo no podía hablar. Una maraña de recuerdos se agolpaba en mi mente, y los olores y sabores de aquella época me atenazaban la garganta. Como siempre, ella me ayudó:
-A estas alturas no te voy a pedir explicaciones. ¿Sabes que he pensado mucho en ti? Sobre todo, he pensado en cómo hubiera sido mi vida junto a ti. No hubiese tenido tanto dinero, eso seguro, pero tal vez me hubiese reído más. ¿Te acuerdas cuánto nos reíamos? Ahora no sería capaz ni de sonreír –bebía su cerveza de la botella y a mí me temblaban las piernas-. A veces, algunas noches, me preguntaba a quién le estarías hablando de cine, o de la música extraña que te gustaba, o de tu novela nunca empezada y ¿sabes una cosa?, la verdad es que tenía celos.
-De verdad, tengo que irme –me levanté y me dirigí a la puerta.
-Espera, toma esto -abrió el cajón de la cómoda, sacó un bolígrafo y una libreta y escribió algo-. Es mi número de teléfono. Llámame –hizo una pausa y añadió-. Por favor.
Agarré mi carpeta, recogí el papel que me ofrecía y lo metí arrugado en el bolsillo del pantalón. Me faltaba el aire, no podía respirar y me estaba mareando, así que salí a la calle y avancé a trompicones sin apenas reparar en qué dirección iba. El día se había nublado. Un desapacible viento elevaba del suelo las hojas caídas de los árboles barriéndolas a toda velocidad a lo largo de la calle hasta arrinconarlas contra alguna pared. También un torbellino de sensaciones me envolvía a mí. Me conocía demasiado bien, era consciente de que la falta de coraje y decisión regían mi vida, condenándome inexorablemente a recorrer caminos casi siempre ajenos a mi voluntad, colocándome en circunstancias extrañas e indiferentes, que yo aceptaba sumiso, sin la más mínima lucha o enfrentamiento. Nunca me atreví a pelear por nada ni por nadie. Presentía que, una vez más, terminaría por protegerme en mi burbuja aséptica y sin responsabilidades para poder seguir manteniendo el control, o la apariencia de control, y regresar a lo cómodo y seguro, a mi humilde y cálida casa, y que me olvidaría de todo, seguiría como ahora, sin tener que pensar, sin actuar. Y sin embargo, algo en mi interior, una sensación nueva y desconocida, se abría paso y me tentaba con la posibilidad de arriesgarme por una vez en la vida, tal vez yo fuera capaz de encararme con la vida de frente y aceptar las consecuencias, superar ese miedo visceral que me retorcía el estómago, triunfar sobre el vértigo de ser libre, de ser dueño y esclavo de mis propias decisiones.
No vi el coche que me golpeó. Sentí algo de calor en las piernas y me pareció que volaba como una de las hojas de los árboles que pululaban a mi alrededor. Después, estaba en el suelo rodeado de gente y de sonidos lejanos, y poco a poco iba distinguiendo unas siluetas de otras. Claramente pude oír al médico que, sonriéndome, dijo:
-No tiene que preocuparse, no ha sido nada. Parece que la vida le ha ofrecido una segunda oportunidad.
Metí mi mano en el bolsillo y apreté el papel que me había dado Laura.

jueves, 12 de abril de 2007

En la barra del pub

ABELARDO.- Deberías de dejar de beber.
ENRIQUE.- Tranquilo, a mí el alcohol no me perjudica. Es mi compañero desde hace muchos años. Pero tú deberías de dejar esas mariconadas y tomar algo de verdad.
ABELARDO.- No te metas con mis zumos tropicales. Ya sabes lo que decía mi mujer, que a mí la bebida no me sienta nada bien.
ENRIQUE.- Pues si no te animas, a ver que hacemos aquí. Tú fíjate en mí, soy tu modelo, sólo tienes que imitarme.
ABELARDO.- Luego, tal vez.
ENRIQUE.- Aquí huele raro ¿no? Mira, ¿qué te parece esa? Fíjate qué delantera. Éntrale.
ABELARDO.- Quita, quita, es demasiado joven para mí.
ENRIQUE.- Pues a mí me gustaría verla en bicicleta bajando por una calle empedrada. ¡Vaya vaivén!
ABELARDO.- Que no, que no, que yo no sirvo para esto...
ENRIQUE.- ¿Y aquella rubia? Cámbiame el sitio para que vea mi lado bueno.
ABELARDO.- ¿Tú tienes un lado bueno?
ENRIQUE.- Claro, todos tenemos un lado bueno. Déjame que te mire para ver el tuyo. Tu lado buen es...
ABELARDO.- Sí, de espaldas.
ENRIQUE.- No seas aguafiestas. Si te has puesto tu traje bueno y todo.
ABELARDO.- Yo lo que quiero es irme a casa.
ENRIQUE.-¿A casa para qué? ¿Para ver otra vez el video de tu luna de miel? Lo tendrás gastado. ¿Qué olerá tan raro por aquí?
ABELARDO.- Es que cuando me pongo melancólico me ayuda mucho. Mi mujer estaba guapísima, con su anillo reluciente...
ENRIQUE.- ¡Que hace ya diez años, hombre! Olvídate ya de esa lagarta. Hemos venido para que ligues y lo vas a conseguir. Camarero, dos de esto.
ABELARDO.- Que no quiero beber, que mi mujer...
ENRIQUE.- ¡Deja ya de hablar de tu mujer y prueba esto ...! ¡Pero si el que huele eres tú! ¿Qué colonia te has puesto, hijo mío?
ABELARDO.- Sólo unas gotitas del bote que me regaló mi mujer cuando nos casamos, que apenas la he usado. Bueno y una loción para el afeitado que tenía por allí. Y un poco de brillantina en el pelo. Y también algunas cremas y perfumes que compré esta mañana.
ENRIQUE.- ¿Todo junto?
ABELARDO.- Hombre, como veníamos a ligar.
ENRIQUE.- Pues se te va a llenar la cara de moscas . Anda, retírate un poco.
ABELARDO.- Es que mi mujer era muy mirada para el olor corporal, decía que...
ENRIQUE.- ¡Pero bueno! A ver, ¿cuánto hace que te dejó tu mujer? ¿Cinco meses, seis?
ABELARDO.- Mi mujer no me dejó. Llegamos a un acuerdo.
ENRIQUE.- Sí, al acuerdo de que ella se quedaba con el piso y tú con la hipoteca. Hay que ser gilipollas.
ABELARDO.- Me dio pena, la pobre. ¿Dónde iba a ir?
ENRIQUE.- ¿Y tú? ¿A dónde has ido tú? A una pensión de mala muerte. Menos mal que me tienes a mí para salvarte. Vamos al grano. Mira aquellas dos del rincón, la morena no deja de mirarnos.
ABELARDO.- Si yo no sé ligar.
ENRIQUE.- Pero aquí está el maestro. ¡Si yo te contara mis correrías nocturnas mientras tú y los pobres casados como tú os aburríais en casa viendo la tele y cambiando pañales!
ABELARDO.- Yo no tengo niños. Mi mujer no quiso tenerlos.
ENRIQUE.- No me extraña con un pasmado como tú. Estaba generalizando, que no te enteras. ¿Sabes que la retención de semen embota el cerebro? ¿Desde cuando no...?
ABELARDO.- Eso son cosas mías.
ENRIQUE.- Oye, que la morena sigue mirando. Esa cae seguro. Camarero, dos más.
ABELARDO.- No seas iluso, somos unos vejestorios para ella.
ENRIQUE.- El iluso eres tú. Cómo se nota que no vives la noche. Estas jovencitas se vuelven locas por los maduros como yo. Están hartas de niñatos con acné que sólo hablan de motos y coches tuneados. Quieren alguien con experiencia, con estilo. Alguien como yo.
ABELARDO.- ¿Y tú por qué no te has casado?
ENRIQUE.- ¿Casarme yo? ¡Pero qué dices! Yo no estoy dispuesto a dejarme dominar por unas faldas el resto de mi vida. No voy a comerme un solo bombón estando la bombonera llena, y de distintos sabores. ¿Te has acostado alguna vez con una negra? ¿O con una china? ¡Tú no has vivido, muchacho!
ABELARDO.- Mi conciencia no me permitiría ir a una casa de esas.
ENRIQUE.- Oye, oye ¿qué hablas? Yo jamás he pagado un céntimo por estar con una tía. Nunca, jamás ¿entiendes? Pero si hay mujeres desesperadas a mogollón.
ABELARDO.- ¡Enrique, que la morena me ha sonreído!
ENRIQUE.- ¿No te lo estoy diciendo? Esta noche mojas. A por ella.
ABELARDO.- Que no, que no. Que no sé que decir. Ve tú primero.
ENRIQUE.- Tómate otra copa. Ya verás, aprende del maestro. Camarero, lleve dos de lo mismo a aquellas señoritas de nuestra parte.
ABELARDO.- ¿Tú crees que...?
ENRIQUE.- Si no hacen caso es que son lesbianas. Hay muchas.
ABELARDO.- La morena es guapa ¿verdad? Lleva el pelo como mi mujer.
ENRIQUE.- (Explotando, de pronto) ¡Ya está bien! ¡Pero qué pesado estás con tu mujer! Ya sé que estabas muy enamorado, que te encantaba volver a tu casa y encontrarte con ella esperando. Ya sé que no te cansabas de mirarla, de abrazarla, de besarla. Ya sé que nunca te sentías solo, que tenías a alguien para contarle tus problemas y tus angustias. Ya sé que te gustaba eso ¡A quien no le gustaría eso!
ABELARDO.- Pero tú...
ENRIQUE.- ¡Cállate! Ya me has hecho decir tonterías.
ABELARDO.- Mira, nos están saludando con la mano ¿Qué hago?
ENRIQUE.- Haz lo que te dé la gana.
ABELARDO.- Parece que les ha gustado lo de la copa. Se ríen.
ENRIQUE.- Sí, de nosotros.
ABELARDO.- Que no, que no. Que la morena se está levantando. ¡Huy, que esto se anima!
ENRIQUE.- Pero ¿qué dices?
ABELARDO.- Que viene para aquí. Venga, aprovecha tu sabiduría, maestro. Demuestra lo que sabes, que esta noche mojamos.
ENRIQUE.- ¿Qué viene aquí? ¡No puede ser! Yo me voy al servicio.
ABELARDO.- ¡Eso sí que no! No me dejes solo ahora
ENRIQUE.- Pero... yo... no sé... ¿qué... qué le digo?
ABELARDO.- ¿Pero tú no ligabas tanto?
ENRIQUE.- Hombre, tanto, tanto...
ABELARDO.- ¿Qué te pasa? Estás temblando.
ENRIQUE.- Me estoy poniendo malo, vámonos.
ABELARDO.- Ahora ya no, que está aquí.
CHICA.- Hola.
ABELARDO.- Hola, ¿qué tal?
CHICA.- Pues nada, para daros las gracias por las copas. Ya se lo decía yo a mi amiga: a estos dos los conozco de algo. Llevo toda la noche mirándoos pero no caía, hasta ahora. Vosotros trabajáis con mi padre ¿a que sí? Os vi en una fiesta de la empresa. Bueno, pues nada, lo dicho, gracias por las copas. Adiós.
ABELARDO.- Adiós.
ENRIQUE.- Adiós. Anda, vamonos.

martes, 10 de abril de 2007

Microcuento

Que no me vean, por Dios, que no me vean. Ya es mala suerte que, con lo grande que es Madrid, hayan tenido que venir a cenar a este barrio. Y están todos. Mi ex mujer con el capullo de Méndez, y el jefe, y los pelotas. El capullo de Méndez presumiendo de traje, de mujer y de Tarjeta Visa Oro de empresa. Esa tarjeta que tenía que haber sido mía, y ese traje. Y esa mujer. Ya no me fío: por si acaso vuelven, esta noche me busco otro cajero para dormir.

martes, 27 de marzo de 2007

Despedida

Convencido como estoy de que hoy será el día más feliz de mi vida, me levanto de la cama, alegre y jovial, alzando mis piernas para ejecutar una simpática pirueta que, desgraciadamente, termina en un doloroso, aunque pasajero, esguince de espalda. Hace calor y estoy sudando, pero mi ánimo es tan dichoso que no me doy por enterado del negligente escenario que envuelve mi despertar: el cuartucho inmundo, la ropa desperdigada o los restos de la cena. Incluso en la ducha, al contrario que otras veces, hoy me entra la risa cuando tengo que agacharme, adoptando una grotesca postura, para que salga el agua caliente. Si levanto la manguera, sale fría, si la agacho sale caliente. Es genial, nunca había descubierto el lado cómico. Me visto rápido con lo primero que pillo y salgo a la calle empapado de nuevo en sudor.

En el bar de abajo vuelvo a sentirme el hombre invisible, pero hoy no me importa. A pesar de los pocos clientes, el camarero va de un lado para otro mirando indefectiblemente para el suelo y yo tengo que pedir mi desayuno cuatro o cinco veces, levantando intermitentemente la mano con un ridículo titubeo. Este hombre tan serio me intimida. Cuando por fin llega mi turno, me explayo: café, tostadas, zumo y bollería. Total, no pienso pagarlo. Me despido con un “mañana ajustamos cuentas” que, por supuesto, no recibe respuesta.

Caminando a la fuerza porque el coche lleva más de un mes en el taller, me dirijo raudo al trabajo. A pesar de lo temprano, el sol ya aprieta fuerte. Las calles empiezan a poblarse de gentes ajetreadas y bulliciosas. Algunos cargan las maletas en el coche para comenzar sus vacaciones. Ilusos. Ninguno tendrá un descanso como el mío.

Llego a la oficina y desprecio el ascensor. Tengo tanta energía que subo las escaleras a grandes zancadas. Al llegar a mi piso dos grandes manchas han crecido bajo mis axilas, pero me da igual. Me recibe mi jefe, vociferando como siempre, para que todos se enteren:

-¡Otra vez tarde, cómo no! ¡Y qué pintas me trae, señor mío! Sin afeitar, sin peinar y con esa andrajosa camisa por fuera... Vamos, a su puesto, ¡o lo mando de patitas a la calle!

-No se moleste, gran jefe –respondo tranquilamente, siempre sonriendo-. En el bolsillo de esta andrajosa camisa llevo un billete de lotería premiado con muchos millones. Sólo vengo a despedirme y a ver por última vez su brillante calvorota. Ya sabe dónde se tiene que meter los expedientes. Le aconsejo que los enrolle antes y le quite las grapas. Ah, y que le ayude el pelota de Ramírez. Por cierto, no está en su sitio. ¿Otra vez ha ido al médico? En fin, ¡ahí os quedáis, seres inferiores!

Me giro para no ver sus caras llenas de sorpresa, envidia y odio. ¡Qué felicidad!

Pero no me regodeo, no pierdo el tiempo con ellos. En la calle, observo un grupo de jóvenes y atractivas turistas que intentan refrescarse en una fuente. Me uno a ellas, les contagio mi alegría y casi se me va la mañana, entre risas y salpicones.

Ahora me paso por el taller. Con paso firme me planto en el centro del local y, antes de que empiecen con las mismas excusas de siempre, digo en voz alta:

-Manolo, olvídate de ese cascajo. Te voy a comprar un coche nuevo, un Mercedes, último modelo, con los extras más modernos que encuentres en el mercado. Tú te encargas de todo.

-Pero...

-Nada, nada. Me ha tocado la lotería y reniego de mi humilde y menesteroso pasado. Haz el pedido que ya vendré por aquí –y me marcho triunfante sin darles tiempo a reaccionar.

Ahora, lo más divertido. Voy a casa de mi novia, la que nunca me escucha, la que no apoya mis proyectos, la que siempre se está quejando. Por el camino voy pensando las barbaridades que le diré, pero llego, abro con mi llave y descubro en el dormitorio a mi novia succionando rítmicamente el enorme miembro de Ramírez. Ella, la hipócrita, que, aunque yo se lo pedí mil veces, nunca me lo hizo porque decía que le daba asco, allí está, arrodillada en el suelo, con la lencería que yo le regalé aquella vez que pasé tanta vergüenza en la tienda, con la boca llena, deleitándose y deleitando al pelota. En fin, me ahorro un bonito discurso y me conformo con ver las caras estupefactas de los pasmados tortolitos. Me mantengo quieto, haciéndolos sufrir, viendo cómo sudan y cómo a Ramírez y le disminuye el brío. Me despido con un “buen provecho” y salgo a la calle a respirar.

El sol está ya muy alto, va siendo la hora. Me dirijo al puente grande, al de hierro. Me agarro a la ardiente barandilla y contemplo la corriente sucia y pestilente del río. Abajo me espera el descanso definitivo. Con un ágil salto me arrojo al vacío.

lunes, 26 de marzo de 2007

Indolencia

Ya desde su infancia, Raúl mostró una innegable tendencia a la molicie. Era un niño que se pasaba ante el televisor todas las horas de ocio que le dejaba el colegio, tragándose un programa tras otro sin apenas cambiar de canal, mientras sus hermanos y amigos saltaban y corrían por el patio trasero de la gran casa de vecinos en que vivían. Aunque su madre lo espoleaba continuamente para que saliese a jugar, apenas conseguía que se alejase del sillón unos pocos minutos. Cuando se quería dar cuenta lo tenía de nuevo tirado en el sofá o incluso en la cama.

Las aficiones de Raúl siempre fueron sedentarias. Además de la omnipresente televisión y los videojuegos, se aficionó a la lectura. No es que encontrase una satisfacción intelectual en ella, más bien leía por no levantarse, vestirse y salir a la calle. El tener que abandonar la postura desparramada en el sofá le producía una pereza infinita e iba postergando el momento de incorporarse, hasta que le parecía que ya era demasiado tarde para hacer nada. Cogía un libro y se arrastraba a la cama. Incluso leyendo sin convicción fue construyéndose una pequeña cultura. Pero se la guardaba para sus adentros: era demasiado comodón para enlazarse en discusiones elevadas que le exigieran algún esfuerzo, aunque fuese mental. Nada parecía interesarle, nada le atraía.

Pero en la pubertad, obligado quizás por las hormonas, comenzó a moverse, a salir más. Se le veía casi activo. Fue durante esa etapa cuando conoció a María, una muchacha de su barrio que le gustó desde el momento en que la vio. Sin que él se diera mucha cuenta, los dos o tres amigos que aún le quedaban lo enredaron hasta llegar a una especie de declaración de amor en la que María llevó toda la iniciativa y habló por él, que se limitaba a asentir con imprecisos monosílabos. A ella le había atraído aquel muchacho tan correcto, que hablaba poco pero con sentido común, y, sobre todo, que se recogía temprano a su casa. Cometió el gran error de confundir la profunda apatía de Raúl con una simple timidez.

Empujado por la inercia, abrumado por la familia y los amigos que creyeron que había despertado de su letargo, Raúl continuó un noviazgo convencional y monótono que no le exigía desplazarse demasiado lejos de su casa para ver a la novia, una joven callada que no hacía preguntas incómodas y que se contentaba con que la llevasen al altar cuanto antes.

No duró mucho tiempo esa situación. Cuando Raúl empezaba a cansarse del farragoso ir y venir de su casa a la de ella, y ya alimentaba accesos de nostalgia de su sofá, se encontró con una boda preparada, incluyendo un coqueto piso en las afueras de la ciudad y un cómodo trabajo en la fábrica de su suegro.

A partir de entonces, su existencia discurrió por un amable camino de sosiego y de paz. Pasados los primeros días de lógica actividad conyugal, Raúl comprobó cómo su afición a la vida regalada encajaba como un guante en lo que tenía ante sí. Su suegro, con la sabiduría del hombre que se ha hecho a sí mismo, lo situó en la empresa en un puesto ficticio sin actividad ni responsabilidad alguna, con la esperanza de que aquel lechuzo que se había llevado a su hija hiciese el menos daño posible en su patrimonio. Pero a Raúl lo único que le importaba es que no le controlaban el horario al llegar ni al salir del trabajo, por lo que a las pocas semanas ya era el último que llegaba pero el primero que se iba.

La mayor parte de las horas las pasaba en la cama, sin leer y sin hacer nada. La conversación con su mujer, que nunca había sido dicharachera, se convirtió en casi inexistente. Hablaban lo justo para sobrevivir a la vida en común. María confió al principio en que aquello fuese pasajero, pero poco a poco fue comprendiendo la naturaleza de su marido y, como era joven, bonita y con dinero, no le costó mucho descubrir una doble vida fuera de su hogar, con amigas para tomar café, ir al cine o a un restaurante y con amigos para todo lo demás. A Raúl no le incomodaban en absoluto las ausencias de su mujer, antes al contrario, prefería la soledad, en su piso, recluido en su cama y observado como los rayos de sol deslizaban lentamente sobre la pared el dibujo que formaba la sombra de la persiana. Llegaba la noche y se quedaba dormido.

Una mañana Raúl no se levantó de la cama para ir al trabajo. María le llevó refunfuñando el desayuno a la cama. Al mediodía le llevó la comida y por la noche la cena. Al día siguiente ocurrió lo mismo y al cabo de unas semanas María le dejaba las tres comidas diarias en una mesita cerca de la cama y no aparecía hasta bien entrada la noche. Raúl no se molestaba en ir a la cocina para calentar los platos, prefería seguir en ese estado de duermevela en que transcurría su existencia, sólo interrumpido levemente para utilizar el orinal.

En una ocasión, María le dejó gran cantidad de comida en la mesita y tardó tres días en volver a casa. Raúl era feliz. Le costaba distinguir la realidad del sueño, su cuerpo se había habituado a dormir y cada día dormía más que el anterior. Apenas comía y apenas pensaba. En los pocos momentos de lucidez disfrutaba de su situación y se recreaba en aquella inmovilidad tan querida, estaba cumpliendo lo que tanto había deseado desde siempre. Cuando apareció su mujer, la habitación apestaba a sudor, comida agriada y excrementos. María, educada en una exacerbada adoración a la limpieza, se enfureció tanto que empezó a gritarle a Raúl, insultándolo mientras abría la ventana, echándole en cara todo lo que no le había dicho en los últimos meses, acusándolo de vago, gandul maloliente, incapaz, bueno para nada, incluso de cornudo consentido, mientras que a él le llegaba el eco confuso de las voces sin entender casi nada. Intuyó que el golpe que resonaba en su cerebro era un portazo y volvió a dormirse.

Despertó a las muchas horas acuciado por el hambre y la sed. Miró a su alrededor pero no halló nada que pudiera calmarlo, cerró los ojos y se durmió. Cuando despertó de nuevo su garganta estaba reseca y se dijo a sí mismo que tal vez fuera hora de levantarse e ir a la cocina. Movió un poco los brazos y sus entumecidas manos descubrieron que las sabanas estaban manchadas de orines y de heces. El asco le retuvo lo que a él le parecieron unos minutos, tratando de no moverse para no ensuciarse más. Miraba el techo de la habitación, en el que se veían difusas manchas oscuras provocadas por la humedad, y, cada vez que cerraba y abría los ojos, las manchas parecían haber cambiado de forma y color. Se prometió levantarse, lavarse y preparar algo de comida, aunque no muy convencido. Le asustaba el enorme esfuerzo que eso supondría y se le iban apareciendo, borrosas, entrecortadas, las escenas con las distintas tareas que debería llevar a cabo, en las que se imaginaba a sí mismo caminando pesadamente sobre un suelo movedizo e inseguro, intentando despojarse del pijama húmedo y pesado o buscando restos de comida en un frigorífico vacío y gélido. Se hundió en un sopor pegajoso y cuando los ruidos del estómago volvieron a desvelarlo, pensó que, tal vez, su mujer volviese pronto, seguro que sí, no podía haber ido muy lejos, y este grato pensamiento lo relajó, se revolvió en su regazo caldeado y pudo dormir profundamente otra vez. Quizás despertara en alguna ocasión más.

Cuando la policía, alertada por los vecinos que no podían soportar el hedor, encontró su cuerpo, llevaba varios días muerto. El forense tardó bastante en dictaminar la causa de la muerte, que finalmente atribuyó a causas naturales sin especificar demasiado en el informe. Lo que más le sorprendía era la cara de placidez que tenía el cadáver.

El caso más fácil

El tren había llegado puntual a la estación, pero una vez en el andén, comprobé abatido que una huelga de taxistas me iba a retener allí durante algunas horas hasta que consiguiera que alguno de los escasos coches que cumplían con los servicios mínimos me llevara a mi destino en la ciudad.. Armado de paciencia, compré tres periódicos y me dirigí hacia la cafetería con la intención de que el tiempo transcurriera lo más levemente posible.

Cuando iba a iniciar la lectura del segundo de los periódicos, noté que alguien, un hombre de unos cincuenta años, de mi edad, se acercaba a la mesa que yo ocupaba con pasos dubitativos y con gesto de indecisión. Me dirigía miradas furtivas que rápidamente desviaba al suelo. Se debatía entre saludarme o pasar de largo.

Pero fui yo quien, de pronto, lo reconocí y salí en su ayuda:

- ¡Coño, Peláez! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?

Peláez había sido compañero mío en el Instituto. Lo recordaba como un chaval muy tímido, introvertido, que sacaba buenas notas, sin exagerar, pero que nunca se integró completamente con los demás. No creo que tuviera ningún amigo íntimo en la clase. Vivía un poco aparte, en su mundo, y le costaba conectar con los demás.

Me saludó brevemente y como yo estaba ya harto de leer las mismas noticias le invité a sentarse y a que se tomara un café conmigo. La espera de mi taxi no me parecería tan larga.

- El bueno de Peláez. Que tal, cuéntame que es de tu vida ¿qué estas haciendo aquí?

- Vengo a recoger a mi jefe. Su tren tarda todavía dos horas en llegar, pero me gusta ir a los sitios con tiempo... Por si pasa algo.

Hablaba en voz baja, mirando la taza del café que le acababan de poner. Seguí preguntando:

-¿Dónde trabajas?

Tardó un poco en contestar:

-¿Te acuerdas de don Amaro, el conserje?

Aquello me sorprendió. Derramé un poco del café que estaba bebiendo. Peláez sacó rápidamente un pañuelo de tela del bolsillo de su pantalón y se puso a limpiar la mancha de la mesa. Después, poco a poco, fue desgranando su historia. Amaro había sido el conserje del Instituto donde ambos estudiábamos. Era un hombretón grande y rudo, y recuerdo que los chavales lo hacíamos rabiar con nuestras burlas y bromas. Un buen día dejó de ir a trabajar y surgieron rumores que apuntaban a que le había tocado la lotería y que se había retirado a una playa a descansar. Peláez me confirmó que, efectivamente, le tocó una importante cantidad de dinero, pero, por el contrario, no se dedicó a descansar, sino a rentabilizarlo. Como no tenía estudios ni otras habilidades profesionales, hizo lo que le pareció menos problemático y más lucrativo para él, compró un enorme solar bien situado y lo convirtió en un aparcamiento de coches con varias plantas, que le proporcionaba unos ingresos permanentes e ininterrumpidos que engordaban su saldo bancario.

-Al poco tiempo se acordó de mí –continuó apocadamente Peláez- y me llamó para que trabajase para él. Decía que yo era de los pocos que no le tomaban el pelo cuando era el conserje. Desde entonces le llevo las cuentas.

Aquello me interesaba. A pesar de su resistencia alegando que no bebía nunca y que le iba a sentar mal, logré invitarlo a un cubata para que siguiera hablando. La bebida fue haciendo su efecto más rápidamente de lo que yo esperaba. Comenzó a hablar con un tono más elevado y seguro, moviendo mucho las manos, y fueron aflorando las primeras confidencias.

-Al principio Don Amaro –él seguía poniéndole el don- me trataba como a un hijo, con mucho cariño y consideración, claro que yo nunca le llevo la contraria, no me atrevo porque me impone con ese cuerpo tan grande que tiene y ese vozarrón que, en los primeros días, me hacía temblar. Luego me di cuenta de que era un egoísta, que yo no le importaba nada. Me grita, me humilla, me asusta con los manotazos que da en la mesa.

-Sigue, sigue. Camarero, otros dos cubatas.

-No, por Dios, que digo muchas tonterías. Aunque está rico esto ¿qué has dicho que es? En fin, don Amaro resultó ser un viejo cascarrabias muy desconfiado y muy miserable. Me paga una ridiculez y a pesar de todos los años que llevo, todavía no se fía de mí, ni de mí ni de nadie. No se gasta un céntimo en nada. Tiene contados los bolígrafos de la oficina y si falta alguno me echa la bronca.

-Pero será ya muy viejo.

-Tiene edad para estar tres veces muerto Huy, perdón, es el alcohol, que no estoy acostumbrado y me ha salido sin pensarlo. Pero este tío no se morirá nunca, nos va a enterrar a todos. Yo digo que tiene el corazón tan bueno de no utilizarlo nunca. No quiere a nadie, sólo se quiere a él y a su dinero. ¿Puedo pedir otro cubata?

Peláez siguió hablando y siguió bebiendo, contando ridículas anécdotas del viejo avaro, refiriendo cómo nunca compraba nada, que se pasaba las horas arreglando una estufa vieja o que recogía papeles usados del suelo para aprovecharlos. Fue animándose cada vez más, desahogándose. Estaba claro que llevaba mucho tiempo guardando la inquina para sí mismo y ahora disfrutaba explotando.

-En la oficina, los dos solos con una triste bombilla, se sienta a mi lado mientras reviso las cuentas y paso los números al ordenador. ¡Bueno, tenemos ordenador porque recogió uno viejo que iba a tirar el banco! Toda la tarde allí, encima mía, me tiene hasta... ¿Te vas a terminar tu cubata? Se cree que lo voy a engañar. ¡Pero si yo quisiera engañarlo, no se iba a enterar nunca! –se paró un poco, y con una pícara sonrisa añadió- Aunque si yo te contara, pero no, no...

-Cuenta, Peláez, cuenta.

Acercó su cara con gesto exageradamente misterioso y bajó la voz:

-No debería, pero te lo cuento a ti, en confianza, porque somos viejos colegas- sus ojos estaban vidriosos y sonrió ampliamente sin notar, o sin importarle, que una viscosa saliva le asomaba por la comisura de los labios-. Tengo un plan perfecto. Nunca se dará cuenta. Verás, cada noche voy pasando al ordenador las ventas que se han hecho durante el día. Largas filas de números que no se terminan nunca, una cantidad por cada coche que ha aparcado, con la fecha, la hora, los minutos y el dinero que ha pagado. Como es tan tacaño no se ha querido comprar un programa automático que lo hace solo. Pero eso es lo que yo aprovecho.

-Camarero, dos más de lo mismo.

-Excelente idea. Como te decía, el programa informático para la contabilidad lo hice yo, y hace unos años me di cuenta de que los resultados de las sumas y las divisiones variaban ligeramente si los configuraba con dos decimales o con diez o doce. Es una pequeñísima diferencia, de céntimos, y no se da en todas las operaciones, pero si lo multiplicamos por los cientos de apuntes que hay cada día, puedo distraer algunos euros sin que don Amaro lo note.

-Perdona, pero no te sigo, a mí los números nunca se me dieron bien.

-Sí, hombre sí. Piensa que a la cantidad que paga un usuario, le tengo que descontar los impuestos, que van a otra cuenta, pues entonces, no es lo mismo que el resultado sea, por ejemplo, cinco con veintiocho que cinco con veintisiete y varios decimales más. El tío del coche ha pagado cinco con veintiocho, pero yo apunto como entrada cinco con veintisiete, y para mí el céntimo- le costaba vocalizar, pero no había perdido del todo la lucidez.

-Pero eso es una miseria.

-¡Que te crees tu eso!- saltó herido en su amor propio- ¿Sabes cuantas entradas hay cada día? Cientos y cientos, sin descanso, durante años, con sábados y domingos, que también me hace trabajar el mamón ese.

-¿Y cuanto tiempo llevas así? ¿Has conseguido mucho?

-Bueno- se echó para atrás orgulloso-, he conseguido mis ahorrillos. No te digo más.

No hacía falta que me dijera más. Me despedí cordialmente de él, pidiéndole su dirección y su número de teléfono con la excusa de vernos otro día. Pagué y nos levantamos para irnos, él tambaleándose y yo con la mano en el bolsillo donde llevaba una nota con el encargo que me había hecho don Amaro. Sospechaba que le estaban robando en su empresa y quería que yo lo averiguara.

En todos los años que llevaba como detective privado, este había sido el caso más fácil de resolver.

domingo, 25 de marzo de 2007

La intrusa

-¿Qué te parece si invitamos a la cena a Marta y a Mario?

La pregunta de Elena cogió por sorpresa a Roberto, su marido. Ella estaba en el dormitorio ordenando el armario, y él, que estaba sentado en el sofá del salón leyendo un libro, no podía verla. ¿Había hecho la pregunta con naturalidad, sin darle importancia, o acaso sospechaba algo?

Aunque faltaban todavía dos semanas, les gustaba preparar su cena de aniversario con suficiente antelación para que se convirtiera en una efeméride especial, y en los cuatro años que llevaban casados jamás habían invitado a nadie, puesto que era, o debería ser, una ocasión exclusiva e íntima para ellos. También es cierto que durante los últimos años no habían gozado precisamente de unas buenas amistades con las que les apeteciera compartir la cena. Gradualmente se habían ido quedado sin amigos, se aislaron socialmente. Un poco por comodidad, ya que estando casados no había necesidad de salir a la calle para estar juntos, sobre todo en noches de mal tiempo, y otro poco también por desinterés, habían ido descuidando a la pandilla de la juventud. No les apetecía nada salir de su confortable refugio cotidiano para hablar una y otra vez las mismas vaciedades de siempre. Sus amigos seguían estancados en unas bromas que ya eran antiguas cuando eran jóvenes, y no demostraban tener ningún interés o curiosidad por cuestiones culturales o políticas, limitándose simplemente a comentar el partido de fútbol del domingo o a criticar a conocidos y vecinos. Ellos, Elena y Roberto, no pretendían nada extraordinario, sólo un poco de conversación adulta de vez en cuando. Y como no eran, desde luego, personas abiertas a conocer gente nueva, cuando les presentaban a alguien, o coincidían forzosamente con otros en cualquier reunión, se limitaban a ser corteses, pero sin entreabrir jamás esa puerta que permite que vuelvan a llamarte, a invitarte e intimar, o lo que es peor aún, a que se auto inviten los demás e invadan tus espacios y tus costumbres.

Pero hacía cosa de unos meses habían conocido a Marta y a Mario. Ellos eran distintos, con gustos y aficiones como las de ellos. La verdad es que a Roberto le encantaría que asistiesen a la cena, por supuesto que lo había pensado ya. Sobre todo quería ver a Marta, pero, claro, no lo podía reconocer abiertamente delante de su esposa.

Aunque estaba deseando responder a gritos que sí a la pregunta de su mujer, se limitó a murmurar:

-Pues no sé... Como tú quieras.

Roberto conoció a Mario por motivos de su trabajo (ambos eran funcionarios de Hacienda y Mario se incorporó a su Sección) y desde el primer momento se quedó gratamente impresionado. Mario era una persona de un trato exquisito. En la oficina era eficiente y siempre estaba de buen humor, dispuesto a echar una mano a quien se lo pidiera. Sabía ser simpático e incluso ocurrente, pero nunca cruzaba la frontera para convertirse en un molesto chistoso. Tenía además un aspecto agradable que le daba un aire relajado a todo lo que hablaba o hacía. Pronto comprobaron ambos que eran muy parecidos en casi todo y comenzaron a congeniar, salían juntos a tomar café y cada vez que se cruzaban en los pasillos se paraban un rato a charlar sobre la película de la noche anterior en televisión o sobre el nuevo libro que había publicado Paul Auster o Eduardo Mendoza.

Pero la sorpresa la tuvo Roberto cuando un día Mario le presentó a su esposa, Marta, que había pasado por las oficinas aprovechando que tenía que hacer unas compras cerca de allí. Dios mío, que guapa era. Llevaba el pelo corto, moreno, no era muy alta, pero sí deliciosamente proporcionada. Vestía con vaqueros y una camiseta roja ceñida, a la moda, pero sin llamar demasiado la atención y su rostro era de un encanto tan sencillo y natural que desarmó a Roberto, que quedó hipnotizado sin poder apartar la mirada. No aparentaba ser sofisticada, no llevaba maquillaje ni joyas o adornos, simplemente le bastaba con ser ella misma. Roberto se preguntó si una persona tan bella podría llevar una vida normal, porque él estaba seguro de que, con esa cara, ella podía hacer lo que quisiera, enamorar a reyes y emperadores o destruir a medio mundo si le viniera en gana. A él ya había empezado a destruirlo.

Marta habló con música en la voz:

-Vaya, por fin te conozco. Mario no para de hablar de ti, y dice que no eres tonto del todo. Me intrigas, tenemos que vernos algún día.

Guapa y seductora. Y, además, esa manera que tenía de moverse, tan libre, tan juvenil, tan sexy...

El haber conocido a Marta hizo que Roberto quisiera reforzar su amistad con Mario. Deseaba estar con él, claro que sí, porque por primera vez en mucho tiempo podía mantener una conversación con alguien sin sentirse forzado, incómodo. Pero, sobre todo, deseaba volverla a ver a ella. No se la podía quitar de la cabeza. Así pues, una noche que salió a tomar unas copas con su esposa, se las ingenió para coincidir “casualmente” con Marta y Mario en el bar donde sabía que iban a estar porque se lo había comentado Mario. Era la segunda vez que la veía y creyó incluso verla más hermosa. Tras las correspondientes presentaciones a Elena, comenzó lo que se convirtió en una maravillosa velada regada con buen vino y amena tertulia. A los cinco minutos ya reían como viejos amigos, eran cuatro espíritus afines que se encontraban, descubrieron aficiones comunes y un sentido del humor que los unía. Roberto, feliz, se pasó la noche mirando los ojos de su reciente amiga Marta.

Lo que Roberto no supo es que esa madrugada, su mujer soñó con Mario. Si a él le había gustado Marta, a Elena le había encandilado Mario. Por fin conozco a un hombre guapo de verdad, se decía, no como esos modelos de plástico que salen por la tele. Elena nunca había sido una mujer interesada en otros hombres, en ese sentido estaba suficientemente satisfecha con su marido, desde que lo conoció ni se le había pasado por la cabeza mirar a otro, siquiera como curiosidad o para seguir las bromas de sus antiguas amigas. Pero Mario había estado atentísimo toda la noche con ella, pendiente de que no le faltara de nada y que no quedase fuera de la conversación en ningún momento. Alguna vez que la charla derivó hacia temas que a ella le aburrían, Mario, que lo notó en seguida, se las apañó para reconducirla sutilmente hacia asuntos en los que ella pudiese participar. Su personalidad le atrajo, pero su físico no se quedaba atrás. Aunque su rostro era agudo y sus facciones marcadas, los ojos caídos y melancólicos le restaban rudeza y le añadían una pincelada de ternura. Poseía una elegancia serena que irradiaba bienestar en torno a él. Y Elena, un poco achispada por el alcohol, no podía dejar de mirarle el trasero cuando se levantaba para ir a la barra a pedir más bebidas. En el sueño de aquella noche su subconsciente fue un poco más lejos.

A partir de aquella ocasión, tanto Roberto como Elena buscaron excusas para salir de copas y verse con sus nuevos y deseados amigos. Si, por ejemplo, ella decía como de pasada: “¿salimos esta noche que no hay nada preparado para la cena?” él respondía como si le costase gran esfuerzo: “Está bien...” Otras tardes era él quien tomaba la iniciativa y a ella le latía el corazón con fuerza por la ilusión de encontrarse una vez más con Mario. Comenzaron a salir, en contra de sus antiguas costumbres, varias noches por semana, y a merodear por los bares que frecuentaban Marta y Mario hasta que los localizaban. Pronto se consolidó la unión entre los cuatro y, ya sin necesidad de buscar justificaciones, se citaban para el próximo día con el propósito de continuar la tertulia.

Si Elena y Roberto se parasen a analizar con espíritu crítico cómo había sido su relación desde que se conocieron, su largo noviazgo y su actual matrimonio, habrían llegado a la conclusión de que la comunicación entre ellos había seguido una línea descendente sin interrupción que les llevaba a un punto en el que hablaban lo indispensable para no perderse el respeto o para guardar las formas. Quedaron atrás los primeros años, cuando eran la envidia de toda la pandilla, siempre los dos juntos, siempre enfrascados en conversaciones íntimas, indiferentes al universo que los rodeaba. Bien es cierto que ahora comentaban lo incidentes cotidianos del trabajo de él o las noticias que daba el televisor o cualquier peripecia jocosa de la que hubieras sido testigos, pero todas estas cuestiones podían considerarse objetivas, externas, ajenas a su mundo interior. Se seguían queriendo, cómo no, y se habían habituado a la convivencia, se deslizaban sobre ella confortablemente, pero sin los altibajos que la hacen jugosa y fructífera. Ahora no hubiesen podido recordar la última vez que habían hablado de ellos mismos, de sus ilusiones, de sus intereses o de sus miedos. Ya ni se les pasaba por la cabeza emprender nuevos retos juntos, descubrir músicas fascinantes, sabores embriagadores o viajes en los que perderse en recodos encantados. Ya ni siquiera discutían.

Por eso, estos nuevos hábitos en su, hasta ahora, aburrida vida social, empezaban a preocupar a Roberto. Se preguntaba si su esposa habría notado ese súbito interés que él mostraba por Marta. A veces, estando en el bar, hasta él mismo se sorprendía mirando embelesado durante largo rato los hombros desnudos de ella cuando vestía una sucinta camiseta de tirantes, y se avergonzaba de no haber prestado atención a lo que se hablaba. O cuando salían a la calle e iban caminando los cuatro, él siempre procuraba situarse junto a Marta. Esos detalles tan burdos no podían haberle pasado por alto a su mujer. A la fuerza habría descubierto sus vulgares componendas.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Elena no reparaba en absoluto en lo que hacía su marido. Bastante trabajo tenía ella con que no se le notara su ansia por estar junto a Mario. A veces se avergonzaba, pues, al igual que una colegiala ilusa con su primer amor, le parecía reconocerlo en cualquier hombre que se acercaba por calle. Un pellizco le oprimía el estómago hasta que descubría que no era Mario. Pero ya no podía evitar que el resto del día sus pensamientos estuviesen dedicados a él.

La vida de ambos fue llenándose de nuevos detalles. Elena comenzó a comprarse ropa interior más moderna y provocativa. Aunque sabía que su idolatrado Mario no iba a saberlo, ella se sentía mucho más segura y confiada, incluso comprobaba que en las conversaciones, era como si los sugerentes culottes o los minúsculos tangas le otorgasen alas liberadoras, y se aventuraba mucho más en sus juegos de seducción, sin llegar nunca, eso sí, a parecer descarada o a superar los límites de la corrección. Por su parte, Roberto, se apuntó a un gimnasio. “Ya voy teniendo edad para cuidarme un poco” se excusaba ante su mujer, suspirando aliviado al ver que ella no indagaba demasiado en las verdaderas causas de ese súbito interés suyo por el spinning, los bancos de abdominales o los aparatos de steppers. Tampoco Elena manifestaba curiosidad cuando Roberto llegaba a casa del gimnasio y se bebía unos extraños brebajes de bebida de avena, se aliñaba ensaladas de algas o tragaba comprimidos de hígado de pescado.

No obstante, lo que sin duda mejoró considerablemente entre ellos fue su actividad sexual. Últimamente habían estado haciendo el amor casi rutinariamente y con intervalos cada vez más espaciados, pero a partir de estas salidas nocturnas, cuando llegaban a casa se enmarañaban en juegos eróticos inusuales para ellos, con una avidez propia de una pareja de recién casados. Claro que ambos ignoraban que la mente de su respectivo y voluptuoso cónyuge estaba pensando en otra persona. Era indudable que la compañía de Marta y Mario les estimulaba en todos los sentidos.

En cierta ocasión, en una velada en la que los cuatro estaban bebiendo más de lo aconsejable, se comentó que un compañero de trabajo se había separado de su esposa para irse a vivir con otra chica. Esto provocó un pequeño debate acompañado de las risas que hacía brotar el alcohol.

-Eso no se hace. Es una cabronada lo que ha hecho ese tío -dijo Elena-. Abandonar a su mujer para irse con una colegiala.

-Pero Elena, es lo mejor que ha podido hacer. Es lo más honrado- le contestó suavemente Mario.

-Yo estoy de acuerdo con Mario -dijo Roberto mirando inclinado el escote de Marta con el consiguiente riesgo de derramar el cubata sobre su mujer-. Desde un punto de vista ético –se puso de pie para infundir mayor solemnidad a sus palabras- es preferible enfrentarse con la realidad. Si un hombre se enamora de otra mujer, pero continúa con su esposa, en realidad la está engañando -intentaba pronunciar cada sílaba con exquisito cuidado, pero no podía evitar que de su boca salieran disparadas minúsculas partículas -. Técnicamente, la está en-ga-ñan-do.

El cubata de Roberto no pudo resistir tanto énfasis dialéctico y se desparramó por la falda de Elena. Las risotadas de todos impidieron a Roberto observar que su mujer se había quedado pensativa.

Sin embargo, los plácidos y encantadores días que se auguraban a sí mismos en compañía de Marta y Mario se nublaron con la aparición de Patricia.

Patricia se mudó justo al lado del piso de Marta y de Mario. Era una joven argentina, estudiante de Historia del Arte que recogía datos en España para una tesis doctoral, aunque, según fueron enterándose después, esto no era más que un simple pretexto que aprovechó puesto que la verdadera razón de su viaje era superar la muerte de sus padres en accidente de tráfico y poner un poco de distancia de por medio entre ella y el resto de la familia, con la que no estaba muy bien avenida. Todavía no tenía amistades en la ciudad y Marta y Mario, sin consultarlo con Elena y Roberto, se ofrecieron encantados a invitarla a salir con ellos.

Patricia parecía diseñada para gustar a todo el mundo. Era alta y rubia, con una larga melena lisa, y tenía los ojos claros, todo lo cual la convertían en una criatura bastante atractiva, aunque con una belleza que, al no ser exuberante ni llamativa, gustaba a los hombres pero no molestaba a las mujeres, si bien ella daba la impresión de no percatarse de ello, o al menos de no concederle excesivo valor. Se sorprendía, o aparentaba sorpresa y rubor, cuando alguien le mencionaba su encanto. Era desenvuelta, natural, simpática, hablaba con todos (su suave acento porteño embelesaba a cuantos la oían) y a todos escuchaba con atención.. Una noche, Marta y Mario se la presentaron a Elena y a Roberto y se unió al grupo que habían formado las dos parejas, aunque estos últimos, tras la obligada cortesía inicial, la aceptaron no de muy buen grado. No deseaban que nadie se interpusiera entre los cuatro. ¿Para qué hacía falta otra persona? ¿No se lo pasaban en grande ellos solos? Ahora venía una intrusa a estropearlo todo.

Este recelo fue alimentando un descontento mayor a medida que Patricia fue ganándose la confianza de Marta y de Mario. Ya no podían disfrutar a gusto de sus amigos, siempre estaba esa niña por medio. Cuando Elena trataba de mantener una de esas charlas que ella consideraba “especiales” con Mario, éste avisaba a Patricia para que se sumara a la conversación, y a los pocos minutos ya estaban ellos dos hablando emocionados y Elena mirando como un pasmarote. Comenzaba a añorar las atenciones de Mario preguntándole por algún interesante artículo del dominical del periódico o simplemente percatándose de que había cambiado de peinado. Era como si Mario ya sólo tuviera ojos para Patricia. Y a Roberto, por su parte, le sucedía lo mismo. Marta también había sucumbido al hechizo de Patricia, a quien solicitaba continuamente su opinión sobre cuadros o esculturas, ya que, al parecer, eran temas que siempre le habían apasionado, lo cual impedía a Roberto dedicarse a lo que tanto deseaba, esto es, explayarse a solas con Marta para intentar deslumbrarla, una vez más, con su profunda y cínica visión del mundo. Incluso alguna vez que Patricia acaparaba a Marta y a Mario a la vez, se habían quedado los dos esposos desplazados al mismo tiempo, viéndose obligados a forzar algún dialogo entre ellos, algo que ya no estaban acostumbrados a hacer, ya casi no sabían hablar a solas los dos. En esos incómodos momentos, sin ellos saberlo, les unía la misma inquina que iba naciendo en sus entrañas y que lanzaban a través de las miradas que dirigían de vez en cuando a Patricia.

Los días fueron pasando con odiosa monotonía. Se había acabado la ilusión por la llegada de la noche para salir a tomar copas, y Elena y Roberto se acicalaban sin demasiado esmero, sin esperar nada de la reunión, nada que no fuese la insoportable y omnipresente Patricia, abarcándolo todo.

Cuando faltaban algunos días para la cena de aniversario, decidieron invitar a Marta y a Mario, cada uno convencido en su fuero interno de que sería una ocasión excelente para recuperar los vínculos perdidos con sus codiciados amigos y deshacerse, siquiera por unas horas, de la fastidiosa Patricia. Les volvió a nacer un atisbo de esperanza y dedicaron su esfuerzo a conseguir una velada del agrado de sus platónicos amantes. Elena se ocupo durante varios días en elegir un menú original y exótico con el que pretendía sorprender a Mario, adquirió los desacostumbrados ingredientes (de nombres tan sonoros como auyama, ajedrea, queso pecorino, o tahineh) en la delicatessen más exclusiva de la ciudad, compró un mantel rojo nuevo y un centro de mesa discreto y elegante, siempre con la inquietud de que, en cualquier momento, Roberto le preguntase el motivo de tamaño despilfarro, sin prestar atención a que su marido se había enfrascado en visitar como un loco todas las bodegas que encontraba para descubrir los vinos más exquisitos y delicados que existieran para apabullar y epatar a Marta.

Pero el día antes sonó el teléfono y cuando lo descolgó Roberto, Mario les anunció que Patricia iba a acompañarles a la cena, que pusieran un cubierto más y que se lo pasarían muy bien porque los cinco habían logrado formar un grupo estupendo y que... Roberto ya no oía las palabras que salían del auricular, o las oía pero no las entendía. Sólo escuchaba un murmullo confuso que le golpeaba las sienes al ritmo de los latidos de su corazón. De pronto, los deseos, las expectativas y los anhelos depositados en esa noche se desvanecieron. En lo más hondo de su ser se había abierto una herida que, él aún no se daba cuenta, era la semilla de un doloroso odio hacia Patricia que empezaba a consumirlo. Sin fuerzas ni argumentos para rebatir a Mario, colgó el auricular y trató de recomponerse para darle la noticia a Elena. Cuando ésta lo supo, aparentó no importarle, apretó los dientes y no dijo nada, se limitó a seguir eligiendo los discos para ambientar la cena. A la mañana siguiente el mal humor fue creciendo en ellos, que, sin hablar, iban colocando la mesa, las sillas o los cubiertos con gesto serio y ademanes bruscos. Por si fuera poco, un enchufe se había estropeado y Roberto se pasó un buen rato agachado intentando arreglarlo sin éxito, consiguiendo, en cambio, que las piernas se le agarrotaran y que se diera un fuerte golpe en el hombro con una estantería al levantarse enfurruñado.

A primera hora de la tarde sonó el timbre de la puerta. Era Patricia que, según dijo, se había adelantado a propósito porque se aburría en su piso y pensaba que quizás podría ayudar en algo, “Tenemos suficiente confianza para que no os molestéis, ¿no es cierto?” añadió. Roberto y Elena balbucieron una respuesta huraña y siguieron con los preparativos. Sin preguntar lo que tenía que hacer, con su habitual desenvoltura, empezó a modificar la disposición de los cubiertos y las copas, ante la mirada estupefacta de Elena que llevaba todo el día dedicada a ello. Después se metió en la cocina y comenzó a husmear y a remover el contenido de las cacerolas y sartenes.

-¡Hum, huele delicioso! Pero tendrías que haberme avisado con tiempo y te hubiese preparado algo típico de Argentina, humita, tamales o quizás alfajores, me salen riquísimos.

Elena no daba crédito a lo que veía. Al igual que a su marido, le había brotado una angustia profunda en su interior, producto de la inquina y la ira contenida. Respiró profundamente porque notaba que le faltaba el aire y el corazón le latía agitadamente. También le dolía la cabeza.

A eso de las ocho llegaron Marta y Mario impecablemente vestidos para la ocasión, elegantes y guapos, pero ni a Roberto ni a Elena les apetecía recrearse gozando de sus amigos, más bien al contrario, ahora les molestaba que fuesen tan atractivos, pues hacía más grande el tormento de no disfrutar de ellos a solas.

La cena resultaba extraña, con unos invitados alegres y desenvueltos, y unos anfitriones callados, tensos, a punto de reventar. Roberto movía nerviosamente una pierna golpeando la pata de la mesa y Elena no pudo evitar derramar su copa de vino.

-No te preocupes –saltó rápidamente Patricia-, para que no te quede mancha hay que echar un poco de sal, voy a buscarla- y salió para la cocina.

-¡Vaya! –estalló Elena- Esta chica es perfecta ¡Sabe de todo!

-¿Verdad que es maravillosa?- dijo Mario.

-Dice que piensa quedarse con nosotros una larga temporada- añadió Marta.

Elena volcó, ahora intencionadamente, la botella de vino, al tiempo que regresaba Patricia.

-Ay, Elenita, ¿otra vez? ¿en qué estarás pensando?

Naturalmente, Elena no le dijo en qué estaba pensando, se limitó a observarla con la cara muy roja, viendo como esparcía la sal sobre la mancha de vino con la habilidad y precisión de una profesional de la limpieza.

Al final de la interminable noche, Marta y Mario se despidieron afectuosamente, pero Patricia se ofreció para quedarse a recoger, limpiar y colocar los muebles que se habían movido. Roberto y Elena, con un abatido gesto que podría significar “haz lo que quieras”, la dejaron en el salón y se fueron al dormitorio a desvestirse. Desde allí la oyeron preguntar:

-¿Dónde iba esta lámpara? ¿La enchufo aquí?

En ese momento escucharon un grito y un golpe, corrieron al salón y vieron a Patricia en el suelo, agitándose convulsamente, parecía que se asfixiaba, y su mano derecha estaba negra, quemada. En la pared, saliendo de un enchufe abrasado y roto, asomaban los cables pelados que Roberto no pudo arreglar.

Elena y Roberto estaban de pie, quietos, mirando cómo Patricia se encogía y se estiraba.

-Deberíamos de ayudarla –dijo Roberto.

-Sí, deberíamos –dijo Elena.