martes, 27 de marzo de 2007

Despedida

Convencido como estoy de que hoy será el día más feliz de mi vida, me levanto de la cama, alegre y jovial, alzando mis piernas para ejecutar una simpática pirueta que, desgraciadamente, termina en un doloroso, aunque pasajero, esguince de espalda. Hace calor y estoy sudando, pero mi ánimo es tan dichoso que no me doy por enterado del negligente escenario que envuelve mi despertar: el cuartucho inmundo, la ropa desperdigada o los restos de la cena. Incluso en la ducha, al contrario que otras veces, hoy me entra la risa cuando tengo que agacharme, adoptando una grotesca postura, para que salga el agua caliente. Si levanto la manguera, sale fría, si la agacho sale caliente. Es genial, nunca había descubierto el lado cómico. Me visto rápido con lo primero que pillo y salgo a la calle empapado de nuevo en sudor.

En el bar de abajo vuelvo a sentirme el hombre invisible, pero hoy no me importa. A pesar de los pocos clientes, el camarero va de un lado para otro mirando indefectiblemente para el suelo y yo tengo que pedir mi desayuno cuatro o cinco veces, levantando intermitentemente la mano con un ridículo titubeo. Este hombre tan serio me intimida. Cuando por fin llega mi turno, me explayo: café, tostadas, zumo y bollería. Total, no pienso pagarlo. Me despido con un “mañana ajustamos cuentas” que, por supuesto, no recibe respuesta.

Caminando a la fuerza porque el coche lleva más de un mes en el taller, me dirijo raudo al trabajo. A pesar de lo temprano, el sol ya aprieta fuerte. Las calles empiezan a poblarse de gentes ajetreadas y bulliciosas. Algunos cargan las maletas en el coche para comenzar sus vacaciones. Ilusos. Ninguno tendrá un descanso como el mío.

Llego a la oficina y desprecio el ascensor. Tengo tanta energía que subo las escaleras a grandes zancadas. Al llegar a mi piso dos grandes manchas han crecido bajo mis axilas, pero me da igual. Me recibe mi jefe, vociferando como siempre, para que todos se enteren:

-¡Otra vez tarde, cómo no! ¡Y qué pintas me trae, señor mío! Sin afeitar, sin peinar y con esa andrajosa camisa por fuera... Vamos, a su puesto, ¡o lo mando de patitas a la calle!

-No se moleste, gran jefe –respondo tranquilamente, siempre sonriendo-. En el bolsillo de esta andrajosa camisa llevo un billete de lotería premiado con muchos millones. Sólo vengo a despedirme y a ver por última vez su brillante calvorota. Ya sabe dónde se tiene que meter los expedientes. Le aconsejo que los enrolle antes y le quite las grapas. Ah, y que le ayude el pelota de Ramírez. Por cierto, no está en su sitio. ¿Otra vez ha ido al médico? En fin, ¡ahí os quedáis, seres inferiores!

Me giro para no ver sus caras llenas de sorpresa, envidia y odio. ¡Qué felicidad!

Pero no me regodeo, no pierdo el tiempo con ellos. En la calle, observo un grupo de jóvenes y atractivas turistas que intentan refrescarse en una fuente. Me uno a ellas, les contagio mi alegría y casi se me va la mañana, entre risas y salpicones.

Ahora me paso por el taller. Con paso firme me planto en el centro del local y, antes de que empiecen con las mismas excusas de siempre, digo en voz alta:

-Manolo, olvídate de ese cascajo. Te voy a comprar un coche nuevo, un Mercedes, último modelo, con los extras más modernos que encuentres en el mercado. Tú te encargas de todo.

-Pero...

-Nada, nada. Me ha tocado la lotería y reniego de mi humilde y menesteroso pasado. Haz el pedido que ya vendré por aquí –y me marcho triunfante sin darles tiempo a reaccionar.

Ahora, lo más divertido. Voy a casa de mi novia, la que nunca me escucha, la que no apoya mis proyectos, la que siempre se está quejando. Por el camino voy pensando las barbaridades que le diré, pero llego, abro con mi llave y descubro en el dormitorio a mi novia succionando rítmicamente el enorme miembro de Ramírez. Ella, la hipócrita, que, aunque yo se lo pedí mil veces, nunca me lo hizo porque decía que le daba asco, allí está, arrodillada en el suelo, con la lencería que yo le regalé aquella vez que pasé tanta vergüenza en la tienda, con la boca llena, deleitándose y deleitando al pelota. En fin, me ahorro un bonito discurso y me conformo con ver las caras estupefactas de los pasmados tortolitos. Me mantengo quieto, haciéndolos sufrir, viendo cómo sudan y cómo a Ramírez y le disminuye el brío. Me despido con un “buen provecho” y salgo a la calle a respirar.

El sol está ya muy alto, va siendo la hora. Me dirijo al puente grande, al de hierro. Me agarro a la ardiente barandilla y contemplo la corriente sucia y pestilente del río. Abajo me espera el descanso definitivo. Con un ágil salto me arrojo al vacío.

lunes, 26 de marzo de 2007

Indolencia

Ya desde su infancia, Raúl mostró una innegable tendencia a la molicie. Era un niño que se pasaba ante el televisor todas las horas de ocio que le dejaba el colegio, tragándose un programa tras otro sin apenas cambiar de canal, mientras sus hermanos y amigos saltaban y corrían por el patio trasero de la gran casa de vecinos en que vivían. Aunque su madre lo espoleaba continuamente para que saliese a jugar, apenas conseguía que se alejase del sillón unos pocos minutos. Cuando se quería dar cuenta lo tenía de nuevo tirado en el sofá o incluso en la cama.

Las aficiones de Raúl siempre fueron sedentarias. Además de la omnipresente televisión y los videojuegos, se aficionó a la lectura. No es que encontrase una satisfacción intelectual en ella, más bien leía por no levantarse, vestirse y salir a la calle. El tener que abandonar la postura desparramada en el sofá le producía una pereza infinita e iba postergando el momento de incorporarse, hasta que le parecía que ya era demasiado tarde para hacer nada. Cogía un libro y se arrastraba a la cama. Incluso leyendo sin convicción fue construyéndose una pequeña cultura. Pero se la guardaba para sus adentros: era demasiado comodón para enlazarse en discusiones elevadas que le exigieran algún esfuerzo, aunque fuese mental. Nada parecía interesarle, nada le atraía.

Pero en la pubertad, obligado quizás por las hormonas, comenzó a moverse, a salir más. Se le veía casi activo. Fue durante esa etapa cuando conoció a María, una muchacha de su barrio que le gustó desde el momento en que la vio. Sin que él se diera mucha cuenta, los dos o tres amigos que aún le quedaban lo enredaron hasta llegar a una especie de declaración de amor en la que María llevó toda la iniciativa y habló por él, que se limitaba a asentir con imprecisos monosílabos. A ella le había atraído aquel muchacho tan correcto, que hablaba poco pero con sentido común, y, sobre todo, que se recogía temprano a su casa. Cometió el gran error de confundir la profunda apatía de Raúl con una simple timidez.

Empujado por la inercia, abrumado por la familia y los amigos que creyeron que había despertado de su letargo, Raúl continuó un noviazgo convencional y monótono que no le exigía desplazarse demasiado lejos de su casa para ver a la novia, una joven callada que no hacía preguntas incómodas y que se contentaba con que la llevasen al altar cuanto antes.

No duró mucho tiempo esa situación. Cuando Raúl empezaba a cansarse del farragoso ir y venir de su casa a la de ella, y ya alimentaba accesos de nostalgia de su sofá, se encontró con una boda preparada, incluyendo un coqueto piso en las afueras de la ciudad y un cómodo trabajo en la fábrica de su suegro.

A partir de entonces, su existencia discurrió por un amable camino de sosiego y de paz. Pasados los primeros días de lógica actividad conyugal, Raúl comprobó cómo su afición a la vida regalada encajaba como un guante en lo que tenía ante sí. Su suegro, con la sabiduría del hombre que se ha hecho a sí mismo, lo situó en la empresa en un puesto ficticio sin actividad ni responsabilidad alguna, con la esperanza de que aquel lechuzo que se había llevado a su hija hiciese el menos daño posible en su patrimonio. Pero a Raúl lo único que le importaba es que no le controlaban el horario al llegar ni al salir del trabajo, por lo que a las pocas semanas ya era el último que llegaba pero el primero que se iba.

La mayor parte de las horas las pasaba en la cama, sin leer y sin hacer nada. La conversación con su mujer, que nunca había sido dicharachera, se convirtió en casi inexistente. Hablaban lo justo para sobrevivir a la vida en común. María confió al principio en que aquello fuese pasajero, pero poco a poco fue comprendiendo la naturaleza de su marido y, como era joven, bonita y con dinero, no le costó mucho descubrir una doble vida fuera de su hogar, con amigas para tomar café, ir al cine o a un restaurante y con amigos para todo lo demás. A Raúl no le incomodaban en absoluto las ausencias de su mujer, antes al contrario, prefería la soledad, en su piso, recluido en su cama y observado como los rayos de sol deslizaban lentamente sobre la pared el dibujo que formaba la sombra de la persiana. Llegaba la noche y se quedaba dormido.

Una mañana Raúl no se levantó de la cama para ir al trabajo. María le llevó refunfuñando el desayuno a la cama. Al mediodía le llevó la comida y por la noche la cena. Al día siguiente ocurrió lo mismo y al cabo de unas semanas María le dejaba las tres comidas diarias en una mesita cerca de la cama y no aparecía hasta bien entrada la noche. Raúl no se molestaba en ir a la cocina para calentar los platos, prefería seguir en ese estado de duermevela en que transcurría su existencia, sólo interrumpido levemente para utilizar el orinal.

En una ocasión, María le dejó gran cantidad de comida en la mesita y tardó tres días en volver a casa. Raúl era feliz. Le costaba distinguir la realidad del sueño, su cuerpo se había habituado a dormir y cada día dormía más que el anterior. Apenas comía y apenas pensaba. En los pocos momentos de lucidez disfrutaba de su situación y se recreaba en aquella inmovilidad tan querida, estaba cumpliendo lo que tanto había deseado desde siempre. Cuando apareció su mujer, la habitación apestaba a sudor, comida agriada y excrementos. María, educada en una exacerbada adoración a la limpieza, se enfureció tanto que empezó a gritarle a Raúl, insultándolo mientras abría la ventana, echándole en cara todo lo que no le había dicho en los últimos meses, acusándolo de vago, gandul maloliente, incapaz, bueno para nada, incluso de cornudo consentido, mientras que a él le llegaba el eco confuso de las voces sin entender casi nada. Intuyó que el golpe que resonaba en su cerebro era un portazo y volvió a dormirse.

Despertó a las muchas horas acuciado por el hambre y la sed. Miró a su alrededor pero no halló nada que pudiera calmarlo, cerró los ojos y se durmió. Cuando despertó de nuevo su garganta estaba reseca y se dijo a sí mismo que tal vez fuera hora de levantarse e ir a la cocina. Movió un poco los brazos y sus entumecidas manos descubrieron que las sabanas estaban manchadas de orines y de heces. El asco le retuvo lo que a él le parecieron unos minutos, tratando de no moverse para no ensuciarse más. Miraba el techo de la habitación, en el que se veían difusas manchas oscuras provocadas por la humedad, y, cada vez que cerraba y abría los ojos, las manchas parecían haber cambiado de forma y color. Se prometió levantarse, lavarse y preparar algo de comida, aunque no muy convencido. Le asustaba el enorme esfuerzo que eso supondría y se le iban apareciendo, borrosas, entrecortadas, las escenas con las distintas tareas que debería llevar a cabo, en las que se imaginaba a sí mismo caminando pesadamente sobre un suelo movedizo e inseguro, intentando despojarse del pijama húmedo y pesado o buscando restos de comida en un frigorífico vacío y gélido. Se hundió en un sopor pegajoso y cuando los ruidos del estómago volvieron a desvelarlo, pensó que, tal vez, su mujer volviese pronto, seguro que sí, no podía haber ido muy lejos, y este grato pensamiento lo relajó, se revolvió en su regazo caldeado y pudo dormir profundamente otra vez. Quizás despertara en alguna ocasión más.

Cuando la policía, alertada por los vecinos que no podían soportar el hedor, encontró su cuerpo, llevaba varios días muerto. El forense tardó bastante en dictaminar la causa de la muerte, que finalmente atribuyó a causas naturales sin especificar demasiado en el informe. Lo que más le sorprendía era la cara de placidez que tenía el cadáver.

El caso más fácil

El tren había llegado puntual a la estación, pero una vez en el andén, comprobé abatido que una huelga de taxistas me iba a retener allí durante algunas horas hasta que consiguiera que alguno de los escasos coches que cumplían con los servicios mínimos me llevara a mi destino en la ciudad.. Armado de paciencia, compré tres periódicos y me dirigí hacia la cafetería con la intención de que el tiempo transcurriera lo más levemente posible.

Cuando iba a iniciar la lectura del segundo de los periódicos, noté que alguien, un hombre de unos cincuenta años, de mi edad, se acercaba a la mesa que yo ocupaba con pasos dubitativos y con gesto de indecisión. Me dirigía miradas furtivas que rápidamente desviaba al suelo. Se debatía entre saludarme o pasar de largo.

Pero fui yo quien, de pronto, lo reconocí y salí en su ayuda:

- ¡Coño, Peláez! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?

Peláez había sido compañero mío en el Instituto. Lo recordaba como un chaval muy tímido, introvertido, que sacaba buenas notas, sin exagerar, pero que nunca se integró completamente con los demás. No creo que tuviera ningún amigo íntimo en la clase. Vivía un poco aparte, en su mundo, y le costaba conectar con los demás.

Me saludó brevemente y como yo estaba ya harto de leer las mismas noticias le invité a sentarse y a que se tomara un café conmigo. La espera de mi taxi no me parecería tan larga.

- El bueno de Peláez. Que tal, cuéntame que es de tu vida ¿qué estas haciendo aquí?

- Vengo a recoger a mi jefe. Su tren tarda todavía dos horas en llegar, pero me gusta ir a los sitios con tiempo... Por si pasa algo.

Hablaba en voz baja, mirando la taza del café que le acababan de poner. Seguí preguntando:

-¿Dónde trabajas?

Tardó un poco en contestar:

-¿Te acuerdas de don Amaro, el conserje?

Aquello me sorprendió. Derramé un poco del café que estaba bebiendo. Peláez sacó rápidamente un pañuelo de tela del bolsillo de su pantalón y se puso a limpiar la mancha de la mesa. Después, poco a poco, fue desgranando su historia. Amaro había sido el conserje del Instituto donde ambos estudiábamos. Era un hombretón grande y rudo, y recuerdo que los chavales lo hacíamos rabiar con nuestras burlas y bromas. Un buen día dejó de ir a trabajar y surgieron rumores que apuntaban a que le había tocado la lotería y que se había retirado a una playa a descansar. Peláez me confirmó que, efectivamente, le tocó una importante cantidad de dinero, pero, por el contrario, no se dedicó a descansar, sino a rentabilizarlo. Como no tenía estudios ni otras habilidades profesionales, hizo lo que le pareció menos problemático y más lucrativo para él, compró un enorme solar bien situado y lo convirtió en un aparcamiento de coches con varias plantas, que le proporcionaba unos ingresos permanentes e ininterrumpidos que engordaban su saldo bancario.

-Al poco tiempo se acordó de mí –continuó apocadamente Peláez- y me llamó para que trabajase para él. Decía que yo era de los pocos que no le tomaban el pelo cuando era el conserje. Desde entonces le llevo las cuentas.

Aquello me interesaba. A pesar de su resistencia alegando que no bebía nunca y que le iba a sentar mal, logré invitarlo a un cubata para que siguiera hablando. La bebida fue haciendo su efecto más rápidamente de lo que yo esperaba. Comenzó a hablar con un tono más elevado y seguro, moviendo mucho las manos, y fueron aflorando las primeras confidencias.

-Al principio Don Amaro –él seguía poniéndole el don- me trataba como a un hijo, con mucho cariño y consideración, claro que yo nunca le llevo la contraria, no me atrevo porque me impone con ese cuerpo tan grande que tiene y ese vozarrón que, en los primeros días, me hacía temblar. Luego me di cuenta de que era un egoísta, que yo no le importaba nada. Me grita, me humilla, me asusta con los manotazos que da en la mesa.

-Sigue, sigue. Camarero, otros dos cubatas.

-No, por Dios, que digo muchas tonterías. Aunque está rico esto ¿qué has dicho que es? En fin, don Amaro resultó ser un viejo cascarrabias muy desconfiado y muy miserable. Me paga una ridiculez y a pesar de todos los años que llevo, todavía no se fía de mí, ni de mí ni de nadie. No se gasta un céntimo en nada. Tiene contados los bolígrafos de la oficina y si falta alguno me echa la bronca.

-Pero será ya muy viejo.

-Tiene edad para estar tres veces muerto Huy, perdón, es el alcohol, que no estoy acostumbrado y me ha salido sin pensarlo. Pero este tío no se morirá nunca, nos va a enterrar a todos. Yo digo que tiene el corazón tan bueno de no utilizarlo nunca. No quiere a nadie, sólo se quiere a él y a su dinero. ¿Puedo pedir otro cubata?

Peláez siguió hablando y siguió bebiendo, contando ridículas anécdotas del viejo avaro, refiriendo cómo nunca compraba nada, que se pasaba las horas arreglando una estufa vieja o que recogía papeles usados del suelo para aprovecharlos. Fue animándose cada vez más, desahogándose. Estaba claro que llevaba mucho tiempo guardando la inquina para sí mismo y ahora disfrutaba explotando.

-En la oficina, los dos solos con una triste bombilla, se sienta a mi lado mientras reviso las cuentas y paso los números al ordenador. ¡Bueno, tenemos ordenador porque recogió uno viejo que iba a tirar el banco! Toda la tarde allí, encima mía, me tiene hasta... ¿Te vas a terminar tu cubata? Se cree que lo voy a engañar. ¡Pero si yo quisiera engañarlo, no se iba a enterar nunca! –se paró un poco, y con una pícara sonrisa añadió- Aunque si yo te contara, pero no, no...

-Cuenta, Peláez, cuenta.

Acercó su cara con gesto exageradamente misterioso y bajó la voz:

-No debería, pero te lo cuento a ti, en confianza, porque somos viejos colegas- sus ojos estaban vidriosos y sonrió ampliamente sin notar, o sin importarle, que una viscosa saliva le asomaba por la comisura de los labios-. Tengo un plan perfecto. Nunca se dará cuenta. Verás, cada noche voy pasando al ordenador las ventas que se han hecho durante el día. Largas filas de números que no se terminan nunca, una cantidad por cada coche que ha aparcado, con la fecha, la hora, los minutos y el dinero que ha pagado. Como es tan tacaño no se ha querido comprar un programa automático que lo hace solo. Pero eso es lo que yo aprovecho.

-Camarero, dos más de lo mismo.

-Excelente idea. Como te decía, el programa informático para la contabilidad lo hice yo, y hace unos años me di cuenta de que los resultados de las sumas y las divisiones variaban ligeramente si los configuraba con dos decimales o con diez o doce. Es una pequeñísima diferencia, de céntimos, y no se da en todas las operaciones, pero si lo multiplicamos por los cientos de apuntes que hay cada día, puedo distraer algunos euros sin que don Amaro lo note.

-Perdona, pero no te sigo, a mí los números nunca se me dieron bien.

-Sí, hombre sí. Piensa que a la cantidad que paga un usuario, le tengo que descontar los impuestos, que van a otra cuenta, pues entonces, no es lo mismo que el resultado sea, por ejemplo, cinco con veintiocho que cinco con veintisiete y varios decimales más. El tío del coche ha pagado cinco con veintiocho, pero yo apunto como entrada cinco con veintisiete, y para mí el céntimo- le costaba vocalizar, pero no había perdido del todo la lucidez.

-Pero eso es una miseria.

-¡Que te crees tu eso!- saltó herido en su amor propio- ¿Sabes cuantas entradas hay cada día? Cientos y cientos, sin descanso, durante años, con sábados y domingos, que también me hace trabajar el mamón ese.

-¿Y cuanto tiempo llevas así? ¿Has conseguido mucho?

-Bueno- se echó para atrás orgulloso-, he conseguido mis ahorrillos. No te digo más.

No hacía falta que me dijera más. Me despedí cordialmente de él, pidiéndole su dirección y su número de teléfono con la excusa de vernos otro día. Pagué y nos levantamos para irnos, él tambaleándose y yo con la mano en el bolsillo donde llevaba una nota con el encargo que me había hecho don Amaro. Sospechaba que le estaban robando en su empresa y quería que yo lo averiguara.

En todos los años que llevaba como detective privado, este había sido el caso más fácil de resolver.

domingo, 25 de marzo de 2007

La intrusa

-¿Qué te parece si invitamos a la cena a Marta y a Mario?

La pregunta de Elena cogió por sorpresa a Roberto, su marido. Ella estaba en el dormitorio ordenando el armario, y él, que estaba sentado en el sofá del salón leyendo un libro, no podía verla. ¿Había hecho la pregunta con naturalidad, sin darle importancia, o acaso sospechaba algo?

Aunque faltaban todavía dos semanas, les gustaba preparar su cena de aniversario con suficiente antelación para que se convirtiera en una efeméride especial, y en los cuatro años que llevaban casados jamás habían invitado a nadie, puesto que era, o debería ser, una ocasión exclusiva e íntima para ellos. También es cierto que durante los últimos años no habían gozado precisamente de unas buenas amistades con las que les apeteciera compartir la cena. Gradualmente se habían ido quedado sin amigos, se aislaron socialmente. Un poco por comodidad, ya que estando casados no había necesidad de salir a la calle para estar juntos, sobre todo en noches de mal tiempo, y otro poco también por desinterés, habían ido descuidando a la pandilla de la juventud. No les apetecía nada salir de su confortable refugio cotidiano para hablar una y otra vez las mismas vaciedades de siempre. Sus amigos seguían estancados en unas bromas que ya eran antiguas cuando eran jóvenes, y no demostraban tener ningún interés o curiosidad por cuestiones culturales o políticas, limitándose simplemente a comentar el partido de fútbol del domingo o a criticar a conocidos y vecinos. Ellos, Elena y Roberto, no pretendían nada extraordinario, sólo un poco de conversación adulta de vez en cuando. Y como no eran, desde luego, personas abiertas a conocer gente nueva, cuando les presentaban a alguien, o coincidían forzosamente con otros en cualquier reunión, se limitaban a ser corteses, pero sin entreabrir jamás esa puerta que permite que vuelvan a llamarte, a invitarte e intimar, o lo que es peor aún, a que se auto inviten los demás e invadan tus espacios y tus costumbres.

Pero hacía cosa de unos meses habían conocido a Marta y a Mario. Ellos eran distintos, con gustos y aficiones como las de ellos. La verdad es que a Roberto le encantaría que asistiesen a la cena, por supuesto que lo había pensado ya. Sobre todo quería ver a Marta, pero, claro, no lo podía reconocer abiertamente delante de su esposa.

Aunque estaba deseando responder a gritos que sí a la pregunta de su mujer, se limitó a murmurar:

-Pues no sé... Como tú quieras.

Roberto conoció a Mario por motivos de su trabajo (ambos eran funcionarios de Hacienda y Mario se incorporó a su Sección) y desde el primer momento se quedó gratamente impresionado. Mario era una persona de un trato exquisito. En la oficina era eficiente y siempre estaba de buen humor, dispuesto a echar una mano a quien se lo pidiera. Sabía ser simpático e incluso ocurrente, pero nunca cruzaba la frontera para convertirse en un molesto chistoso. Tenía además un aspecto agradable que le daba un aire relajado a todo lo que hablaba o hacía. Pronto comprobaron ambos que eran muy parecidos en casi todo y comenzaron a congeniar, salían juntos a tomar café y cada vez que se cruzaban en los pasillos se paraban un rato a charlar sobre la película de la noche anterior en televisión o sobre el nuevo libro que había publicado Paul Auster o Eduardo Mendoza.

Pero la sorpresa la tuvo Roberto cuando un día Mario le presentó a su esposa, Marta, que había pasado por las oficinas aprovechando que tenía que hacer unas compras cerca de allí. Dios mío, que guapa era. Llevaba el pelo corto, moreno, no era muy alta, pero sí deliciosamente proporcionada. Vestía con vaqueros y una camiseta roja ceñida, a la moda, pero sin llamar demasiado la atención y su rostro era de un encanto tan sencillo y natural que desarmó a Roberto, que quedó hipnotizado sin poder apartar la mirada. No aparentaba ser sofisticada, no llevaba maquillaje ni joyas o adornos, simplemente le bastaba con ser ella misma. Roberto se preguntó si una persona tan bella podría llevar una vida normal, porque él estaba seguro de que, con esa cara, ella podía hacer lo que quisiera, enamorar a reyes y emperadores o destruir a medio mundo si le viniera en gana. A él ya había empezado a destruirlo.

Marta habló con música en la voz:

-Vaya, por fin te conozco. Mario no para de hablar de ti, y dice que no eres tonto del todo. Me intrigas, tenemos que vernos algún día.

Guapa y seductora. Y, además, esa manera que tenía de moverse, tan libre, tan juvenil, tan sexy...

El haber conocido a Marta hizo que Roberto quisiera reforzar su amistad con Mario. Deseaba estar con él, claro que sí, porque por primera vez en mucho tiempo podía mantener una conversación con alguien sin sentirse forzado, incómodo. Pero, sobre todo, deseaba volverla a ver a ella. No se la podía quitar de la cabeza. Así pues, una noche que salió a tomar unas copas con su esposa, se las ingenió para coincidir “casualmente” con Marta y Mario en el bar donde sabía que iban a estar porque se lo había comentado Mario. Era la segunda vez que la veía y creyó incluso verla más hermosa. Tras las correspondientes presentaciones a Elena, comenzó lo que se convirtió en una maravillosa velada regada con buen vino y amena tertulia. A los cinco minutos ya reían como viejos amigos, eran cuatro espíritus afines que se encontraban, descubrieron aficiones comunes y un sentido del humor que los unía. Roberto, feliz, se pasó la noche mirando los ojos de su reciente amiga Marta.

Lo que Roberto no supo es que esa madrugada, su mujer soñó con Mario. Si a él le había gustado Marta, a Elena le había encandilado Mario. Por fin conozco a un hombre guapo de verdad, se decía, no como esos modelos de plástico que salen por la tele. Elena nunca había sido una mujer interesada en otros hombres, en ese sentido estaba suficientemente satisfecha con su marido, desde que lo conoció ni se le había pasado por la cabeza mirar a otro, siquiera como curiosidad o para seguir las bromas de sus antiguas amigas. Pero Mario había estado atentísimo toda la noche con ella, pendiente de que no le faltara de nada y que no quedase fuera de la conversación en ningún momento. Alguna vez que la charla derivó hacia temas que a ella le aburrían, Mario, que lo notó en seguida, se las apañó para reconducirla sutilmente hacia asuntos en los que ella pudiese participar. Su personalidad le atrajo, pero su físico no se quedaba atrás. Aunque su rostro era agudo y sus facciones marcadas, los ojos caídos y melancólicos le restaban rudeza y le añadían una pincelada de ternura. Poseía una elegancia serena que irradiaba bienestar en torno a él. Y Elena, un poco achispada por el alcohol, no podía dejar de mirarle el trasero cuando se levantaba para ir a la barra a pedir más bebidas. En el sueño de aquella noche su subconsciente fue un poco más lejos.

A partir de aquella ocasión, tanto Roberto como Elena buscaron excusas para salir de copas y verse con sus nuevos y deseados amigos. Si, por ejemplo, ella decía como de pasada: “¿salimos esta noche que no hay nada preparado para la cena?” él respondía como si le costase gran esfuerzo: “Está bien...” Otras tardes era él quien tomaba la iniciativa y a ella le latía el corazón con fuerza por la ilusión de encontrarse una vez más con Mario. Comenzaron a salir, en contra de sus antiguas costumbres, varias noches por semana, y a merodear por los bares que frecuentaban Marta y Mario hasta que los localizaban. Pronto se consolidó la unión entre los cuatro y, ya sin necesidad de buscar justificaciones, se citaban para el próximo día con el propósito de continuar la tertulia.

Si Elena y Roberto se parasen a analizar con espíritu crítico cómo había sido su relación desde que se conocieron, su largo noviazgo y su actual matrimonio, habrían llegado a la conclusión de que la comunicación entre ellos había seguido una línea descendente sin interrupción que les llevaba a un punto en el que hablaban lo indispensable para no perderse el respeto o para guardar las formas. Quedaron atrás los primeros años, cuando eran la envidia de toda la pandilla, siempre los dos juntos, siempre enfrascados en conversaciones íntimas, indiferentes al universo que los rodeaba. Bien es cierto que ahora comentaban lo incidentes cotidianos del trabajo de él o las noticias que daba el televisor o cualquier peripecia jocosa de la que hubieras sido testigos, pero todas estas cuestiones podían considerarse objetivas, externas, ajenas a su mundo interior. Se seguían queriendo, cómo no, y se habían habituado a la convivencia, se deslizaban sobre ella confortablemente, pero sin los altibajos que la hacen jugosa y fructífera. Ahora no hubiesen podido recordar la última vez que habían hablado de ellos mismos, de sus ilusiones, de sus intereses o de sus miedos. Ya ni se les pasaba por la cabeza emprender nuevos retos juntos, descubrir músicas fascinantes, sabores embriagadores o viajes en los que perderse en recodos encantados. Ya ni siquiera discutían.

Por eso, estos nuevos hábitos en su, hasta ahora, aburrida vida social, empezaban a preocupar a Roberto. Se preguntaba si su esposa habría notado ese súbito interés que él mostraba por Marta. A veces, estando en el bar, hasta él mismo se sorprendía mirando embelesado durante largo rato los hombros desnudos de ella cuando vestía una sucinta camiseta de tirantes, y se avergonzaba de no haber prestado atención a lo que se hablaba. O cuando salían a la calle e iban caminando los cuatro, él siempre procuraba situarse junto a Marta. Esos detalles tan burdos no podían haberle pasado por alto a su mujer. A la fuerza habría descubierto sus vulgares componendas.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Elena no reparaba en absoluto en lo que hacía su marido. Bastante trabajo tenía ella con que no se le notara su ansia por estar junto a Mario. A veces se avergonzaba, pues, al igual que una colegiala ilusa con su primer amor, le parecía reconocerlo en cualquier hombre que se acercaba por calle. Un pellizco le oprimía el estómago hasta que descubría que no era Mario. Pero ya no podía evitar que el resto del día sus pensamientos estuviesen dedicados a él.

La vida de ambos fue llenándose de nuevos detalles. Elena comenzó a comprarse ropa interior más moderna y provocativa. Aunque sabía que su idolatrado Mario no iba a saberlo, ella se sentía mucho más segura y confiada, incluso comprobaba que en las conversaciones, era como si los sugerentes culottes o los minúsculos tangas le otorgasen alas liberadoras, y se aventuraba mucho más en sus juegos de seducción, sin llegar nunca, eso sí, a parecer descarada o a superar los límites de la corrección. Por su parte, Roberto, se apuntó a un gimnasio. “Ya voy teniendo edad para cuidarme un poco” se excusaba ante su mujer, suspirando aliviado al ver que ella no indagaba demasiado en las verdaderas causas de ese súbito interés suyo por el spinning, los bancos de abdominales o los aparatos de steppers. Tampoco Elena manifestaba curiosidad cuando Roberto llegaba a casa del gimnasio y se bebía unos extraños brebajes de bebida de avena, se aliñaba ensaladas de algas o tragaba comprimidos de hígado de pescado.

No obstante, lo que sin duda mejoró considerablemente entre ellos fue su actividad sexual. Últimamente habían estado haciendo el amor casi rutinariamente y con intervalos cada vez más espaciados, pero a partir de estas salidas nocturnas, cuando llegaban a casa se enmarañaban en juegos eróticos inusuales para ellos, con una avidez propia de una pareja de recién casados. Claro que ambos ignoraban que la mente de su respectivo y voluptuoso cónyuge estaba pensando en otra persona. Era indudable que la compañía de Marta y Mario les estimulaba en todos los sentidos.

En cierta ocasión, en una velada en la que los cuatro estaban bebiendo más de lo aconsejable, se comentó que un compañero de trabajo se había separado de su esposa para irse a vivir con otra chica. Esto provocó un pequeño debate acompañado de las risas que hacía brotar el alcohol.

-Eso no se hace. Es una cabronada lo que ha hecho ese tío -dijo Elena-. Abandonar a su mujer para irse con una colegiala.

-Pero Elena, es lo mejor que ha podido hacer. Es lo más honrado- le contestó suavemente Mario.

-Yo estoy de acuerdo con Mario -dijo Roberto mirando inclinado el escote de Marta con el consiguiente riesgo de derramar el cubata sobre su mujer-. Desde un punto de vista ético –se puso de pie para infundir mayor solemnidad a sus palabras- es preferible enfrentarse con la realidad. Si un hombre se enamora de otra mujer, pero continúa con su esposa, en realidad la está engañando -intentaba pronunciar cada sílaba con exquisito cuidado, pero no podía evitar que de su boca salieran disparadas minúsculas partículas -. Técnicamente, la está en-ga-ñan-do.

El cubata de Roberto no pudo resistir tanto énfasis dialéctico y se desparramó por la falda de Elena. Las risotadas de todos impidieron a Roberto observar que su mujer se había quedado pensativa.

Sin embargo, los plácidos y encantadores días que se auguraban a sí mismos en compañía de Marta y Mario se nublaron con la aparición de Patricia.

Patricia se mudó justo al lado del piso de Marta y de Mario. Era una joven argentina, estudiante de Historia del Arte que recogía datos en España para una tesis doctoral, aunque, según fueron enterándose después, esto no era más que un simple pretexto que aprovechó puesto que la verdadera razón de su viaje era superar la muerte de sus padres en accidente de tráfico y poner un poco de distancia de por medio entre ella y el resto de la familia, con la que no estaba muy bien avenida. Todavía no tenía amistades en la ciudad y Marta y Mario, sin consultarlo con Elena y Roberto, se ofrecieron encantados a invitarla a salir con ellos.

Patricia parecía diseñada para gustar a todo el mundo. Era alta y rubia, con una larga melena lisa, y tenía los ojos claros, todo lo cual la convertían en una criatura bastante atractiva, aunque con una belleza que, al no ser exuberante ni llamativa, gustaba a los hombres pero no molestaba a las mujeres, si bien ella daba la impresión de no percatarse de ello, o al menos de no concederle excesivo valor. Se sorprendía, o aparentaba sorpresa y rubor, cuando alguien le mencionaba su encanto. Era desenvuelta, natural, simpática, hablaba con todos (su suave acento porteño embelesaba a cuantos la oían) y a todos escuchaba con atención.. Una noche, Marta y Mario se la presentaron a Elena y a Roberto y se unió al grupo que habían formado las dos parejas, aunque estos últimos, tras la obligada cortesía inicial, la aceptaron no de muy buen grado. No deseaban que nadie se interpusiera entre los cuatro. ¿Para qué hacía falta otra persona? ¿No se lo pasaban en grande ellos solos? Ahora venía una intrusa a estropearlo todo.

Este recelo fue alimentando un descontento mayor a medida que Patricia fue ganándose la confianza de Marta y de Mario. Ya no podían disfrutar a gusto de sus amigos, siempre estaba esa niña por medio. Cuando Elena trataba de mantener una de esas charlas que ella consideraba “especiales” con Mario, éste avisaba a Patricia para que se sumara a la conversación, y a los pocos minutos ya estaban ellos dos hablando emocionados y Elena mirando como un pasmarote. Comenzaba a añorar las atenciones de Mario preguntándole por algún interesante artículo del dominical del periódico o simplemente percatándose de que había cambiado de peinado. Era como si Mario ya sólo tuviera ojos para Patricia. Y a Roberto, por su parte, le sucedía lo mismo. Marta también había sucumbido al hechizo de Patricia, a quien solicitaba continuamente su opinión sobre cuadros o esculturas, ya que, al parecer, eran temas que siempre le habían apasionado, lo cual impedía a Roberto dedicarse a lo que tanto deseaba, esto es, explayarse a solas con Marta para intentar deslumbrarla, una vez más, con su profunda y cínica visión del mundo. Incluso alguna vez que Patricia acaparaba a Marta y a Mario a la vez, se habían quedado los dos esposos desplazados al mismo tiempo, viéndose obligados a forzar algún dialogo entre ellos, algo que ya no estaban acostumbrados a hacer, ya casi no sabían hablar a solas los dos. En esos incómodos momentos, sin ellos saberlo, les unía la misma inquina que iba naciendo en sus entrañas y que lanzaban a través de las miradas que dirigían de vez en cuando a Patricia.

Los días fueron pasando con odiosa monotonía. Se había acabado la ilusión por la llegada de la noche para salir a tomar copas, y Elena y Roberto se acicalaban sin demasiado esmero, sin esperar nada de la reunión, nada que no fuese la insoportable y omnipresente Patricia, abarcándolo todo.

Cuando faltaban algunos días para la cena de aniversario, decidieron invitar a Marta y a Mario, cada uno convencido en su fuero interno de que sería una ocasión excelente para recuperar los vínculos perdidos con sus codiciados amigos y deshacerse, siquiera por unas horas, de la fastidiosa Patricia. Les volvió a nacer un atisbo de esperanza y dedicaron su esfuerzo a conseguir una velada del agrado de sus platónicos amantes. Elena se ocupo durante varios días en elegir un menú original y exótico con el que pretendía sorprender a Mario, adquirió los desacostumbrados ingredientes (de nombres tan sonoros como auyama, ajedrea, queso pecorino, o tahineh) en la delicatessen más exclusiva de la ciudad, compró un mantel rojo nuevo y un centro de mesa discreto y elegante, siempre con la inquietud de que, en cualquier momento, Roberto le preguntase el motivo de tamaño despilfarro, sin prestar atención a que su marido se había enfrascado en visitar como un loco todas las bodegas que encontraba para descubrir los vinos más exquisitos y delicados que existieran para apabullar y epatar a Marta.

Pero el día antes sonó el teléfono y cuando lo descolgó Roberto, Mario les anunció que Patricia iba a acompañarles a la cena, que pusieran un cubierto más y que se lo pasarían muy bien porque los cinco habían logrado formar un grupo estupendo y que... Roberto ya no oía las palabras que salían del auricular, o las oía pero no las entendía. Sólo escuchaba un murmullo confuso que le golpeaba las sienes al ritmo de los latidos de su corazón. De pronto, los deseos, las expectativas y los anhelos depositados en esa noche se desvanecieron. En lo más hondo de su ser se había abierto una herida que, él aún no se daba cuenta, era la semilla de un doloroso odio hacia Patricia que empezaba a consumirlo. Sin fuerzas ni argumentos para rebatir a Mario, colgó el auricular y trató de recomponerse para darle la noticia a Elena. Cuando ésta lo supo, aparentó no importarle, apretó los dientes y no dijo nada, se limitó a seguir eligiendo los discos para ambientar la cena. A la mañana siguiente el mal humor fue creciendo en ellos, que, sin hablar, iban colocando la mesa, las sillas o los cubiertos con gesto serio y ademanes bruscos. Por si fuera poco, un enchufe se había estropeado y Roberto se pasó un buen rato agachado intentando arreglarlo sin éxito, consiguiendo, en cambio, que las piernas se le agarrotaran y que se diera un fuerte golpe en el hombro con una estantería al levantarse enfurruñado.

A primera hora de la tarde sonó el timbre de la puerta. Era Patricia que, según dijo, se había adelantado a propósito porque se aburría en su piso y pensaba que quizás podría ayudar en algo, “Tenemos suficiente confianza para que no os molestéis, ¿no es cierto?” añadió. Roberto y Elena balbucieron una respuesta huraña y siguieron con los preparativos. Sin preguntar lo que tenía que hacer, con su habitual desenvoltura, empezó a modificar la disposición de los cubiertos y las copas, ante la mirada estupefacta de Elena que llevaba todo el día dedicada a ello. Después se metió en la cocina y comenzó a husmear y a remover el contenido de las cacerolas y sartenes.

-¡Hum, huele delicioso! Pero tendrías que haberme avisado con tiempo y te hubiese preparado algo típico de Argentina, humita, tamales o quizás alfajores, me salen riquísimos.

Elena no daba crédito a lo que veía. Al igual que a su marido, le había brotado una angustia profunda en su interior, producto de la inquina y la ira contenida. Respiró profundamente porque notaba que le faltaba el aire y el corazón le latía agitadamente. También le dolía la cabeza.

A eso de las ocho llegaron Marta y Mario impecablemente vestidos para la ocasión, elegantes y guapos, pero ni a Roberto ni a Elena les apetecía recrearse gozando de sus amigos, más bien al contrario, ahora les molestaba que fuesen tan atractivos, pues hacía más grande el tormento de no disfrutar de ellos a solas.

La cena resultaba extraña, con unos invitados alegres y desenvueltos, y unos anfitriones callados, tensos, a punto de reventar. Roberto movía nerviosamente una pierna golpeando la pata de la mesa y Elena no pudo evitar derramar su copa de vino.

-No te preocupes –saltó rápidamente Patricia-, para que no te quede mancha hay que echar un poco de sal, voy a buscarla- y salió para la cocina.

-¡Vaya! –estalló Elena- Esta chica es perfecta ¡Sabe de todo!

-¿Verdad que es maravillosa?- dijo Mario.

-Dice que piensa quedarse con nosotros una larga temporada- añadió Marta.

Elena volcó, ahora intencionadamente, la botella de vino, al tiempo que regresaba Patricia.

-Ay, Elenita, ¿otra vez? ¿en qué estarás pensando?

Naturalmente, Elena no le dijo en qué estaba pensando, se limitó a observarla con la cara muy roja, viendo como esparcía la sal sobre la mancha de vino con la habilidad y precisión de una profesional de la limpieza.

Al final de la interminable noche, Marta y Mario se despidieron afectuosamente, pero Patricia se ofreció para quedarse a recoger, limpiar y colocar los muebles que se habían movido. Roberto y Elena, con un abatido gesto que podría significar “haz lo que quieras”, la dejaron en el salón y se fueron al dormitorio a desvestirse. Desde allí la oyeron preguntar:

-¿Dónde iba esta lámpara? ¿La enchufo aquí?

En ese momento escucharon un grito y un golpe, corrieron al salón y vieron a Patricia en el suelo, agitándose convulsamente, parecía que se asfixiaba, y su mano derecha estaba negra, quemada. En la pared, saliendo de un enchufe abrasado y roto, asomaban los cables pelados que Roberto no pudo arreglar.

Elena y Roberto estaban de pie, quietos, mirando cómo Patricia se encogía y se estiraba.

-Deberíamos de ayudarla –dijo Roberto.

-Sí, deberíamos –dijo Elena.

La frase de mi padre

Tendré que ir buscando una frase final para cuando me llegue la hora. Supongo que todavía tardará, pero estoy desentrenado. Hoy me he sorprendido diciéndole a mi hijo: “Ponte la ropa encima de la piel”. Así es como hablaba mi padre. Se creía muy gracioso y siempre repetía frases de ese tenor: “Cómete la comida por la boca” o “Ve caminando hasta allí, moviendo primero un pie y luego el otro”. Cuando yo era pequeño pensaba que todo el mundo hablaba así, hasta que comprendí que mi padre era un chistoso, uno de esos que en las reuniones de amigos no se cansa nunca de contar chistes, de esos con los que no se puede mantener una conversación medianamente seria porque en cuanto pueden sueltan la gracia.

Creo que mi infancia no fue normal porque me faltó un referente de autoridad paterna que me hiciera distinguir lo bueno de lo malo. Mi madre murió cuando yo tenía cinco años y mi padre decidió criarme él solo pese a la insistencia de mis tías en recogerme en casa de ellas. En aquel momento me pareció una bendición quedarme en casa con mi papá y no tener que ir a vivir con dos viejas solteronas que se empeñaban en darme escandalosos besos y fuertes abrazos que me estrujaban el cuerpo hasta exprimirlo. Pero ahora ya no estoy tan seguro de que fuera tan buena idea. Si, por ejemplo, en mis notas del colegio llevaba algún suspenso, mi padre no me regañaba como hacían los otros padres. El cogía el boletín, lo leía muy serio, me miraba y decía:

-Hijo mío, esto no puede seguir así. Ya tienes un suspenso, si traes otro... ¡Ya tendrás dos!

Y empezaba a reírse y a darse manotazos en las piernas.

Me convertí en un adolescente tímido y serio, hablaba muy poco y nunca hacía bromas, quizás, sin darme cuenta entonces, para diferenciarme lo más posible de él. Sentía vergüenza si algún amigo venía a visitarme a casa, porque mi padre aprovechaba ese inesperado público involuntario para desplegar su retahíla de jocosidades, acompañadas siempre de sus propias risotadas a boca abierta, obsequiando a los escuchantes con gotitas de saliva o de alguna migaja de comida. Yo bajaba la cabeza abochornado y en cuanto podía arrastraba a mis amigos hasta mi cuarto. “Tío, tienes un padre cojonudo, ojalá el mío fuera así” solían decir.

En cuanto pude me emancipé para alejarme de lo que yo consideraba una funesta influencia. Tuve que superar la gran prueba de fuego el día de mi boda, cuando mi padre, un poco bebido, arrebató el micrófono al cantante de la orquesta y quiso hacer un discurso “emotivo a la par que simpático”, que, a medida que se le fue calentando la boca, aderezó con chistes cada vez más obscenos para alborozo de los invitados y sonrojo mío. No sabía donde esconderme y ni me atrevía siquiera a mirar a mi flamante esposa.

Durante mi matrimonio siempre he procurado comportarme con corrección, con formalidad, sin frivolidades. En las reuniones de amigos doy mi opinión sobre cualquier tema y nada más, no participo en las chanzas o en las burlas ni por supuesto cuento chistes. No me gustan las fiestas: es más, casi he llegado a odiarlas.

Por eso me inquieté esta mañana cuando, sin darme cuenta, le había soltado a mi hijo esa bufonada: “Ponte la ropa encima de la piel”. Estuve todo el día pensando en mi padre, algo que hacía mucho tiempo que no me pasaba. Recordé los paseos que dábamos los domingo por la mañana y los diálogos que repetíamos una y otra vez y que creía olvidados.

-¿Cómo se dice ginecólogo en japonés?

-Yotokotukosita- decía yo orgulloso de saber la respuesta.

-Yo, como un loco buscando por toda la casa el cinturón...

-Y tú aquí ahorcada con él- terminaba yo la frase sin apenas comprender lo que decía. Y así mil y una chorradas que nos hacían reír y pasarlo bien. Sí, tengo que reconocer que en aquellos años nos divertíamos mucho, no sé que me pasó después.

Yo a mi hijo nunca le he gastado bromas, nunca nos hemos reído juntos, porque no quiero convertirme en alguien como mi padre, quien no respetaba nada, ni siquiera su propia muerte. Estoy seguro de que pasó los últimos días de su vida buscando una frase para decirla en el momento de su muerte, no pudo ser fruto de la improvisación. Fue muy hábil, esperó a que el escenario fuera el más propicio, con la habitación en penumbra apenas iluminada por unas débiles lámparas. Yacía en su cama con el rostro amarillento, consumido por la enfermedad y rodeado por sus familiares. Yo permanecía junto a él cogiendo su mano y reteniendo mis lágrimas... porque yo le quería, le quería mucho, a pesar de todo.

-Hijo mío, procura que el médico y el enterrador vengan en este orden.

Yo no quería que se muriese, pero me dejó. En estos momentos pienso que, quizás, mi padre había encontrado la clave de la felicidad, el sentido de la vida. Después de todo ¿para qué estamos aquí? ¿es esto un valle de lágrimas o un simple azar por el que deberíamos discurrir lo más afablemente posible? Ahora recuerdo que hace unos días conté un chiste en la oficina. Todos se quedaron muy serios porque no se lo esperaban, pero a mí se me escapó una pequeña carcajada. Tal vez deba ir preparándome, puede que al final los genes se impongan y termine siendo como mi padre, un tipo simpático, que caía bien a la gente, a pesar de que yo me negara a respetarlo o a comprenderlo. Tendré que ir buscando una frase final para cuando me llegue la hora.

Piernas

El día que encontramos la pierna, Lucía estaba guapísima. Aprovechando el buen tiempo y que faltaba más de un mes para los exámenes finales, decidimos organizar una excursión en bicicleta por el bosquecillo cercano al pueblo. Todas las chicas de la pandilla iban en pantalón para tener mayor comodidad, pero Lucía llevaba un vestido fino de algodón, estampado y alegre. Con los vaivenes del camino, el vaporoso vestido se le subía y a mí me era imposible apartar la mirada de sus bonitas piernas. Ella se daba cuenta sin hacer nada por cubrirse, sólo me miraba y se reía. Su larga melena rubia reflejaba los primeros rayos de sol de la mañana. A sus quince años parecía un ángel, pero no lo era.

No recuerdo bien quién dio la voz de alarma. Acudieron todos corriendo menos yo, que a duras penas renqueaba por el resbaladizo terreno. Cuando llegué, metí la cabeza entre los cuerpos de mis amigos y vi la pierna. Estaba a medio enterrar pero se veía claramente que era la pierna de una mujer negra. Se podían adivinar restos de pintura roja en sus uñas y, aparte de pequeñas úlceras y multitud de insectos recorriéndola, parecía conservarse en buen estado. Era espeluznante, nos quedamos paralizados sin saber qué hacer, mirándola hipnotizados. Al fin, alguien hizo un comentario jocoso que alivió el nerviosismo y los chicos, animados unos por otros, comenzaron a bromear para disfrazar la conmoción del descubrimiento. Una chica se giró y vomitó. Yo miraba a Lucía, que se había abrazado exageradamente a Miguel, el cual empujaba la pierna con una rama.

-No toquéis nada.

-Hay que llamar a la policía.

-Quizás haya más partes del cuerpo.

-Vamos a buscar.

Lucía se erigió como líder para organizar la búsqueda situando a unos y a otros para cubrir la mayor cantidad de terreno. Luego, mirándome con una traviesa sonrisa, me dijo:

-Tú, cojo, súbete en la bici y avisa a la policía.

Nunca me había molestado que mis amigos me llamasen cojo, estaba acostumbrado desde pequeño y ellos lo hacían con naturalidad, como si fuese mi nombre. Pero en la boca de Lucía, que se había incorporado a la pandilla unos meses antes, sonaba como un escupitajo, había algo perverso en su forma de tratarme. A veces era todo candor y simpatía, se interesaba por mí, me hacía preguntas y parecía una vieja amiga, pero otras veces, la mayoría, disfrutaba vejándome delante de los demás, burlándose de mi cojera y coqueteando con todos menos conmigo, con el pobre lisiado.

A media tarde el bosque se había poblado de policías, médicos, y curiosos que pululaban ajetreados buscando pistas u otros restos del cuerpo. Nadie parecía saber a quien pertenecía la pierna. En un pueblo pequeño como el nuestro difícilmente hubiese pasado desapercibida una mujer negra, no era de por aquí y, por lo tanto, no había nadie directamente afectado, y como cualquier suceso era válido para romper la monotonía de nuestras vidas, el grupo de rastreadores presentaba una apariencia de romería alegre y desenfadada, impropia de las macabras circunstancias.

Nuestros padres nos habían dado permiso para unirnos a los voluntarios y yo me las apañé para caminar junto a Lucía, pese a que ella me había ignorado durante todo el día. Me conformaba con oler su perfume o con rozarle casualmente la mano, y no me cansaba nunca de mirarla. Era tan guapa, con su piel blanca y perfecta, con sus ojos de diosa y con sus movimientos de acróbata. Sabía que nunca se fijaría en mí, que estaba fuera de mi alcance y que, aún con mucha suerte, sólo conseguiría ser su amigo; pero algo en mi interior me impedía perder la esperanza. Soñaba que unos científicos encontraban la cura a mi cojera y me imaginaba corriendo y saltando junto a ella. Sin embargo, en aquellos momentos, me costaba seguirla. Mi pierna pesaba más que nunca y, para colmo, el polen me irritaba la garganta y los ojos, dándome el aspecto de un bebé hinchado y lloroso.

A las siete de la tarde encontraron la otra pierna y después, cuando ya era casi de noche, apareció un brazo y parte del tronco. Todos estábamos entusiasmados, a pesar de que no nos dejaban ver los nuevos hallazgos. Desde donde yo estaba, un poco apartado ahora, veía a Lucía hablar y gesticular mucho, estaba contenta y exultante. Disfrutaba sintiéndose algo protagonista de la situación, diciéndole a todos que ella fue de los primeros, le gustaba sobresalir, llamar la atención. Eufórica como estaba, se dirigió a mí y me abrazó fuertemente:

-¡Ay, mi cojo favorito!

Durante unos segundos pude sentir, apretado al mío, su cuerpo de adolescente, suave y agradable, que olía a canela y vainilla, y mi boca acarició, levemente, su mejilla. Allí, quietos los dos, yo era un muchacho normal, no un tullido, y mis piernas, pegadas a las de ella, eran tan válidas como las de cualquiera. Podría haberme pasado el resto de mi vida así.

Comenzaba a refrescar y noté que a Lucía se le erizaba la piel. Le ofrecí mi jersey, que ella aceptó con una encantadora sonrisa:

-Espérame después. Me acompañas a casa y te lo devuelvo –y regresó corriendo hasta donde estaban los otros.

Todo lo demás dejó de tener importancia para mí. Apenas escuchaba las indicaciones de los policías o los gritos de los que encontraban algún trozo del cuerpo de la desgraciada mujer. Mi acelerado corazón se dividía, ya que, por una parte, ansiaba que el tiempo avanzase velozmente para acompañar a Lucía a su casa, pero por otra parte, temía hacer el ridículo junto a ella, quedarme mudo e idiota igual que en otras ocasiones. No podía desaprovechar aquella oportunidad para hablarle. Yo quería decirle muchas cosas. Tenía que decirle muchas cosas. Le tenía que decir que, aunque no hubiese reparado nunca en mí, yo sí me había fijado mucho en ella, porque era la muchacha más guapa y encantadora que pudiese existir nunca, la más maravillosa y fascinante, y que yo deseaba ser su amigo, un amigo de verdad, y que a partir de ahora nos contaríamos nuestros secretos y nuestras esperanzas. Cuando viniese a buscarme, yo caminaría rápido junto a ella aunque me doliese la pierna, para que pudiera escucharme bien. Excitado, me senté bajo un árbol y observé el movimiento de los haces de luz de las linternas, que parecían hacer danzar a las ramas de los árboles. Yo tiritaba de frío y de emoción.

Debí quedarme dormido un buen rato, porque cuando abrí los ojos apenas quedaba nadie. Me levanté y busqué a Lucía por todas partes pero no estaba. Un policía me apremió para que me marchara, por lo intempestivo de la hora y para no preocupar a mis padres. Sólo encontré a dos de mis amigos que se volvían para su casa.

-¿Te has enterado ya que han cogido al asesino? No te lo vas a creer.

-Ha sido Eustaquio, el borracho. Fue a por una puta a la ciudad y luego la mató, el muy bestia.

-¿Habéis visto a Lucía? –pregunté.

-Sí, claro, ésa como siempre. Se iba para su casa besándose con el Miguel.

Unos metros más adelante, encontramos mi jersey tirado en el suelo.

La última

El hombre está en el salón de su casa cenando. Es fuerte y rudo, y sorbe ruidosamente las cucharadas de sopa que se lleva a la boca rápidamente, casi sin respirar. Viste un viejo pantalón de pijama descolorido y una camiseta blanca de tirantes por la que asoma un torso robusto y velludo. En la cocina, su mujer tiene las manos apoyadas sobre el fregadero y la cabeza agachada.

El hombre aparta bruscamente el plato de sopa, bebe un vaso de vino tinto de un trago, se arrima otro plato con un filete y empieza a cortarlo y a tragarlo atropelladamente, sin masticar apenas.

Mientras, su mujer, en bata y zapatillas, ha cogido la bolsa de basura y, arrastrando los pies, sale a la calle en busca del contenedor. El hombre la ve a través de la ventana. Ve como su mujer levanta la tapa del contenedor, echa dentro la bolsa de basura y se vuelve para la casa, pero en ese momento la interrumpe la vecina, que también se dispone a tirar la basura y comienzan a hablar, la vecina de espaldas a la ventana y la mujer observando al hombre comer, aunque la mujer habla poco, sólo monosílabos, más bien es únicamente la vecina quien habla.

De pronto, el hombre se atraganta con un trozo de carne, carraspea para expulsarlo pero no sale. Coge la botella de vino, llena el vaso y se lo bebe, pero solo consigue un acceso de tos que le empuja el vino por los conductos nasales, vuelve a toser y le sale el vino por la nariz y por la boca, manchando la camiseta y el mantel. Se levanta dejando caer la silla, respira agitadamente porque empieza a faltarle el aire y se da golpes en el pecho, golpes enormes que le resuenan en la cabeza. Su cara está roja, casi amoratada, y los labios azules. Intenta gritar pero no puede, y le duele la garganta. Avanza hacia la ventana para avisar a su mujer, que sigue hablando con la vecina en la calle y parece que mira para la ventana. Pero si mira por la ventana ¿por qué no reacciona y corre a ayudarlo? ¿es qué no ve los desesperados aspavientos que hace el hombre para llamar su atención? Ahora intenta golpear el cristal con los dos puños, tal vez para romperlo, pero al izar los brazos cae al suelo, debido, seguramente, a que ya no llega suficiente oxigeno al cerebro. El hombre emite un gorgoteo ridículo, se agita, intenta levantarse pero vuelve a caer. Le falta la respiración. Es su último momento de lucidez y lo sabe, sabe que va a morir. También sabe que esa noche le ha dado la última paliza a su mujer.