Justo a los pocos minutos de llegar al hotel pillé inesperadamente un aparatoso catarro, que, aunque molesto, resultó providencial, pues me proporcionó la excusa perfecta para no tener que acompañar a mi mujer a la playa y pasarme todo el fin de semana abrasado por el sol y picoteado por la arena.
Así pues, ella, sin insistir mucho en que la acompañara, agarró su bolsa, su toalla, su revista de no sé qué y un bronceador y salió rumbo a la orilla del mar mientras yo me desparramaba en un cómodo sillón del amplio vestíbulo del hotel armado con un periódico que no pensaba leer, una taza de humeante café y mis dotes de casto voyeur aguzadas al máximo.
No es que esperase descubrir gran cosa en un hotel de cuatro estrellas de esos de todo incluido en la costa gaditana, quizás algún tipejo solitario permanentemente enganchado en la barra del bar contando sus desventuras al amable camarero, tal vez algunas solteronas maduritas empleando todos sus ardides en un penúltimo y desesperado intento de flirteo, o acaso una tímida pareja de adolescentes enamorados y algo desorientados en su primer viaje a solas, en fin, cualquier material que me sirviera para desarrollar uno de esos relatos que últimamente me había aficionado a escribir para colgarlos en los foros de Internet, pero todo parecía indicar que las perspectivas no eran muy favorables, pues tan sólo desfilaban ante mí silenciosos y enormes alemanes con la piel rojiza o, por el contrario, ruidosos grupos de jóvenes españoles empeñados en amortizar con bebidas alcohólicas hasta el último de los céntimos invertidos en su estancia.
Pasé la mañana aburrido y pensé que ya era hora de alternar el café con algún que otro trago de whisky para que los antibióticos no trabajasen demasiado rápido por lo que me giré un poco para avisar al camarero. Entonces fue cuando la vi a ella. En un primer momento no supe que era lo que me llamó la atención, pues era una muchacha con una apariencia normal, bonita sí, pero no en exceso. Era rubia, con el pelo largo y suelto, tenía una cara agradable y vestía con ropas discretas. Estaba sentada con sus amigos y amigas un par de mesas más allá de la mía y me pareció verla disgustada. Al fijarme en sus acompañantes comprendí que lo que había despertado mi curiosidad no era ella en sí misma, sino ella en relación con su grupo. Destacaba de entre los demás precisamente por ser tan normal, tan corriente, frente a unas amigas excesivamente maquilladas, con vestidos chillones y ajustados, y a unos amigos con camisetas vulgares, peinados inverosímiles y conversaciones soeces en voz alta.
En ese momento llegó mi mujer para que fuésemos al comedor, así que di por terminada la primera toma de contacto con mi objetivo, pero con la intención de seguir acechándola en cuanto tuviera ocasión.
Ésta no tardó en presentarse, pues a la hora de la siesta mi mujer se quedó en la habitación y como yo estaba bastante descansado, volví a mi sillón del vestíbulo y pedí otro café y una copa de ginebra para tomarme la pastilla contra el resfriado. A los pocos minutos apareció la muchacha rubia con paso decidido y se sentó en la mesa contigua a la mía. La suerte me acompañaba. Se le acercó el camarero pero ella negó con la cabeza y se puso a juguetear con el teléfono móvil que llevaba en la mano. Nuevamente parecía disgustada, o más bien, enfadada. Dejó el teléfono en la mesa, sacó unas llaves de su bolso, las guardó otra vez y volvió de nuevo, inquieta, al móvil. Al cabo de unos minutos entró en el vestíbulo un muchacho joven, con aire de estar buscándola y efectivamente, la vio y se sentó junto a ella. Era uno de los que yo había visto por la mañana, llevaba el pelo de color verde y un pendiente en la oreja derecha. Se le notaba alegre por efecto del alcohol, pero intentó ponerse serio para hablar con ella:
-Canija, no te enfades. Anda, tómate algo.
Ella no contestó y siguió con la cabeza agachada.
-¿Pero se puede saber que te pasa? Yo no he hecho nada.
-Eso es lo que me pasa, Manolo, que no has hecho nada –estalló al fin-. Desde que llegamos al hotel sólo estás con tus amigotes emborrachándote y a mí ni me miras.
A él se le escapó la carcajada que llevaba todo el tiempo aguantando.
-Pero canija, ¿cómo no te voy a mirar yo a ti? –dijo zalamero echándole el brazo por encima del hombro para atraerla-. Si tú eres lo mejor del mundo. ¡Camarero, un cubatita para mi niña y otro para mí!
-No te vayas a creer que se me ha pasado el enfado.
Y así siguieron un buen rato, ella muy digna y seria y él intentando destruir sus defensas para arrancarle algún beso ocasional y llevarla a su terreno. Casi lo había conseguido y ella ya empezaba a sonreírle cuando llegó el resto de la pandilla. Las chicas se sentaron en la mesa y ellos se dirigieron a la barra arrastrando a Manolo que no tuvo que hacerse mucho de rogar. La muchacha rubia observaba atónita cómo su novio se levantaba y se iba riendo con sus amigos en busca de más bebida, sin tan siquiera mirarla, como si la conversación entre ellos no hubiese tenido lugar.
La tarde no me deparó más sorpresas, sino más de lo mismo: ellas sentadas en la mesa hablando con voces estridentes, sin escucharse unas a otras, y ellos de pie en la barra bebiendo y riendo con carcajadas sonoras, interrumpiéndose alguna vez que otra para acercar a la mesa de las chicas algunos refrescos que ellas agradecían con sonrisas complacientes y morritos pueriles. La única nota discordante era la muchacha rubia, que quedó en silencio, mirando distraídamente a sus amigas y observado muy seria las patochadas de Manolo en la barra.
Dejé de mala gana mi observatorio cuando mi mujer me llamó al móvil diciendo que me esperaba en el comedor principal para la cena.
A la mañana siguiente estornudé sonoramente un par de veces delante de mi taciturna cónyuge para confirmarle que mi catarro seguía ahí, no fuera a pedirme que la acompañara a la playa y yo me perdiese el siguiente capítulo de mi historia. Afortunadamente no dijo nada, cogió su bolsa y yo bajé al vestíbulo.
Pasó un buen rato y ya temía que no aparecieran mis cobayas cuando a eso de las doce (lo sé porque a esa hora me tomé mi pastilla con un vaso de vodka), entró la muchacha en el vestíbulo arrastrando una maleta con ruedas y llorando. La seguían de cerca sus amigas intentando detenerla para que no se marchase. Allí, en el centro del hall, formaron un corro y, con grandes voces, comenzaron a discutir los detalles de la tragedia, por lo que, ajenas a los curiosos que por allí estábamos, nos dieron buena cuenta de lo sucedido. Yo, por si acaso, cogí mi copa y me acomodé en una mesa más cercana.
Al parecer, el tal Manolo había persistido en su comportamiento indiferente hacia la muchacha rubia, sin prestarle la más mínima atención y dedicando su interés y su tiempo únicamente a sus amigos y a la bebida a pesar de que ella se lo recriminó repetidas veces. Pero la gota que colmó el vaso fue esta mañana cuando ella se lo encontró coqueteando con otra de las chicas de la pandilla que, afortunadamente para ésta, ahora no se encontraba aquí. Las demás amigas le quitaban gravedad al asunto con argumentos como que no había pasado nada, que sólo fueron unos besos sin importancia y que ya se sabe como son los hombres. Mi amiga, si puedo llamarla así, se debatía entre irse a su casa con el orgullo a salvo o hacerle caso al grupo, continuar en el hotel y hacer las paces con Manolo. Yo, por mi parte, deseaba vehementemente que saliese por la puerta y no volviese a ver nunca más a esa caterva de descerebrados con la que se juntaba. Lo deseaba por ella, pero también por mí, porque así se confirmaría mi sospecha de que ella no era igual que los demás, que desentonaba en el grupo y, que por tanto, una vez más había triunfado mi perspicaz ojo psicológico para conocer, reconocer e interpretar a las personas.
De nuevo sonó mi móvil avisándome de que mi señora esposa me esperaba en el comedor y abandoné con fastidio el escenario donde se dilucidaría la solución al conflicto, al tiempo que maldecía para mis adentros los tempraneros horarios europeos adoptados por los hoteles. Comí todo lo deprisa que pude, balbuceé un pretexto a mi mujer, que apenas escuchaba, y volví al vestíbulo. Pero ya no quedaba nadie del grupo allí. Así que todavía no me pude enterar de la decisión tomada por la muchacha rubia, aunque en mi fuero interno sabía que se había marchado, por coherencia consigo misma y, por supuesto, con mis vaticinios.
Sin embargo, al llegar la noche me sorprendí mirando como un bobo a la pareja, que bailaba, muy amartelados ambos, las canciones de moda interpretadas por una sosa orquesta en un rincón del vestíbulo dispuesto como sala de fiestas. Mis predicciones habían sido vanas por lo visto, y sin querer admitir del todo la derrota, pedí una copa de brandy y me refugié en elucubraciones sobre la pareja y el matrimonio, sobre el futuro tan incierto que les aguardaba si pretendían seguir con su relación, puesto que, desde mi punto de vista, eran, no ya diferentes, sino del todo punto incompatibles. Con el tiempo, me dije, acabarán convirtiéndose en una de esas parejas que apenas se conocen y apenas se hablan.
martes, 5 de junio de 2007
El Santi
Sabemos que el Santi no se extraña de que la policía tarde tanto tiempo en llamar. El Santi está seguro de que quieren ponerlo nervioso, quieren que cometa un error que les permita entrar en el banco. Tal vez lo tomen por un pardillo inexperto, pero el Santi considera que, aunque es joven (y guapo, todo hay que decirlo), ha vivido mucho, lo suficiente como para no arredrarse ante las dificultades que les está causando este atraco. Lo tenía todo bien planeado y está seguro (ay, el Santi nunca tiene dudas) de que saldrá con bien de esta, de que no podrán con él, y, sin embargo, nos parece observar que mueve demasiado las manos, en particular la derecha, donde tiene la pistola.
El Santi pasa entre los rehenes tirados por el suelo sin mirarlos apenas. Para él, lo notamos en su rictus de desprecio, no son más que monedas de cambio que le ayudarán a conseguir sus pretensiones. no piensa en ellos como personas, con sus anhelos e ilusiones. Para el Santi, los únicos anhelos e ilusiones que importan son los suyos. Se acerca a la ventana para fisgar con disimulo la calle. Ya ha oscurecido, pero se perciben claramente cinco o seis coches de policías, con sus ocupantes al acecho, rodeando el banco, y advertimos una pequeña sonrisa de orgullo en su rostro.
Desde un rincón, sentada en una silla, Vanesa observa fijamente al Santi. La vemos abatida, un poco triste, casi aburrida podríamos decir. Quizás se deba a que el día ha sido demasiado largo, o, tal vez, es que sus pensamientos le recuerdan una y otra vez la imagen del Santi saliendo del dormitorio, medio desnudo, intentando articular una excusa, mientras ella se limpiaba las lágrimas para reconocer a la chica que estaba en su cama. Ya hace una semana, pero comprendemos que no haya podido quitárselo de la cabeza. El Santi, por el contrario, no entiende tanto jaleo por tan poca cosa. Vale, fue un error, una equivocación, pero ya le ha jurado una y mil veces que no se volverá a repetir. Aunque mucho nos tememos que para ella suponga algo más que un error, pues intuye que ya nada volverá a ser igual entre ellos, contando, claro está, con que este atraco termine bien para ambos.
-No van a dejar que nos vayamos –dice Vanesa.
-Cállate. Estoy pensando.
Ella se calla, pero no por obedecerle, sino porque no tiene ganas de discutir. Viéndolo ahí, de pie junto a la ventana, agitando convulsivamente la pistola, Vanesa se da cuenta, de pronto, de que ha desaparecido la admiración que en algún momento le tuvo. El Santi llegó justo en el momento en que tenía que llegar, cuando las peleas entre Vanesa y sus padres eran ya insoportables, cuando la obligaron a quitarse el piercing y cuando querían esclavizarla trabajando doce horas en la caja del supermercado. Entonces apareció él, con su moto tuneada, su anticuada chupa de cuero y sus largas patillas. Nos pudiera parecer enternecedor ver a Vanesa rendirse sumisa ante las inmaduras exhibiciones del Santi haciéndose el duro, cometiendo pequeños hurtos o atracando las tiendas del barrio, pero eso era lo que ella estaba esperando, alguien que la sacase del ahogo de su casa. Sin embargo, ya ha pasado tiempo de aquello y las cosas se fueron complicando, tuvieron que cambiar de ciudad y los delitos aumentaron de categoría. Ahora, sentada en la silla del banco, adivinamos que Vanesa está pensando en su familia y que la invade un sentimiento nuevo para ella, que bien pudiéramos tomar por añoranza.
-¡Voy a cargarme a uno! Ya verás cómo llaman esos hijos de puta.
El Santi comienza a cruzar el banco de un extremo a otro apuntando a los rehenes y amagando disparos, como para asustarlos, sin reparar en que ellos, pobres, ya están más que muertos de miedo. El Santi lleva toda la tarde considerando la posibilidad de que tuviera que matar a alguien. Está seguro de que sería capaz, por supuesto que sí, porque aunque nunca antes lo ha hecho, ya sabemos que él es de los que no se arredran ante nada, si bien juraríamos que en su fuero interno está deseando que esa coyuntura no tuviera que presentarse.
El timbre del teléfono sorprende a todos. El Santi se precipita hasta él, pero, al llegar a la mesa donde está, se detiene, pues ha recordado que no debe mostrar ansiedad, y espera que suene varias veces antes de descolgarlo.
Vanesa, esperanzada aunque no demasiado, lo mira desde el rincón. Su intuición le va diciendo que el gesto adusto de él no presagia nada bueno. Efectivamente, cuando cuelga el teléfono sin haber pronunciado una sola palabra, el Santi le dice:
-No nos dan nada. Si no salimos en cinco minutos, entrarán a por nosotros.
Vanesa se levanta muy despacio de la silla.
-Pues venga. Vamos.
-¿Y ya está? ¿Vamos a perderlo todo? Acuérdate, con lo que saquemos aquí, tenemos para empezar de nuevo en cualquier sitio... ¡Hay que luchar, tenemos que luchar por nuestro sueño!
-Yo ya no tengo sueños.
Vanesa se dirige poco a poco hacia la puerta del banco, y a su paso puede observar como se alzan las caras expectantes de los rehenes. Ha tomado su decisión y no va a esperar a ver lo que hace el Santi, si quiere salir que salga y si no, que se líe a tiros. Pero ella sabe, bueno, todos sabemos, que el Santi también saldrá.
El Santi pasa entre los rehenes tirados por el suelo sin mirarlos apenas. Para él, lo notamos en su rictus de desprecio, no son más que monedas de cambio que le ayudarán a conseguir sus pretensiones. no piensa en ellos como personas, con sus anhelos e ilusiones. Para el Santi, los únicos anhelos e ilusiones que importan son los suyos. Se acerca a la ventana para fisgar con disimulo la calle. Ya ha oscurecido, pero se perciben claramente cinco o seis coches de policías, con sus ocupantes al acecho, rodeando el banco, y advertimos una pequeña sonrisa de orgullo en su rostro.
Desde un rincón, sentada en una silla, Vanesa observa fijamente al Santi. La vemos abatida, un poco triste, casi aburrida podríamos decir. Quizás se deba a que el día ha sido demasiado largo, o, tal vez, es que sus pensamientos le recuerdan una y otra vez la imagen del Santi saliendo del dormitorio, medio desnudo, intentando articular una excusa, mientras ella se limpiaba las lágrimas para reconocer a la chica que estaba en su cama. Ya hace una semana, pero comprendemos que no haya podido quitárselo de la cabeza. El Santi, por el contrario, no entiende tanto jaleo por tan poca cosa. Vale, fue un error, una equivocación, pero ya le ha jurado una y mil veces que no se volverá a repetir. Aunque mucho nos tememos que para ella suponga algo más que un error, pues intuye que ya nada volverá a ser igual entre ellos, contando, claro está, con que este atraco termine bien para ambos.
-No van a dejar que nos vayamos –dice Vanesa.
-Cállate. Estoy pensando.
Ella se calla, pero no por obedecerle, sino porque no tiene ganas de discutir. Viéndolo ahí, de pie junto a la ventana, agitando convulsivamente la pistola, Vanesa se da cuenta, de pronto, de que ha desaparecido la admiración que en algún momento le tuvo. El Santi llegó justo en el momento en que tenía que llegar, cuando las peleas entre Vanesa y sus padres eran ya insoportables, cuando la obligaron a quitarse el piercing y cuando querían esclavizarla trabajando doce horas en la caja del supermercado. Entonces apareció él, con su moto tuneada, su anticuada chupa de cuero y sus largas patillas. Nos pudiera parecer enternecedor ver a Vanesa rendirse sumisa ante las inmaduras exhibiciones del Santi haciéndose el duro, cometiendo pequeños hurtos o atracando las tiendas del barrio, pero eso era lo que ella estaba esperando, alguien que la sacase del ahogo de su casa. Sin embargo, ya ha pasado tiempo de aquello y las cosas se fueron complicando, tuvieron que cambiar de ciudad y los delitos aumentaron de categoría. Ahora, sentada en la silla del banco, adivinamos que Vanesa está pensando en su familia y que la invade un sentimiento nuevo para ella, que bien pudiéramos tomar por añoranza.
-¡Voy a cargarme a uno! Ya verás cómo llaman esos hijos de puta.
El Santi comienza a cruzar el banco de un extremo a otro apuntando a los rehenes y amagando disparos, como para asustarlos, sin reparar en que ellos, pobres, ya están más que muertos de miedo. El Santi lleva toda la tarde considerando la posibilidad de que tuviera que matar a alguien. Está seguro de que sería capaz, por supuesto que sí, porque aunque nunca antes lo ha hecho, ya sabemos que él es de los que no se arredran ante nada, si bien juraríamos que en su fuero interno está deseando que esa coyuntura no tuviera que presentarse.
El timbre del teléfono sorprende a todos. El Santi se precipita hasta él, pero, al llegar a la mesa donde está, se detiene, pues ha recordado que no debe mostrar ansiedad, y espera que suene varias veces antes de descolgarlo.
Vanesa, esperanzada aunque no demasiado, lo mira desde el rincón. Su intuición le va diciendo que el gesto adusto de él no presagia nada bueno. Efectivamente, cuando cuelga el teléfono sin haber pronunciado una sola palabra, el Santi le dice:
-No nos dan nada. Si no salimos en cinco minutos, entrarán a por nosotros.
Vanesa se levanta muy despacio de la silla.
-Pues venga. Vamos.
-¿Y ya está? ¿Vamos a perderlo todo? Acuérdate, con lo que saquemos aquí, tenemos para empezar de nuevo en cualquier sitio... ¡Hay que luchar, tenemos que luchar por nuestro sueño!
-Yo ya no tengo sueños.
Vanesa se dirige poco a poco hacia la puerta del banco, y a su paso puede observar como se alzan las caras expectantes de los rehenes. Ha tomado su decisión y no va a esperar a ver lo que hace el Santi, si quiere salir que salga y si no, que se líe a tiros. Pero ella sabe, bueno, todos sabemos, que el Santi también saldrá.
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