sábado, 28 de abril de 2007

Un buen golpe

Ya lo habíamos hecho otras veces como un juego, por añadir interés a nuestra relación, por convertirla, digamos, en más excitante. Yo me quedaba en la barra del local de copas, separado de mi mujer, como si no estuviese con ella, y esperábamos a que se le acercase algún donjuán. No tardaba mucho en aparecer, porque mi mujer, bien que me alegro de ello, siempre ha sido una mujer bastante atractiva y sabe, además, utilizar astutamente todas sus armas. El incauto iniciaba el acercamiento y ella le seguía la corriente, continuaba el flirteo y coqueteaba con él, mientras que yo, al lado, oyéndolo todo, me iba excitando poco a poco. Me gustaba, no voy a negarlo, y sabía que a mi mujer también le gustaba; que, al igual que yo, se exaltaba su imaginación provocándole apasionados sofocos y ardores, lo cual, a su vez, y como se fácil de entender, me ponía a mí al rojo vivo. Cuando yo estaba a punto, le hacía una señal, ella despedía sin contemplaciones al pardillo y nos íbamos rápidos a casa, para hacer el amor salvajemente, con furia e ímpetu, como animales, como a mi me gusta.
Pero esta vez sería distinto, puesto que no lo haríamos por placer sino por negocios. Hartos de vagar por varias ciudades, de algunas de las cuales teníamos que salir apresuradamente, conseguí por fin un trabajo, miserable, pero permanente, en una sala de máquinas tragaperras, en la que no dejaban de entrar montañas y montañas de dinero. Día tras día, cubos de monedas y gurruños de billetes manoseados pasaban sin cesar delante de mis narices camino de la pequeña oficina del local. Allí, me imaginaba, puesto que nunca me dejaron entrar, el cerdo de mi jefe lo recogería todo, contando y recontando las recaudaciones, mientras gotearía su nauseabunda baba sobre la pasta. Pero, curiosamente, y era algo que me desconcertaba, nunca vi salir de ese cuarto dinero alguno con destino al banco ni a ningún otro sitio. Ni una bolsa, ni una cartera, ni un maletín, nada de nada. Era imposible que toda aquella fortuna se guardase en aquel cuchitril sin apenas medidas de seguridad, y, sin embargo, a pesar de que yo era el primero en llegar y el último en marcharse, jamás pude advertir, en los dos meses que allí llevaba, movimiento alguno que delatara la ubicación de aquellos seductores ingresos. Necesitaba saberlo, no podía dormir intentando averiguar a qué hora del día o de la noche, si bien me parecía extraño que los bancos atendiesen de madrugada, se producía, digamos, el trasiego del capital.
Conocía las costumbres libertinas del reptil de mi jefe durante los fines de semana, así que acudimos a su discoteca habitual para montar el numerito y sonsacarle alguna información. Mi mujer, aunque esté mal que yo lo diga, hizo una entrada espectacular, con un vestido rojo, escotado y ceñido, que hacía volver la cabeza a cuanto machito se cruzaba con ella. Divisamos al pájaro en la barra charlando animadamente con otro tipo a su lado y con un vaso en la mano. Nos situamos estratégicamente, mi mujer a su lado, y yo alejado unos metros, en una zona con poca luz para que no me reconociera. Mi mujer sólo tuvo que rozarle levemente el brazo y pedirle fuego para que el macaco de mi jefe olvidase a su amigo y se desviviese en atenderla a ella, insistiendo en invitarla a una copa sin apartar su sucia mirada del escote. Parece mentira lo simple que podemos llegar a ser los hombres, bien que a mí, en este caso particular, digamos que me interesaba que así fuera.
Naturalmente no pude oír nada de la conversación, que se desarrollaba según yo había previsto, con risas exageradas por parte de ambos y gestos ridículamente petulantes por parte de él, unido todo ello a intentos desesperados por acercar lo más posible sus asquerosas manos a la tersa piel de mi mujer, quien, afortunadamente, aunque no con pocos esfuerzos, sabía mantenerlo a raya. Al contrario que en las otras ocasiones, aquella escena no me estimulaba lo más mínimo, bien porque la hiena de mi jefe me producía arcadas, bien porque yo estaba concentrado en demasía esperando las noticias que trajese mi mujer, y cómplice además en este asunto. Así estuvieron lo que a mí me pareció varias horas, bebiendo y riendo, hasta que, por fin, observé que ella se desprendía trabajosamente del pulpo de mi jefe y se dirigía a la salida, guiñándome un ojo, a manera de seña, cuando pasó junto a mí.
Pagué mi cuenta y salí separado de ella, por si acaso el moscón la seguía, y nos reunimos en nuestro coche, según habíamos pactado. Mi mujer se desplomó en el asiento con aire cansado y abatido, de lo que deduje que no había ido demasiado bien la noche a pesar del tiempo y el trabajo dedicado. Efectivamente, “Nada”, me dijo.
-¿Cómo que nada? ¿Entonces de qué habéis hablado?
-Pues ya sabes, de esto y de lo otro... Vámonos a casa, que estoy cansada.
-¿Y ya está?
-Tranquilo, he quedado con él mañana.
-Dios mío, otra noche más.
Desgraciadamente, no fue otra noche más, sino muchas otras noches más. A pesar de la alta estima en que yo tenía a mi mujer y de mi confianza en su capacidad de hacer perder la cabeza y el sentido a cualquier hombre a poco que se lo propusiera, en este caso parecía no sacar nada en claro. Yo desesperaba en mi rincón de la barra de la discoteca noche tras noche, bebiendo y mirando enfurruñado a la pareja hacerse arrumacos y hablar y hablar. Pero ¿de qué hablaban? Me estaba obsesionando con saber donde escondía el dinero la hiena de mi jefe. Yo no es que sea un delincuente habitual, no es eso, aunque quizás haya sido un poco, no sé, digamos, desordenado. Yo lo que quiero es trabajar honradamente y buscar mi estabilidad. Pero no es justo que yo me pasara el día entero agarrado a la fregona, limpiando mierdas de ludópatas babosos, mientras a mi alrededor danzaban miles y miles de euros llamando mi atención, buscándome, listos para ser recogidos y puestos a buen recaudo por alguien sagaz como yo. Incluso ya tenía buscado a un par de compinches, chorizos de poca monta, para que me ayudaran a liberar al asno de mi jefe de su, digamos, preciada carga.
Aquella noche encontré a mi mujer tan seria como de costumbre y, sin embargo me dijo:
-Tengo noticias.
-Eureka, ¡habla!
-El dinero está en la oficina. No ha sacado un céntimo en los últimos años.
-¡Pero eso es de locos! ¿A quién se le ocurre tener ese dineral allí?
-A nadie. Por eso lo tiene allí. No es tan tonto como te supones.
-Bueno, eso cambia un poco los planes. Habría que entrar en el salón...
-Olvídate. Se marcha a Brasil esta noche con todo el dinero.
-¿Esta misma noche? No es posible, no me da tiempo de preparar...
-Y yo me voy con él.

Voto de silencio

A pesar de lo que insinúa nuestro queridísimo abad, estoy seguro de que yo no empecé. Fray Zanahorio debe de haberle engatusado con sus viles artimañas, Dios lo perdone. Reconozco que es cierto, y que ahora Dios me perdone a mí, que fui yo quien le cambió la escudilla de la sopa por otra con orines de mi propia cosecha, pero si me estuviera permitido jurar, juraría por el mismísimo San Benito de Aniane, que fue en justa correspondencia por la zancadilla que tan arteramente me propinó cuando yo iba cargado con la cesta de los huevos camino de la cocina. El voto de silencio me impidió desahogarme como yo hubiese necesitado en aquellas circunstancias, máxime cuando desde mi humillante posición en el suelo, bañado en claras y yemas, podía observar claramente la porcina boca de Fray Zanahorio esbozar una malévola sonrisa dirigida sin duda a mí, bien a sabiendas el muy hijo de Satanás que nuestras Venerables Reglas recomiendan no demostrar regocijo o alegría sin un motivo piadosamente justificado.

Y bien saben todos los ilustres moradores del Santoral que por mi parte todo hubiese quedado en esas triviales, aunque desagradables, menudencias, de no ser porque al llegar a mi modesta celda dispuesto a disfrutar de mi merecido descanso escuché un incesante cri crí del que no pude averiguar la procedencia exacta, aunque sí intuir, y no es maledicencia, que el pertinaz Fray Zanahorio, a quien Dios confunda, había introducido un molesto grillo en mi habitación con el innoble propósito de perturbar mi sueño y horadar mi tranquilidad. Cosa que consiguió sin problemas, puesto que el voto de silencio parece no contar para los grillos y porque yo soy de natural dormilón y necesito mis horas para reponerme, siendo el caso que, a pesar de llevar con el corriente siete años en el monasterio, aún no me he acostumbrado a levantarme a las cuatro de la mañana para iniciar la jornada, circunstancia que, por otra parte, escapa a mis torpes entendederas, pues por mucho que miro y remiro las Sagradas Escrituras no encuentro por ningún sitio que Nuestro Señor Jesucristo madrugase tanto para obrar sus milagros. Y que con esto no se me tome por herético.

A la mañana siguiente, o por mejor decir, a las cuatro de la madrugada, iba yo ojeroso y malhumorado arrastrando mis pies por los pasillos para iniciar el rezo de Vigilias cuando veo acercarse en sentido contrario a mi marcha al malhadado hijo de... la Santísima Trinidad, con una sonrisa bobalicona que, sin duda, había puesto en sus labios el Maligno para provocarme, pues no encuentro otra explicación a mis actos más que una posesión diabólica que en aquel preciso momento tuviera lugar. Al llegar Fray Zanahorio a mi altura hice como que perdía pie y me dejé caer sobre él, quien, sorprendido por mi astuta maniobra, cayó al suelo cuan largo y gordo es, haciéndose daño en uno de sus tobillos, al que sujetaba fuertemente con su mano, mientras reprimía, como buen monje cumplidor de las normas, cualquier grito de dolor que le hubiese apetecido lanzar, aunque, eso sí, gesticulando exageradamente y haciendo muecas y aspavientos desesperados, que alternaba con miradas aviesas hacia mi persona y movimientos de su puño cerrado, que bien pudieran tomarse como amenazantes. Yo no me di por aludido y me encogí de hombros mirándolo compasivamente como queriendo decir “lo siento, fue sin querer”, y me alejé dejándolo tirado en el suelo, pero el muy ladino alargó su brazo de orangután hasta sujetarme una pierna, tirar de ella con fuerza y conseguir tirarme a mi también al suelo, formando ambos un revoltijo de túnicas, brazos y piernas, cuya reconstrucción en monjes erguidos llevó su tiempo, debido, sobre todo, a nuestro volumen y corpulencia, comprendiendo ahora que quizás llevase razón nuestro queridísimo abad al regañarnos por nuestra frecuente flaqueza ante el pecado de la gula.

Una vez situados uno frente al otro, de pie y jadeando por el esfuerzo, empezamos una suerte de discusión en silencio, en la que de nuestras bocas no salía ningún sonido que pudiese contravenir el dichoso voto de silencio, pero en la que sí movíamos los labios para moldear las palabras más obscenas y ofensivas que acudían a nuestras mentes, al tiempo que yo, con las manos, empujaba sobre los hombros de mi adversario con afán intimidatorio, mientras que él, sacando pecho, formaba con su boca unas palabras que fácilmente podían traducirse por “¡Que no me toqueeees!”

En esa tesitura nos halló el resto de monjes de la comunidad, que, contrariados y persignándose repetidamente, procedieron a separarnos tan en silencio como le permitía la situación, por lo que mientras unos intentaban, sin demasiado éxito, agarrar mis activos y enérgicos brazos para que los golpes no fueran a mayores, otros, los menos prudentes, se colocaban en medio para evitar mi embate, viéndose recompensados en su buena acción recibiendo algunos involuntarios cachetes y empellones, por lo que, a duras penas, podían refrenar los ayes y los huys, al tiempo que siempre había alguno, que seguramente no habría cobrado, que mandaba callar con el dedo sobre sus labios. Finalmente, mediante miradas asesinas, gestos y algún que otro coscorrón, nos impelieron a acudir al despacho de nuestro queridísimo abad para lograr alguna explicación a la enojosa escena que habían contemplado.

Nuestro queridísimo abad, al verse desbordado por la turbamulta de monjes que nos empujaba, y que entraba, al completo y con bulla, en la pequeña estancia, con el consiguiente riesgo de aplastar cuanto encontraba a su paso, inmediatamente dedujo, tal es su sabiduría, que algo pasaba. Sin inmutarse, se levantó de la silla y alzó su autoritaria mano derecha en señal de parada obligatoria, aprovechando nuestra repentina inmovilidad para coger de la mesa su ejemplar de las Venerables Reglas de la Orden y, con una precisión asombrosa, abrirlo justamente por donde se regulan los motivos en los que se autoriza hablar, esto es, en circunstancias excepcionales que no permitan otro tipo de comunicación, y utilizando siempre el mínimo indispensable de palabras. Señaló con su índice la susodicha norma y mostrándonosla hizo un gesto como queriendo decir: “Esto es lo que hay”.

Fray Zanahorio, más taimado y sagaz, se me adelantó:

-Empujón –dijo señalándome.

-Zancadilla –contesté yo.

-Orines en la sopa –siguió él.

-Mentira. Paladar atrofiado –inventé yo.

-Cochino envidioso –alzó la voz.

-Sí, de tus mofletes, Fray Zanahorio.

-Me llamo Zenobio, pedazo de...

Gracias a Dios los monjes estaban alertas y pudieron separarnos de nuevo, pues en caso contrario, temo para mí que en esta ocasión yo hubiese llevado la peor parte, porque el muy bribón ya había lanzado sus manazas a mi gollete y apretaba con tanta furia e inquina que a punto estuve, siquiera en tan breve intervalo, de dejar de respirar, siendo tan indispensable, como todo el mundo sabe, dicha actividad para un normal desarrollo de nuestra vida.

Nuestro queridísimo abad pareció no dar muestras de excesiva sorpresa ante lo que acontecía, bien pudiera ser porque no era la primera vez que nos veíamos comprometidos en situaciones parecidas, y con gestos destemplados nos acució a salir de su despacho, dando a entender que tenía ocupaciones más importantes de las que ocuparse. Y ya pensaba yo hoy por la mañana, esto es, a las cuatro de la madrugada, que la escaramuza había pasado al olvido, cual no es mi sorpresa que me veo al mismísimo y queridísimo abad venir hacia mí portando en sus manos un escobón, un balde, una aljofifa y los demás enseres propios de la limpieza domestica, con la intención clara de adjudicarlos a mi persona, aceptándolos yo humildemente y acatando esa especie de castigo o expiación sin mucho quebranto, pues me pareció justo y, por lo demás, no excesivamente severo. Empero, amén de lo dicho, nuestro queridísimo abad portaba una nota que sacó de entre los pliegues de su sotana y que me mostró con presteza, y en la que yo pude descifrar a duras penas, pues la lectura nunca fue mi fuerte, una frase del siguiente tenor: “Limpiareis la nave principal durante los próximos treinta días, y para no entorpecer tu labor cotidiana, te levantarás una hora antes cada jornada”. Nuestro queridísimo abad, en su infinita sabiduría, ha acertado proponiendo la penitencia que más trastorno pudiera ocasionarme, así que pediré, con sumisión y recogimiento, a Nuestro Señor Jesucristo que me arme de paciencia y de suficiente vigilia, y que, por otra parte, me guíe con el conveniente tino y la necesaria malicia para poder preparar las siguientes faenas que le pienso perpetrar a Fray Zanahorio.

viernes, 13 de abril de 2007

Cobarde, cobarde

Mientras el médico del servicio de urgencias analizaba mi cabeza en plena calle rodeado de curiosos, yo aún no había decidido si esta vez me atrevería a recuperar mi vida o volvería a ser el cobarde de siempre y a estropearlo todo. Era tan confortable refugiarse en los mimos y las atenciones que me dedicaban a causa del accidente que me resistía a reaccionar. Como una música de fondo escuchaba al tipo que había visto antes en las fotos gritar desencajado: “Se me ha echado encima, se me ha echado encima”.
Tan sólo media hora antes, yo había llamado a la puerta, y justo cuando ella me abrió, mi estómago me avisó de que había problemas. La reconocí de inmediato, sin lugar a dudas se trataba de Laura. Agaché la cabeza y recité con voz casi inaudible mi retahíla de vendedor aburrido confiando en que me despidiese con rapidez:
-Buenos días, señora, ha sido usted seleccionada de entre todas sus vecinas para recibir una muestra de nuestros exclusivos productos...
-¿Pedro? Tú eres Pedro, ¿verdad?
A pesar del tiempo transcurrido seguía manteniendo la actitud resuelta y decidida que me cautivó cuando éramos jóvenes.
-¿Por qué no entras?
Había pensado muchas veces en ella a lo largo de estos años, y, ciertamente, había fantaseado con la posibilidad de un reencuentro, recreado en mi mente de mil formas distintas. Pero, por supuesto, nunca imaginé algo parecido a esta humillante situación, en la que yo, un fracasado vendedor a domicilio, con un traje barato y una vieja cartera, entraba en la suntuosa casa del amor de mi juventud. La vida parecía no haberse portado mal con ella. Un buen barrio, mármol y piedra artificial por todas partes, y cuadros y demás mobiliario que, aunque de dudoso buen gusto, resultaban manifiestamente costosos.
Me invitó a sentarme en su sofá y a tomar una cerveza fría. Ella se sentó informalmente en el brazo de un sillón enfrente de mí. Conservaba su figura esbelta y ágil. Me hizo recordar aquellos años en que era la única chica del grupo que se unía a nuestras interminables partidas de cartas, o a las tertulias nocturnas que pretendían arreglar el mundo, siempre sentada a horcajadas en una silla y bebiendo de la botella como uno más de nosotros. No era una belleza convencional, pero tenía un rostro con tanta fuerza que todos estábamos enamorados de ella. Sólo yo fui el elegido.
-¿Cómo te va? Tienes buen aspecto -dijo.
Mentía. Mi cara era fláccida y triste, había perdido mucho pelo y mi fofa tripa me hacía parecer un muñeco de trapo blando y ridículo. Ella, sin embargo, seguía siendo atractiva a su modo. Delgada y huesuda, pero con una constitución bastante proporcionada, vestía un pantalón vaquero y una simple camiseta blanca, y llevaba el pelo corto casi como un hombre, igual que entonces. La única diferencia visible eran unas marcadas ojeras que apagaban un poco la que fue su intensa mirada. Durante mucho tiempo tuve miedo de enfrentarme a esos penetrantes ojos.
-Tú si que te ves bien, como antes –comenté-. Y parece que has prosperado.
-No te fíes de las apariencias. Esto es una cárcel. De oro, pero una cárcel. En esta urbanización entienden por divertirse hacer una barbacoa el último viernes del mes. Eso sí, siempre me quedará el bingo.
Volvió a la cocina a por algo para comer, y mientras yo me entretuve observando las fotografías familiares colocadas sobre una cómoda de caoba. Pude contar hasta ocho marcos dorados con imágenes en las que se veía, bien a Laura sola, con mirada ausente, en distintas poses y escenarios (playas exóticas, pirámides egipcias, la torre Eiffel), o bien en compañía de un apuesto hombre que transmitía seguridad en sí mismo, aunque quizás un poco mayor para ella. No se veían niños.
-Y tú, ¿te casaste? –me sorprendió.
-No.
¿Debía decirle que ella fue mi único amor verdadero, la única con la que podía unirme en cuerpo y alma para toda la vida? ¿Debía de decirle que las pocas mujeres que hubo en mi vida no le llegaban ni remotamente a la suela del zapato? Un dolor del alma que creía olvidado comenzó a recorrer mi cuerpo y me estremecí como un pájaro empapado por la lluvia.
-Me tengo que ir –dije.
-Ahora ya no necesitas escapar. Somos adultos.
Yo no quería oírla, no podía oírla, necesitaba huir de allí. Si ella empezaba a hablar volverían todas las escenas del pasado para acorralarme y rodearme como una serpiente sobre su presa y me ahogaría sin remedio. Si yo no la escuchaba, nada malo podía sucederme, se acabarían los problemas. Necesitaba desaparecer, desvanecerme, pero estaba completamente paralizado, me era imposible reaccionar.
-¿Quieres otra cerveza? Estás sudando.
Estaba sudando igual que la otra vez. A pesar de que fue en diciembre, el día de Navidad, yo sudaba angustiosamente cuando ella me dio el ultimátum. Si de verdad la quería, subiríamos al tren esa misma noche y nos olvidaríamos de todo, empezaríamos una nueva vida nosotros dos, sin amigos, sin familia. Y, sobre todo, sin mi madre, que no soportaba verme junto a ella, porque mi madre siempre quiso para mí una chica de buena familia, educada y correcta. Pero Laura me volvía loco porque era todo lo que mi madre detestaba. Fumaba y bebía como un chico, nunca llevaba faldas o vestidos, blasfemaba a gritos y reía a carcajadas, y, sobre todo, no se dejaba apabullar por nadie defendiendo siempre la verdad, por desagradable que fuese. No hacía concesiones. Sin embargo, cuando llegó la hora de la cena, yo me senté, modoso, obediente, humillado, junto a toda mi familia, al lado de mi madre, mientras pensaba en Laura esperándome en la estación. Cuando terminaron las vacaciones, pedí el traslado de Universidad y no volví a verla.
-Charlemos un poco, me lo debes por los viejos tiempos. Fíjate en lo que me has convertido –me acusó.
Pero yo no podía hablar. Una maraña de recuerdos se agolpaba en mi mente, y los olores y sabores de aquella época me atenazaban la garganta. Como siempre, ella me ayudó:
-A estas alturas no te voy a pedir explicaciones. ¿Sabes que he pensado mucho en ti? Sobre todo, he pensado en cómo hubiera sido mi vida junto a ti. No hubiese tenido tanto dinero, eso seguro, pero tal vez me hubiese reído más. ¿Te acuerdas cuánto nos reíamos? Ahora no sería capaz ni de sonreír –bebía su cerveza de la botella y a mí me temblaban las piernas-. A veces, algunas noches, me preguntaba a quién le estarías hablando de cine, o de la música extraña que te gustaba, o de tu novela nunca empezada y ¿sabes una cosa?, la verdad es que tenía celos.
-De verdad, tengo que irme –me levanté y me dirigí a la puerta.
-Espera, toma esto -abrió el cajón de la cómoda, sacó un bolígrafo y una libreta y escribió algo-. Es mi número de teléfono. Llámame –hizo una pausa y añadió-. Por favor.
Agarré mi carpeta, recogí el papel que me ofrecía y lo metí arrugado en el bolsillo del pantalón. Me faltaba el aire, no podía respirar y me estaba mareando, así que salí a la calle y avancé a trompicones sin apenas reparar en qué dirección iba. El día se había nublado. Un desapacible viento elevaba del suelo las hojas caídas de los árboles barriéndolas a toda velocidad a lo largo de la calle hasta arrinconarlas contra alguna pared. También un torbellino de sensaciones me envolvía a mí. Me conocía demasiado bien, era consciente de que la falta de coraje y decisión regían mi vida, condenándome inexorablemente a recorrer caminos casi siempre ajenos a mi voluntad, colocándome en circunstancias extrañas e indiferentes, que yo aceptaba sumiso, sin la más mínima lucha o enfrentamiento. Nunca me atreví a pelear por nada ni por nadie. Presentía que, una vez más, terminaría por protegerme en mi burbuja aséptica y sin responsabilidades para poder seguir manteniendo el control, o la apariencia de control, y regresar a lo cómodo y seguro, a mi humilde y cálida casa, y que me olvidaría de todo, seguiría como ahora, sin tener que pensar, sin actuar. Y sin embargo, algo en mi interior, una sensación nueva y desconocida, se abría paso y me tentaba con la posibilidad de arriesgarme por una vez en la vida, tal vez yo fuera capaz de encararme con la vida de frente y aceptar las consecuencias, superar ese miedo visceral que me retorcía el estómago, triunfar sobre el vértigo de ser libre, de ser dueño y esclavo de mis propias decisiones.
No vi el coche que me golpeó. Sentí algo de calor en las piernas y me pareció que volaba como una de las hojas de los árboles que pululaban a mi alrededor. Después, estaba en el suelo rodeado de gente y de sonidos lejanos, y poco a poco iba distinguiendo unas siluetas de otras. Claramente pude oír al médico que, sonriéndome, dijo:
-No tiene que preocuparse, no ha sido nada. Parece que la vida le ha ofrecido una segunda oportunidad.
Metí mi mano en el bolsillo y apreté el papel que me había dado Laura.

jueves, 12 de abril de 2007

En la barra del pub

ABELARDO.- Deberías de dejar de beber.
ENRIQUE.- Tranquilo, a mí el alcohol no me perjudica. Es mi compañero desde hace muchos años. Pero tú deberías de dejar esas mariconadas y tomar algo de verdad.
ABELARDO.- No te metas con mis zumos tropicales. Ya sabes lo que decía mi mujer, que a mí la bebida no me sienta nada bien.
ENRIQUE.- Pues si no te animas, a ver que hacemos aquí. Tú fíjate en mí, soy tu modelo, sólo tienes que imitarme.
ABELARDO.- Luego, tal vez.
ENRIQUE.- Aquí huele raro ¿no? Mira, ¿qué te parece esa? Fíjate qué delantera. Éntrale.
ABELARDO.- Quita, quita, es demasiado joven para mí.
ENRIQUE.- Pues a mí me gustaría verla en bicicleta bajando por una calle empedrada. ¡Vaya vaivén!
ABELARDO.- Que no, que no, que yo no sirvo para esto...
ENRIQUE.- ¿Y aquella rubia? Cámbiame el sitio para que vea mi lado bueno.
ABELARDO.- ¿Tú tienes un lado bueno?
ENRIQUE.- Claro, todos tenemos un lado bueno. Déjame que te mire para ver el tuyo. Tu lado buen es...
ABELARDO.- Sí, de espaldas.
ENRIQUE.- No seas aguafiestas. Si te has puesto tu traje bueno y todo.
ABELARDO.- Yo lo que quiero es irme a casa.
ENRIQUE.-¿A casa para qué? ¿Para ver otra vez el video de tu luna de miel? Lo tendrás gastado. ¿Qué olerá tan raro por aquí?
ABELARDO.- Es que cuando me pongo melancólico me ayuda mucho. Mi mujer estaba guapísima, con su anillo reluciente...
ENRIQUE.- ¡Que hace ya diez años, hombre! Olvídate ya de esa lagarta. Hemos venido para que ligues y lo vas a conseguir. Camarero, dos de esto.
ABELARDO.- Que no quiero beber, que mi mujer...
ENRIQUE.- ¡Deja ya de hablar de tu mujer y prueba esto ...! ¡Pero si el que huele eres tú! ¿Qué colonia te has puesto, hijo mío?
ABELARDO.- Sólo unas gotitas del bote que me regaló mi mujer cuando nos casamos, que apenas la he usado. Bueno y una loción para el afeitado que tenía por allí. Y un poco de brillantina en el pelo. Y también algunas cremas y perfumes que compré esta mañana.
ENRIQUE.- ¿Todo junto?
ABELARDO.- Hombre, como veníamos a ligar.
ENRIQUE.- Pues se te va a llenar la cara de moscas . Anda, retírate un poco.
ABELARDO.- Es que mi mujer era muy mirada para el olor corporal, decía que...
ENRIQUE.- ¡Pero bueno! A ver, ¿cuánto hace que te dejó tu mujer? ¿Cinco meses, seis?
ABELARDO.- Mi mujer no me dejó. Llegamos a un acuerdo.
ENRIQUE.- Sí, al acuerdo de que ella se quedaba con el piso y tú con la hipoteca. Hay que ser gilipollas.
ABELARDO.- Me dio pena, la pobre. ¿Dónde iba a ir?
ENRIQUE.- ¿Y tú? ¿A dónde has ido tú? A una pensión de mala muerte. Menos mal que me tienes a mí para salvarte. Vamos al grano. Mira aquellas dos del rincón, la morena no deja de mirarnos.
ABELARDO.- Si yo no sé ligar.
ENRIQUE.- Pero aquí está el maestro. ¡Si yo te contara mis correrías nocturnas mientras tú y los pobres casados como tú os aburríais en casa viendo la tele y cambiando pañales!
ABELARDO.- Yo no tengo niños. Mi mujer no quiso tenerlos.
ENRIQUE.- No me extraña con un pasmado como tú. Estaba generalizando, que no te enteras. ¿Sabes que la retención de semen embota el cerebro? ¿Desde cuando no...?
ABELARDO.- Eso son cosas mías.
ENRIQUE.- Oye, que la morena sigue mirando. Esa cae seguro. Camarero, dos más.
ABELARDO.- No seas iluso, somos unos vejestorios para ella.
ENRIQUE.- El iluso eres tú. Cómo se nota que no vives la noche. Estas jovencitas se vuelven locas por los maduros como yo. Están hartas de niñatos con acné que sólo hablan de motos y coches tuneados. Quieren alguien con experiencia, con estilo. Alguien como yo.
ABELARDO.- ¿Y tú por qué no te has casado?
ENRIQUE.- ¿Casarme yo? ¡Pero qué dices! Yo no estoy dispuesto a dejarme dominar por unas faldas el resto de mi vida. No voy a comerme un solo bombón estando la bombonera llena, y de distintos sabores. ¿Te has acostado alguna vez con una negra? ¿O con una china? ¡Tú no has vivido, muchacho!
ABELARDO.- Mi conciencia no me permitiría ir a una casa de esas.
ENRIQUE.- Oye, oye ¿qué hablas? Yo jamás he pagado un céntimo por estar con una tía. Nunca, jamás ¿entiendes? Pero si hay mujeres desesperadas a mogollón.
ABELARDO.- ¡Enrique, que la morena me ha sonreído!
ENRIQUE.- ¿No te lo estoy diciendo? Esta noche mojas. A por ella.
ABELARDO.- Que no, que no. Que no sé que decir. Ve tú primero.
ENRIQUE.- Tómate otra copa. Ya verás, aprende del maestro. Camarero, lleve dos de lo mismo a aquellas señoritas de nuestra parte.
ABELARDO.- ¿Tú crees que...?
ENRIQUE.- Si no hacen caso es que son lesbianas. Hay muchas.
ABELARDO.- La morena es guapa ¿verdad? Lleva el pelo como mi mujer.
ENRIQUE.- (Explotando, de pronto) ¡Ya está bien! ¡Pero qué pesado estás con tu mujer! Ya sé que estabas muy enamorado, que te encantaba volver a tu casa y encontrarte con ella esperando. Ya sé que no te cansabas de mirarla, de abrazarla, de besarla. Ya sé que nunca te sentías solo, que tenías a alguien para contarle tus problemas y tus angustias. Ya sé que te gustaba eso ¡A quien no le gustaría eso!
ABELARDO.- Pero tú...
ENRIQUE.- ¡Cállate! Ya me has hecho decir tonterías.
ABELARDO.- Mira, nos están saludando con la mano ¿Qué hago?
ENRIQUE.- Haz lo que te dé la gana.
ABELARDO.- Parece que les ha gustado lo de la copa. Se ríen.
ENRIQUE.- Sí, de nosotros.
ABELARDO.- Que no, que no. Que la morena se está levantando. ¡Huy, que esto se anima!
ENRIQUE.- Pero ¿qué dices?
ABELARDO.- Que viene para aquí. Venga, aprovecha tu sabiduría, maestro. Demuestra lo que sabes, que esta noche mojamos.
ENRIQUE.- ¿Qué viene aquí? ¡No puede ser! Yo me voy al servicio.
ABELARDO.- ¡Eso sí que no! No me dejes solo ahora
ENRIQUE.- Pero... yo... no sé... ¿qué... qué le digo?
ABELARDO.- ¿Pero tú no ligabas tanto?
ENRIQUE.- Hombre, tanto, tanto...
ABELARDO.- ¿Qué te pasa? Estás temblando.
ENRIQUE.- Me estoy poniendo malo, vámonos.
ABELARDO.- Ahora ya no, que está aquí.
CHICA.- Hola.
ABELARDO.- Hola, ¿qué tal?
CHICA.- Pues nada, para daros las gracias por las copas. Ya se lo decía yo a mi amiga: a estos dos los conozco de algo. Llevo toda la noche mirándoos pero no caía, hasta ahora. Vosotros trabajáis con mi padre ¿a que sí? Os vi en una fiesta de la empresa. Bueno, pues nada, lo dicho, gracias por las copas. Adiós.
ABELARDO.- Adiós.
ENRIQUE.- Adiós. Anda, vamonos.

martes, 10 de abril de 2007

Microcuento

Que no me vean, por Dios, que no me vean. Ya es mala suerte que, con lo grande que es Madrid, hayan tenido que venir a cenar a este barrio. Y están todos. Mi ex mujer con el capullo de Méndez, y el jefe, y los pelotas. El capullo de Méndez presumiendo de traje, de mujer y de Tarjeta Visa Oro de empresa. Esa tarjeta que tenía que haber sido mía, y ese traje. Y esa mujer. Ya no me fío: por si acaso vuelven, esta noche me busco otro cajero para dormir.