martes, 18 de septiembre de 2007

El regreso

En cierta ocasión tuve la oportunidad de conocer mi futuro. Era la feria de mi pueblo, hace ya muchos años, y mientras mis amigos, porque entonces sí los tenía, se precipitaban hacia los autos de choque, el látigo y otras atracciones igualmente varoniles, yo me quedaba pasmado ante una pequeña caseta adornada con estrellas, signos del zodiaco y otras figuras pretendidamente esotéricas. En cada uno de los laterales aparecía el dibujo multicolor de una muchacha rubia de ojos azules, con turbante, guapísima y seductora, que manipulaba entre sus manos una brillante bola de cristal. La caseta estaba siempre cerrada con unas gruesas cortinas rojas y en la parte superior colgaba un cartel con la inscripción “Tamara, la reina de las videntes”.

Cada uno de los cinco días que duró la feria, cuando pasábamos por delante, yo me retrasaba un poco observando la barraca sin atreverme a asomar mi cabeza por entre las cortinas, en parte para que no se rieran de mí, y en parte porque el precio del servicio que figuraba en un cartel mal garabateado excedía de mis capacidades económicas.

Al fin, el último día, aprovechando un inesperado encuentro con unos tíos míos visiblemente achispados que me obsequiaron con unos cuantos billetes, me armé de valor, les di una vaga excusa a mis amigos, y me dirigí yo solo a la caseta de la vidente.

Toda mi decisión se derrumbó al llegar a la puerta, me sentí ridículo y quise volverme, pues de más sabía que aquello era simplemente una patraña de feria. Sin embargo, no sé muy bien por qué, mis manos separaron las cortinas y entré. Estaba tan oscuro que no se veía nada, tan sólo, al cabo de unos instantes pude vislumbrar una pequeña mesa redonda y a una señora ostentosamente disfrazada sentada ante ella.

-¿Tienes el dinero, niño? Si no tienes el dinero, vete.

A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad pude ir apreciando detalles de la vidente que me impresionaron desagradablemente: era vieja y con la cara llena de arrugas, acentuadas éstas por un exceso de maquillaje y por su gesto huraño y severo. Recogió mi dinero con unos dedos largos y venosos y empezó a mover los brazos y la cabeza en un ritual estrambótico y ridículo que duró demasiado para mi impaciencia. Después comenzó a hablar con una voz impostada y grandilocuente. A pesar del tiempo transcurrido, recuerdo casi palabra por palabra lo que dijo:

-Tú no eres quien crees que eres, tú no eres el que aparece ante mí. Tu verdadero yo está atrapado dentro de ti pugnando por salir y eso te hace infeliz. Estarás siempre en lucha contigo mismo hasta el día que puedas emerger al mundo. Pero tu pelea no habrá acabado ahí. Al contrario, se desencadenarán fuerzas muy poderosas y peligrosas que te perseguirán, te acosarán y te vencerán. Terminarás en el barro, hundido y humillado. Todo lo que hagas para impedirlo será inútil. Ya te puedes ir.

Mi decepción no podía ser mayor. Y no es que yo esperase mucho de aquella visita, pero al menos confiaba haber escuchado algo acerca de la profesión que elegiría, el gran amor de mi vida o, por qué no, un gran premio de lotería que me aguardase. Durante muchos años he rememorado aquellas palabras incongruentes para mí en ese momento, pero que con el tiempo se me fueron revelando totalmente acertadas. Sin embargo, siempre había pensado que lo del terminar en el barro era solamente una forma de hablar. Hasta hoy, claro.

También creía que el tiempo había pasado para todos. Al menos a mí me parecían muy lejanos los días aquellos en que los niños comenzaron a comprender que yo no era como ellos, o cuando mi padre me envió como interno a un colegio de la capital para que me corrigiese. Muy lejanos ya los días de miseria y soledad, de frío y de sufrimiento. Por eso, porque creía que ya los malos momentos habían terminado, me pareció una buena idea regresar a mi pueblo, recorrer de nuevo sus calles empinadas y deslumbrarme con sus paredes encaladas. Escuchar otra vez las roncas campanas de la iglesia y oler el azahar de los naranjos.

Pero al poco de llegar ya se fue acumulando tras de mí un tropel de niños con sus risas y sus burlas, y, al momento, se sumaron algunos jóvenes con miradas llenas de un odio primitivo y ancestral. Y, una vez más, volvió a resonar en mis oídos un grito que me era familiar: “maricón, maricón”.

Las primeras piedras no me alcanzaron, pero consiguieron asustarme y eché a correr. Finalmente, un patán con buena puntería me acertó en la cabeza y me tiró al suelo, a un charco de barro. Aquí tendido, desangrándome, aún puedo oír sus gritos victoriosos y sus carcajadas histéricas.

Cuentecillo de verano

Cuentecillo de verano

Yo soy un padre moderno, no se vayan ustedes a creer. No protesté cuando mi hija se hizo el tatuaje en el hombro ni cuando se taladró el ombligo para colocarse el dichoso piercing. Yo no me meto en su vida, ni en sus amistades ni en su forma de vestir. Si algo no me gusta me aguanto y ya está. Ya ven, soy un padre moderno.

Incluso ahora acepto como normal que mi hija se venga a pasar los quince días de vacaciones a los que tengo derecho, según el juez, con su novio y con otro amigo a mi apartamento de la playa. Ya tiene casi diecisiete años, no se lo puedo prohibir. Yo me ocupo de que todo esté dispuesto para cuando ellos llegan de bañarse, que no les falte cerveza en el frigorífico ni comida en abundancia sobre la mesa ¡ya se sabe como tragan los adolescentes! Luego se meten en su cuarto a dormir la siesta y a escuchar música a todo volúmen, que no sé cómo pueden dormir, hasta la hora de la ducha en que ya les tengo preparada sus pizzas para que se vayan a la discoteca con algo en el estómago. También dedico buena parte del día a la limpieza del apartamento, no se crean. Mi mujer me achacaba que nunca colaboré en las tareas de la casa, así que he aprendido la lección y me esmero con la bayeta y la fregona ¡Ay, si me viera con el plumero sacudiendo el polvo!

Pero hoy le he dicho a los chicos que no tengan prisa en llegar por la noche, que tengo plan. Bueno, plan, plan... Se trata de la vecina del apartamento de arriba, una morenaza alta y de buen ver. Está separada, como yo, y siempre que coincidimos en la escalera me saluda con agrado y hasta, creo yo, con un pelín de coqueteo. Hoy por fin me decidí y la invité a cenar. No se imaginan el esfuerzo que me costó. Me falta práctica y, además, no estoy yo para muchos rechazos. Las mujeres lo tienen más fácil para ligar, ¿cómo se va a comparar? Basta con que miren a un tío para que vayamos babeando detrás de ella y nos tiremos por un pozo si se le antoja. Los hombres somos así, qué le vamos a hacer. Mi mujer, por ejemplo. Dice mi hija que en los seis meses que llevamos separados ya ha salido con dos hombres ¡dos hombres! Pero si todavía no habrá tenido tiempo ni de quitar mis fotos del dormitorio. La he llamado algunas veces pero no me coge el teléfono, como conoce mi número... Un día la llamé desde una cabina y la pillé por sorpresa, pero apenas me quiso escuchar. Va y me dice que por qué no hablaba tanto antes, cuando estábamos casados. ¿De qué íbamos a hablar, si nuestro matrimonio marchaba bien?

Llevo todo el día en la cocina, con un libro de recetas abierto y un montón de cacharros y de productos raros que compré en el supermercado ¿Sabían ustedes que existen varios tipos de zanahorias? Y de patatas ni les cuento. Lo peor que llevo es la gelatina. Ya he tirado dos postres a la basura que han rebotado al caer en el cubo.

Se acerca la hora. Me he duchado y afeitado a conciencia. El aseo es muy importante, me lo decía mi mujer. Quiero causar buena impresión y no cometer los mismos errores. La escucharé con atención y me mostraré sensible y educado, como a ellas les gusta. Espero que esta noche tarden mi hija y esos dos mamarrachos. Por cierto, que todavía no sé cuál es el novio y cuál el amigo, como algunas veces abraza a uno y otras veces al otro... Pero yo no me meto en eso.

Ya suena el timbre...